Buenos documentales, pero decae la Muestra

Las protestas populares contra el proyecto de reformas al ICE en 2000 fueron la base del documental «Combo callejero», de Pablo Cárdenas, premiado en

Las protestas populares contra el proyecto de reformas al ICE en 2000 fueron la base del documental «Combo callejero», de Pablo Cárdenas, premiado en la Muestra de Cine.

En el último concurso, al igual que el año pasado, la debilidad en la organización de la Muestra de Cine y Vídeo Costarricense coincidió con la de las obras. Pese a esa tendencia regresiva, varias merecen destacarse.

El género documental fue el mejor. Gabrio Zapelli armó «Tútiles» (premiado), sobre la significativa migración italiana, contra viento y marea. Es un testimonio ingenioso, cuajado de humor y nostalgia, con variedad de recursos formales y notable edición. Gabriela Hernández, cuya ficción «Verde rubor» había decepcionado años ha, cautivó con la fresca y simpática «Prohibido bailar suin» (premiada). Incluso el afiche (que esta vez casi no hubo) es un acierto.Estrenada en el Farolito, despertó un entusiasmo inusual, que asomó de nuevo en la Muestra, de la mano de su carismático protagonista «El gringo», y mereció el Premio del Público (establecido desde la VII).

La sagaz serie de preguntas «100 al este» (Mención), sobre la dirección de la Casa Presidencial, de Ernesto Villalobos, sorprendió igual que en la VIII lo hizo «Pongámonos de pie» de G. Loría (sobre el canto del himno nacional). Ambas son notables en su eficaz acento crítico; precisos retratos de una identidad confusa y contradictoria.

Pablo Cárdenas, a quien recordamos en su brillante paso por el Liceo Laboratorio UCR, ya había ganado en la IX edición con su depurada ópera prima «Estación Palo Seco». Ahora nos puso a pensar con un documento formidable: «El combo callejero» (recién estrenado con vítores en la UCR). Labrado poco a poco con voluntad férrea, dirigido con rigor artístico, este testimonio sobre la célebre y manoseada oposición al proyecto de ley sobre el ICE es un logro extraordinario. Muestra la faceta más auténtica y popular de esa lucha. Pocas veces un acontecimiento crucial encuentra una expresión tan completa. Bella y polémica, debiera discutirse concienzudamente en todo el país. Que sólo se le otorgara una mención no sólo es injusto; aunque no haya sido a propósito, es una decisión política que le quita «voz al que no la tiene».

Otros documentales están bien logrados. Como la sobria denuncia del esmerado L. Gamboa «Entre sueños, lágrimas y esperanzas», la oportuna «Siempre habrá una tortuga» de los experimentados P. Merino y T. Hara, la atractiva pintura «Virginia Grütter: militante de la palabra y la vida» de J. Bermúdez, el contestatario «No solo es mirar» de P. Velásquez, el revelador «La ciencia de la música» de A. Campos»; y «El otro sur», de E. Richards, parte del útil trabajo comunal del grupo Vecinos, ONG homenajeada en la IX.

Fuera de concurso, el documental sobre los 30 años del Centro de Cine, dirigido por Stefano Zolla, de JBQ, si bien muestra capacidades técnicas y, en su primera parte, aciertos, comete graves errores y tergiversa la historia. Confunde el trabajo de una época con otra, y le atribuye -a la misma JBQ- las campañas de publicidad de la VII a la X Muestra, lo cual no es cierto. El muy valioso aporte de esa agencia consistió en realizar gratuitamente las costosas artes, cuñas y vídeos -en consulta con el propio Centro- y brindar asesoría. Pero casi todos los patrocinios, la cobertura de prensa, el diseño y despliegue de publicidad -enormes logros de entonces-, fueron obra y mérito del personal del Centro de Cine (contratado y de planta).

ANIMACIÓN

Un área que despunta con vigor es la animación, donde menudean los empeños. Fueron premiados la irónica «Al y compañía» de Osvaldo Sequeira y la espeluznante «El chicle negro» de Sandra Frech. (videocreción); ambos notables.

Durante diez años consecutivos la Muestra de Cine y Vídeo creció y se consolidó como un evento amplio y diverso centrado alrededor del concurso de la producción nacional audiovisual. En los últimos dos la decadencia es evidente. Menos programas, menos presencia y publicidad, menos expertos y menos público; aún así, los creadores locales se aferran a los espacios que subsisten. En buena hora. Ojalá que se logren exhibir ampliamente estas relevantes miradas «ticas».

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