Calígula, o las botas rojas de un suicida

Calígula, de Albert Camus, dirigida por Gabrio Zappelli, más que una obra sobre un hombre desalmado es un montaje sin alma.

A Calígula le molestaba que lo llamaran Calígula. Este emperador romano, monstruo depravado y sanguinario es el protagonista de la obra Calígula, de uno de los escritores más relevantes, influyentes y representativos del siglo XX, Albert Camus (Argelia, 1913-Francia, 1960).
La Compañía Nacional de Teatro (CNT) presenta en estos meses, hasta el 6 de diciembre en el Teatro de la Aduana, la obra del Nobel de Literatura de 1957, bajo la dirección general de Gabrio Zappelli.

A Calígula lo interpreta Arturo Campos, quien comparte escenario con un elenco de casi una veintena de artistas, entre actores y músicos. La propuesta de montaje fue la ganadora del XI Concurso Público de Puesta en Escena de la CNT.
El nombre verdadero del personaje histórico era Cayo Julio César Augusto Germánico, conocido como Cayo César y apodado Calígula en su infancia, pues solía marchar junto a su padre Germánico en sus expediciones militares, calzando unas pequeñas caligas (botas), semejantes a las usadas por los legionarios que le dieron el sobrenombre afectuoso de “Calígula” (botitas).
Este no es un dato menor. A Calígula le molestaba que lo llamaran así, porque el emperador más despiadado de la historia del Imperio Romano precisamente era un joven que se quedó atascado entre la inmadurez y el narcisismo, que gestó a un ser con un sinnúmero de perversiones. Era psicópata y sociópata, para su desgracia y de quienes vivieron a su alrededor y más allá.

DESQUICIAMIENTO

Calígula se desquicia al morir su hermana y amante Drusila. Desaparece durante unos días y cuando vuelve su personalidad ya está trastocada; la maldad, el poder sin límites de la libertad sin sentido, inicia su devastación inmisericorde. Su ansia de poder irrestricto se reduce metafóricamente al deseo, en principio iluso, de poseer la Luna.
Como el satélite no puede ser suyo, Calígula posee cuanto quiera en el mundo. Es todos los dioses disolutos y, por tanto, puede hacer morir a sus súbditos, como si en el acto del exterminio no se sufrieran consecuencias.

El otro −como sujeto diferenciado de sí− para el emperador no existe; la ética desaparece y la moral es solamente aquella que sirve a sus deseos, ausencias y necesidades.
La verdad para Calígula es la muerte, irremediable; entonces, se convierte en emperador de su propia causa fúnebre, ya que la vida, al no tener sentido, es experimentada como un absurdo, siendo el asesinato el fin lógico de todo camino. Por eso, la peripecia de este antihéroe va autoconstruyendo su suicidio asistido a lo largo de la obra.
Él sabe que lo matarán, ese es su destino, su sino trágico. Es la causa incuestionable de la vida. Por eso, en la escena final y ante el hecho pronto a consumarse, declara con profunda angustia: “Si yo hubiera conseguido la Luna, si el amor bastara, todo habría cambiado. ¿Pero dónde apagar esta sed? ¿Qué corazón, qué dios tendría para mí la profundidad de un lago?”

Mira su reflejo en el espejo y dice: “Tiendo mis manos y te encuentro, siempre frente a mí, y por ti estoy lleno de odio”.

Calígula odia porque se odia a sí mismo y reconoce en un acto de contrición: “No tomé el camino verdadero, no llego a nada. Mi libertad no es la buena. ¡Nada! Siempre nada. ¡Ah, cómo pesa esta noche! Helicón no ha venido; ¡seremos culpables para siempre! Esta noche pesa como el dolor humano”.

El clímax y el desenlace se esgrimen como la conclusión existencial de Camus, reflexión frente al uso desmedido del poder, frente a la libertad sin límites para fines envanecidos, ególatras; frente a la angustia provocada por la mentira, la imposibilidad del amor y el absurdo de la vida.

Esta visión, este grito, esta tragedia que se va tejiendo como los estertores del emperador cuando lo asesinan, no guarda relación alguna con la tesitura ni con la profundidad de las actuaciones.

Zappelli construye, según sus propias palabras, una caricatura, una especie de pastiche o collage de factura posmoderna, de una relativa espectacularidad, con imágenes a veces sugestivas y a veces explícitas o grotescas; con recursos actorales, escenográficos, de vestuario, musicales y coreográficos; algunos ricos en su planteamiento inicial, pero que se vuelven redundantes y fatuos, apagando el asombro y la posible “empatía” o repulsión −que bien podría ser un objetivo deseable− con la propuesta conforme avanza la obra.

Calígula y sus patricios, Calígula y Cesonia, Calígula y Escipión, Calígula y Quereas, Calígula y Helicón, actúan atomizados como partículas sin campo magnético; cada quien vive su mundo fragmentado, sin que se establezca la comunicación vital escénica para crear el universo sensible y cuestionador de Camus.

Arturo Campos, con sus calígulas rojas y su grito final, se desvanece ¿cómo si fuera una caricatura? sin partitura, actuando para sí mismo, sin haber conmocionado las fibras del pensamiento y el afecto. Al menos no los míos.

Equipo creativo

Dirección General, puesta en escena, diseño de escenografía, vestuario y musicalización: Gabrio Zappelli.

Dirección de actores: Liubov Otto.

Producción artística, diseño de utilería, asistencia de escenografía y vestuario, realización planos constructivos: Sonia Suárez Gómez.

Asistencia de producción: TICTAK producciones.

Diseño de luces: Giovanni Sandí.

Diseño gráfico: Arturo Campos.

Fotografía de estudio: Eloy Mora.

Registro gráfico: Ernesto Valverde.

Coreógrafa: Ivonne Durán.

Elenco: Arturo Campos, Michelle Jones, Eric Calderón, Michael Dionisio, Mariano González, Luis Carlos Vásquez, Dennis Quirós, Agustín Acevedo, Mauricio Hernández, Ixmucané, Silvia Campos Hernández, Edwin Luna, Luis Daniel Cubillo, Sharon García, David Obando, Manuel Calderón, Ivannia Morales y Sofía Peñaranda.

Producción: Compañía Nacional de Teatro.

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