Construyendo una vida

George Monroe bordea la tercera edad. Está separado de su esposa, su hijo adolescente lo desprecia y ya no lo necesitan en su trabajo

George Monroe bordea la tercera edad. Está separado de su esposa, su hijo adolescente lo desprecia y ya no lo necesitan en su trabajo (las maquetas de residencias que él construía con esmero ahora las hacen por computadora). Lo despiden, y esto, junto al hecho determinante de que sufre un cáncer incurable -lo que el espectador no sabrá sino hasta el final-, lo obliga a detenerse y repensar su existencia. Crisis y oportunidad van de la mano; a veces los golpes de la vida obligan a tomar decisiones radicales que el hábito y la seguridad que apareja, impedía.

Kevin Kline, consagrado humorista británico, encarna a este héroe cotidiano con gran destreza. Su heroísmo es como el de un personaje de Akira Kurozawa, que supera la mediocre cotidianeidad y asume su destino con una convicción que lo eleva por encima de las miserias humanas. Especialmente cuando lo hace al servicio del prójimo.

El hombre se lanza a construir una casa que le permitirá rehacer su vida y resolver sus conflictos y frustraciones principales. De allí el título descriptivo para la traducción en castellano; aunque prefiero el poético original de «Life As A House».  Casi a la fuerza George hace que su hijo drogadicto se sume a la empresa. El chico muestra con su parafernalia exterior una profunda soledad, temores diversos y un mínimo entusiasmo por la vida. Pese a ciertos lugares comunes, la relación resulta interesante. Lo mismo ocurre con su eficiente esposa, la que lo ha visto como a un perdedor, mas poco a poco comienza a descubrirlo bajo otra perspectiva, lo que produce un reencuentro amoroso muy estimulante, pese a que ella ya tiene otro esposo y otros dos niños. La visión romántica de la obra vuelve fugaz esa pasión renovada. Mas, ¿acaso algo perdura de verdad?

Sin embargo, lo importante es que en pocos meses él transforma su vida y la de la gente a su alrededor. Lo que no hizo en décadas lo resolvió en semanas. La moraleja es clara en cuanto a que de algún modo todos estamos cerca de mejorar rotundamente nuestras vidas; bastaría que venciéramos el miedo y asumiéramos la voluntad de cambiar.

También hay una chica sensual cuya certeza del inicio esconde desolación y una madre que disimula mal su urgencia sexual. Entre ambas merodea un tipejo machista. Algunos papeles secundarios aparecen estereotipados.

Es sugestivo ese paso que lleva a George del modelo a la verdadera edificación. El guión tiene el mérito de mostrar cómo esa decisión se labra en el proceso, cómo el hombre intuye lo que desea, de qué manera lo va logrando con dificultad. El final agrega un acto aun más generoso y, por otra parte, convierte el parentesco en legado.

Formalmente correcto, aunque algo plano y predecible, a veces el lenguaje fílmico parece televisivo. La película de Irwin Winkler es irregular y no logra ser brillante. Sin embargo, interesa y conmueve sin ser demasiado melodramática. Su protagonista logra darle sentido a su vida cuando ya parecía derrotado. A la salida meditamos en los valores que propone y estos son de interés.

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