Crítica de cine Million Dollar Baby (Golpes del destino)

Más allá de los merecidos premios Óscar al Mejor Filme y al Mejor Director, esta es una verdadera obra maestra. Tan sencilla y tan

Más allá de los merecidos premios Óscar al Mejor Filme y al Mejor Director, esta es una verdadera obra maestra. Tan sencilla y tan profunda a la vez. Una reflexión respetuosa, tierna y piadosa pero escéptica y desencantada, de un creador fiel a su larga evolución y a su excepcional madurez.

El californiano Clint Eastwood tiene 58 películas como actor, 28 como director, 22 como productor y 10 como compositor (sí, igual que Chaplin, hace la música de sus obras). Ya había ganado el Oscar al Mejor Director con «Imperdonable» (en esa también actúa Morgan Freeman) y otros premios para obras tan importantes como «El jinete pálido» y «Bird». «Río místico» es valiosa, pero me dejó insatisfecho, tanto en lo estético como en lo filosófico. «Los puentes de Madison» me parece una auténtica maravilla, donde expresa el amor sexual con una elegancia y riqueza asombrosas (Meryl Streep y él mismo la protagonizan), sin caer en los lugares comunes que se mercadean a diario y caricaturizan la pasión erótica. Desde la serie televisiva «Rawhide», a los spaguetti Western de Sergio Leone (quien resultó un gran creador, v.g. «Érase una vez en América»), este hombre solitario y parco, con un fondo triste que no lo detiene ni un instante en su combate, que siempre da la cara y sabe que debe resolver él solo sus problemas -el Hombre Sin Nombre-, cautivó a millones como el suscrito con una autenticidad y un coraje que luego supimos eran, también, del artista y no solo del personaje.

Siempre he dudado del boxeo como deporte, porque en éste la destrucción del rival no es un accidente o una consecuencia sino el objetivo. Pese a eso, que una mujer lo practica tiene de bueno que rompe prejuicios de género. Clint va deja muy atrás las versiones tipo «Rocky», donde se idealiza cómo el más débil se levanta y triunfa.

 

 

Clint nos habla de perdedores, de gente corriente limitada por diversas causas. De cómo cada uno lucha a su manera por sueños más o menos viables, más o menos delirantes. Cada personaje está cuidadosamente escogido para hablarnos desde su humanidad herida o torpe, que es la de todos. Clint se pregunta, como un Sísifo moderno, si vale la pena luchar aún cuando lo más probable sea perder de nuevo. Como lo muestra su filmografía, él tiene la rara virtud de mostrar una bondad que no es pusilánime y una fuerza que no es cruel. Pone el dedo en la llaga cuando expone la desintegración familiar y los intereses retorcidos que animan los afectos. Hay familia donde hay amor, y cada vez más no hay en las unidades reproductoras convencionales sino en las extrañas alianzas que la gente establece en respuesta a sus situaciones. Como la hija que encuentra -separado de la propia- en esta chica tenaz que él entrena muy a su pesar. Se atreve Clint a mostrar la hipocresía y el absurdo que medran bajo moralismos de cajón, como en el tema de la eutanasia entendida en el contexto del filme.

Hillary Swank, que vivió una pobreza semejante a la de su personaje y mostró en «Los chicos no lloran» su capacidad para papeles dramáticos especialmente duros, un magistral Morgan Freeman, y el propio Clint, -quizá- como sí mismo, más un conjunto preciso de intérpretes secundarios, junto a todos los recursos técnicos orquestados al servicio del relato -sin excederlo ni distraernos- logra conmovernos sin falso sentimentalismo, hacernos reflexionar desde sus estimulantes dudas y certezas, y convencernos de que el arte es la última esperanza del ser humano. Admirable.

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