De tabúes, mala educación, diarios, curvas, exorcistas y gatas

Nagisa Oshima (193) fue el joven rebelde que dejó atrás la generación humanista de posguerra (Kurozawa et al) para encabezar un movimiento intelectual, audaz

Nagisa Oshima (193) fue el joven rebelde que dejó atrás la generación humanista de posguerra (Kurozawa et al) para encabezar un movimiento intelectual, audaz y sin concesiones, preocupado especialmente por el sexo y la violencia. Esto incluye su célebre -y espantosa creo yo- «El imperio de los sentidos», su reflexiva «La ceremonia» y la inquietante «¡Feliz Navidad Míster Lawrence!» -vistas aquí en la Garbo-. Vuelve ahora con «Tabú», que revela como un joven y bravo guerrero de belleza andrógina desata pasiones homosexuales en una milicia samurai. Al actor Beat Takeshi Toyomichi Kurita lo filma con una devoción erótica que recuerda «Muerte en Venecia». Estupenda fotografía y ambientación que definen las acciones, actuaciones apropiadas y una narrativa intermitente, que no profundiza lo necesario. Provocadora.

Pedro Almodóvar se crió bajo la represión del mundo franquista, desgarrado por un catolicismo de doble cara: puritano y corrupto. Creció con la movida española, la que subvirtió esas normas y emergió de golpe con la muerte del dictador hace casi tres décadas. Su nuevo filme es muy personal, centrado en un exitoso cineasta gay que escarba en sus recuerdos al verse arrastrado a una compleja trama de intrigas pasionales. Almodóvar es un genio iconoclasta que goza con su expresionismo alocado, pero en este juego de relatos se pierde y brilla más la forma que las ideas. Gael García Bernal demuestra ser un actor consumado -y atrevido, me decía Maya Zapata, la de Caribe, desde que aceptó el escandaloso beso con Diego Luna en «Y tu mamá también»-. Pero su coprotagonista no da la talla. Por otra parte, el filme es muy crudo, no tanto por sus escenas eróticas -que se filman con evidente pero refinada lujuria- como por sus agallas intelectuales; el enamoramiento de los dos niños asustará a muchos. Filme importante, sugestivo y estilizado, abiertamente homoerótico, pero algo enrevesado y con fallas de ritmo. Para cinéfilos y mentes abiertas.

«Diario de motocicletas» debería  llamarse «La buena educación», aún en cartelera, donde Ernesto (luego el Che) Guevara y su amigo recorren la agreste belleza y la pavorosa injusticia de América Latina, recordados por el ojo humanista del brasileño Walter Salles. Urgente para jóvenes posmodernos.

«Real Women Have Curves» debió traducirse como «Las mujeres de verdad» -no Las mujeres verdaderas- tienen curvas. Esa es la idea en esta sencilla y optimista narración sobre una joven chicana bastante pobre que además es rolliza. Producida por HBO, ganadora del Premio del Público en el Festival Sundance de Redford, yo la vi en su estreno en California donde causó sensación. Lo bueno es que rompe con estereotipos que los prejuicios imponen. Es cine desde los márgenes, sobre la gente de verdad, con amor por la vida, pero carece de la espectacularidad que nos impone Hollywood y a muchos podrá decepcionarlos, aunque los críticos la elogiemos. Para corazones abiertos.

Extremo opuesto es «El exorcista III», pese a que se trata del prólogo de las anteriores. Mucho ruido y pocas nueces. Satanismo a raudales -que es religión y no ateísmo- y violencia por doquier; despierta algún interés gracias al suspenso más que al horror y a otros les gustarán los efectos especiales. Pero es casi vacía, un entretenimiento aparatoso, blasfemo me parece (no como la muy cristiana «La última tentación de Cristo») y que pone una eficiente maquinaria de producción al servicio de matar el tiempo con pesadillas ajenas. Soportable para los que aceptaron las vomitadas guacamolescas (Leonardo García) de la primera.

El entretenimiento de bordes limados para hacerlo aceptable para niños lo tenemos con «Gatúbela», una más de las historietas lujosamente llevadas al cine. No me aburrí del todo y formalmente es correcta, aunque el relato es bien flojo y la guapa Halle Berry no se acomoda al atuendo provocativo ni al argumento soso. Apenas soportable.

Ah, y nuestro «Caribe», claro, del que soy parte, pero cómo no recomendarla. Vale que los colegas coinciden: no se la pierdan.

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