Los abrazos rotos

Su admirable originalidad es resultado natural de su inmenso talento y pasión. Pese a que, como en ésta, él se da gusto con numerosas

Tengo que ver Los abrazos rotos de nuevo. Me gustó  mucho, sí; pero… No cabe duda de que Pedro Almodóvar es un artista excepcional. Aún lo menos apreciado de su obra es mejor que casi todo lo de la mayoría.

Su admirable originalidad es resultado natural de su inmenso talento y pasión. Pese a que, como en ésta, él se da gusto con numerosas citas cinéfilas. Cuánto más se aproxime el espectador al vasto conocimiento y peculiar gusto de Pedro, más va a disfrutarlas. Para mí,  por ejemplo, la de “Ascensor al cadalso”, de Malle, es una de mis favoritas (también citada en el corto nacional “Variaciones sobre un mismo crimen”).

Repasemos  sus orígenes provincianos, su mala educación, su recorrido glamoroso e irreverente por La Movida española (matador para algunos), sus atrevidas melocomedias negras (inventemos términos), su consagración internacional –que ya hay que volver a Buñuel para poder tutearlo-, hasta esta estupenda y polémica película, un “filme de Almodóvar” (como firma él). La 17 es la pertinaz  explosión narrativa de sentimientos realmente desatados y hallazgos intelectuales. Son cuchillos que rebanan múltiples ideas como suculentos tomates maduros. De un regusto por la vida contagioso. Es una batidora existencial. Y su cine es tan rico y tan auténtico que deseamos y merece perdonarle los pequeños yerros, los pasos en falso, los hilos sueltos; que los hay.   
No detallo el argumento, extenso y regido por la ley del deseo ; cruce de épocas y cine en el cine, que por todo lado aparecerá en fragmentos, como el mosaico de fotos rotas que resume este filme. Subrayo, en cambio, algunos dardos certeros (que para cine virtualmente perfecto, hable con ella). 
Almodóvar, de nuevo, revela la rica complejidad de los afectos; el amor que lleva a la traición, el erotismo que muere cuando encadena al otro, el odio en que el anhelo de poder trueca el amor, la necesidad freudiana de matar al padre opresor, y más.
Para ello cuenta con un excelente Lluis Homer desdoblado en dos personajes que habitan la misma piel. Y con una encumbrada Penélope Cruz, aquí con figura de Audrey Hepburn, cuya rotunda belleza  nos revela con desparpajo, como si fuera otra chica del montón. Y una galería de personajes, casi todos sugestivos –flaquean los hijos- , que bordan y bordean el alambicado relato (es su filme más caro y más largo).
En este lío de apetencias entrecruzadas donde, como ocurre casi siempre, el que quiere no es correspondido, y cuando sí lo es, el amor se estrella, porque -y esto es puro romanticismo- el amor es imposible. Solo queda un recuerdo, un beso, una foto… ¿Será ese el secreto a que aludía Pedro, en referencia a “Blow up” de Antonioni y a la foto qué él como turista hizo en Lanzarote, en los orígenes del filme? Y otro detalle en que nadie que haya leído ha reparado: Su incisiva burla a las películas de vampiros, tan babosas y tan de moda.  
Las personas no somos de una sola pieza y en la obra –gracias a la madurez del autor- descubrimos sus contradicciones y paradojas, imbricadas con toda suerte de intereses y con otras pasiones como el miedo, la culpa, la venganza.
Como siempre, él dignifica el melodrama y nos hace carne trémula. Constantemente nos mantiene al borde de un ataque de risa, o más bien, de una sonrisa maliciosa. Desde la ceguera del protagonista –alter ego del realizador, mas estas son otras tinieblas-, su amasijo de imágenes es cine negro a todo color. Un suspenso del alma, que se abraza con Hitchcock y el suelo que repentinamente se abre al vacío –como en el giro del pudiente y en el giro de la escalera (elegantes tacones rojos que ruedan lejanos)-. Además, la notable música de Iglesias recuerda la de Herrmann.
Ésta es una película formidable, pero que trastabilla. Con aciertos demoledores y goznes que chirrían o puertas que no se abren. Un filme extraño e interesantísimo, pero que no acaba de convencerme. Quizá simplemente es de Almodóvar y él es único. ¿Algo más?
Sí; el título me recuerda a la piedad en Bergman. Abrazos rotos. La condición humana. No podemos aspirar a más, salvo a editar de nuevo la película –el pasado-, es decir, a mejorar la vida mediante el arte. Lo que él como director/protagonista hace. Gracias.

 

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