Más allá de los sueños, los niños están muertos

Un viaje a lo largo de la muerte, los sueños y la angustia es lo que propone Los Niños Muertos, una colección de microrrelatos

Nuevo texto publicado bajo el sello de Uruk Editores recurre al estilo de los llamados microrrelatos.

Un viaje a lo largo de la muerte, los sueños y la angustia es lo que propone Los Niños Muertos, una colección de microrrelatos que bajo el seudónimo de Lia Crous publica la escritora Laura Casasa.

Se trata de relatos muy breves, que en este caso constan de un solo párrafo, en los cuales “el tema número uno es la pérdida, que se manifiesta muchas formas.  Puede tratarse de la pérdida de las personas amadas a través de la muerte, el desencuentro o el olvido.  Luego está la pérdida de cosas  y objetos, o de la infancia; son todas cosas que el libro materializa bastante”.

Casasa fue incluída en la antología de ciencia ficción costarricense Posibles Futuros, publicada recientemente por la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED), y el año pasado ganó el certamen UNA Palabra, de la Universidad Nacional (UNA) con la colección de cuentos Parque de Diversiones.

Explicó que en Los Niños Muertos, “de lo más fuerte es el tema de la muerte, pero no fue algo que me planteara de manera explícita, sino que surgió al tratar conscientemente la muerte de personas muy cercanas y queridas”, especificó.
El formato de microrrelato es poco convencional en la literatura, pero no del todo extraño. Uno de los ejemplos más citados es El Dinosaurio, del guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
Según explicó Casasa, este formato permite crear un cierto misterio o secreto que mueve al lector, “en mi caso no es planificado, sino que ocurre nada más y de esta manera el formato se distancia de narrativas tradicionales más largas o predecibles, no creo que en este caso se pueda adivinar por dónde va el relato”.
Añadió que “en primera instancia parecen apuntes ocacionales, pero al leerlos en conjunto aparecen temas recurrentes, hay un hilo conductor que ha emergido de una manera más inconsciente que voluntaria”. Explicó que ello conduce a que haya una “amenaza latente en todos los cuentos”, sin ofrecer certeza del origen de esa amenaza.
De esa manera, en el texto siempre está presente la angustia ante la inminencia de algo que está por suceder. “No hay poses, no hay un intento de utilizar un recurso específico para crear un efecto particular en el lector, cada texto es una pieza individual, pero sí se lee en conjunto se pueden apreciar ciertas cosas”, señaló.

DESDE LOS SUEÑOS

La escritora recalcó que otro elemento importante y recurrente es el mundo de los sueños. “El libro también pretende representar a través del lenguaje el mundo onírico con todas sus contradicciones e implicaciones, lo ilógico, absurdo e irracional y desde ese punto de vista puede ser bastante surrealista”, detalló.
Señaló que a raíz de sus indagaciones al respecto tropezó con el concepto de “onironautas”.  Es decir, personas que tienen la capacidad de “controlar los sueños y crear una realidad paralela en ese estado, lo cual me gustó”.
Según dijo, en primera instancia varios de los cuentos nacen de experiencias de sueños, “en las que me hago consciente del sueño, el proceso de la mayoría es anotarlos apenas una se levanta, de manera rápida para conservar la memoria ciertos elementos”. 
Así, puntualizó que la mayoría de los sueños que aparecen en Los Niños Muertos, corresponden a la experiencia de percatarse de estar soñando y querer “salir de ahí”. Aclaró que “no me considero una onironauta en el sentido de controlar el sueño, lo cual de todos modos me parece algo peligroso pues se trata de jugar con diferentes estados de conciencia”.
Finalmente sentenció que “escribo por obsesión, porque las palabras y el lenguaje me parecen apasionantes.  En este momento he vuelto a encontrar un gusto y disfrute que había estado perdido por un tiempo”.


El olor específico de la muerte

Estos son dos ejemplos de los microrrelatos de Los Niños Muertos:
Lagartijas
No sé si uno podría pensar que la muerte tiene un olor específico. Podría ser ese olor el formol de los hospitales o, tal vez, el olor que desprenden las batas verdes numeradas de los enfermeros cuando pasan por los pasillos, distribuyendo pastillas de colores, inyecciones, vendas o medicamentos a los pacientes. El olor de la muerte también puede estar en otras partes: en la náusea imperceptible que desprende una lagartija cuando es atrapada y muerta o en el breve calor que todavía tiene el pájaro descarnado que amanece en el piso de la casa una madrugada.
Circo
La mujer llora. El elefante de la tienda se ha venido a la casa. Está desesperado por el circo obsceno de la noche. Romper las ataduras, quebrar de una vez los cristales de este encierro, las verjas rosadas del circo. Los niños gritan y asesinan a sus madres. El circo es un muñeco absurdo y sin ojos. El domador no existe; se lo tragó el león. Todos lloran porque el enano anda por las calles sin saber cómo vestirse de nuevo como hombre.


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