Paz Fábrega: “Es desde nuestras periferias que se pueden empujar los límites del cine”

La necesidad de hacer un cine que -lejos de atender los criterios de consumo masivo y complacencia- rompa desde lo más propio con los

La necesidad de hacer un cine que -lejos de atender los criterios de consumo masivo y complacencia- rompa desde lo más propio con los esquemas impuestos sobre la realización audiovisual, es lo que mueve a la realizadora Paz Fábrega.

Ella aprovechó la marea baja para atender las consultas de UNIVERSIDAD a lo largo de playa Colonia, en el Parque Nacional Marino Ballena, el mismo sitio donde hace dos años filmó “Agua Fría de Mar” y donde horas antes, la noche anterior, la estrenó en Costa Rica ante un público variopinto de unas 300 personas.

La película llega al país tras una larga espera, luego de haber obtenido reconocimientos importantes como el  Tiger Award del Festival de Cine de Rotterdam, Holanda; el Premio Especial del Jurado del Festival de Cine de Lima, y el Premio del Jurado del Discovering Latin America Film Festival, de Londres. También figuró dentro de la selección oficial en más de 40 festivales internacionales, como el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI).

 

Fábrega, quien estudió en la Escuela de Cine de Londres, ya había accedido al mundo de los festivales de cine internacionales, con sus cortos “Cuilos” y “Temporal”.

 ¿Qué retos particulares implicó la filmación en una locación tan particular?

 -En realidad lo complicado es desde qué lugar conceptual plantea uno el cine que quiere hacer.  El que yo encontré es bastante particular y es un camino que aquí no se ha seguido tanto, que es el espacio que existe para el cine del mundo, de los países emergentes. Existe mucho cine de Asia o África que hace la misma ruta de esta película y también comparte muchas cosas a nivel de lenguaje.  Este filme en muchos espacios parecerá raro, pero en realidad es parte de un movimiento.   

Tengo amistades en Filipinas, México o Colombia, que hacen trabajos en la misma línea. No es que todos hagan las mismas cosas, pero compartimos inquietudes. Desde esa perspectiva, el hecho de filmar en sitios periféricos y alejados y buscar hacer las cosas diferentes es un paso lógico.   Filmar en bahía Ballena nunca fue un problema; los productores con los que trabajé asumieron que el tipo de película que había planteado, tenía que ser filmada en un sitio así y con actores no profesionales.

 ¿Se trata de un gusto internacional por el exotismo?

 -Se trata de una búsqueda por empujar los límites que se le han impuesto al cine y sentimos que es desde nuestras periferias que se pueden empujar esos límites. Uno de los fondos que más apoyó la película fue el Fondo Hubert Bals; él decía que las cosas interesantes en el cine no están en los países industrializados, sino en las cinematografías emergentes aún por conocer.

Es necesario plantearnos cuáles son las películas que podemos hacer aquí que no podemos hacer en otros lugares. Más que hacer algo entretenido, taquillero, que guste a todo el mundo, el tipo de cine que hago ni siquiera se preocupa tanto por complacer al público; es una búsqueda por un lenguaje propio a través de la forma. El cine es muy joven todavía y al costar tanto dinero hay muchas limitaciones; entonces  aún no se ha desarrollado mucho de lo que el cine puede hacer y lo que puede contar. Los libros sobre escritura de guión imponen una cantidad de reglas que si se impusieran sobre la literatura sería algo chiflado. La literatura tiene tanta más libertad para hacer miles de cosas.

 ¿Filmar en bahía Ballena fue una decisión estrictamente de logística de producción o le atrajo algo en particular?

 -Vine por primera vez en el 2002, cuando acababan de abrir la carretera, y fue muy impresionante. Ha cambiado mucho, pero en ese momento no había casi nada. Al estar en esta playa aún tengo la sensación de que no ha llegado nadie, que es un espacio totalmente salvaje, pero ya desde el 2002 se veía que sobre ese estado salvaje se avecinaba un cambio rápido, que había mucha gente con las garras afiladas para empezar a transformarlo todo.

Además, este sitio tiene elementos que me gustan en términos de formas y composición de la imagen, como todas las líneas horizontales o las extensiones visuales. Por eso decidí filmar en formato anamórfico, que es más largo y acentúa el paisaje. 

 En sus trabajos la fuerza que mueve la narración es la psicología de los personajes.  En este caso se presentan dos protagonistas capaces de cuestionarse el lugar anímico en el que se encuentran y esa sensibilidad es despreciada por la sociedad.

 -Eso es lo que me interesa. Nos enfrentamos por un lado a la manera de vivir de “no se complique, no se haga rollo”, aunque también he conocido desde el lugar de mi generación -sobre todo los hijos de personas de izquierda- que venimos de un enfoque que también supone cuáles son los problemas “reales”; pero, hay muchos elementos en la vida de una persona que no tienen que ver con lo material o con lo externo a ella. 

Desde las mismas preocupaciones de izquierda, me parece fundamental reconocer que existen esos elementos que nos hacen más parecidos de lo que creemos que somos. No tengo una respuesta sobre cómo deberían ser las cosas; desde una perspectiva de clase, lo único que quise decir en esta película fue el hecho de que la protagonista está metida en un hotel en la montaña y toda la vida está abajo, en la playa, donde está la gente. Es algo que siento a nivel de país: las clases medias y altas se retraen de la vida y cada vez más hay una separación; de manera que más allá de hablar de la descomposición del tejido social, lo que me importa es defender las sutilezas, el hecho de que las cosas pequeñas importan. Es algo que no es valorado por una sociedad despreocupada, que sólo busca entretenimiento, pero tampoco por ese sector de izquierda que tiene una preocupación social muy grande. 

 ¿El interés por lo social desdeña la psicología individual?

 -Desdeña las psicologías colectivas. Lo sutil y pequeño, la belleza, son fundamentales para todo el mundo; pero, se nos plantea qué es bonito y cómo pasarla bien, y de repente se siente que no es así y que existen otras preocupaciones. Hay momentos en los que uno no puede conectar con nadie, entonces inevitablemente nos aislamos, no nos entendemos ni con la gente que más queremos y dan ganas de correr y empezar de nuevo.

Mezclo una narrativa a partir de esos pequeños momentos que toda persona puede decir que ha conocido y eso pesa. Hay escenas que reflejan situaciones que he experimentado con personas de mi edad. Nosotros íbamos a ser diferentes, íbamos a hacer otras cosas, pero ahora mucha gente parece creer que al llegar a cierta edad, tiene que ser cierto tipo de persona, y ese es el tipo de cosas que inciden en el personaje principal; se está haciendo grande, pero no quiere serlo así. No se trata de algo tan sencillo de resolver.

 ¿Qué ha aprendido a lo largo de su carrera en cuanto a la dirección de actores, sobre todo cuando se cuenta con algunos que no tienen formación?

 -Lo fundamental es que todo es para los actores, y me gusta hacer cine de esa manera. Como directora no dudo en cambiar un plano o una locación, si veo que algo les incomoda o impide su concentración; no tengo ningún problema en hacer concesiones, porque me parece que lo que hacen es lo más importante. Ello también implica trabajar con un equipo, como el director de fotografía, que también lo vea así.

¿Cómo se asume una experiencia positiva como el paso por el Festival de Rotterdam?

 -Ahí he encontrado un espacio que siento como mi casa. Los festivales dan oportunidad de encontrarse con otros directores, con quienes se comparten ideas. No hay muchos en nuestra onda más radicalizada en el cine, de buscar otros lenguajes. En esos espacios se habla con gente que está en lo mismo; es muy interesante el intercambio, ver películas y hacer proyectos. Efectivamente los reconocimientos afianzan la idea de seguir en esta búsqueda, porque es difícil hacer una película que tras verla la gente no sale contenta, tal vez si acaso sale angustiada si uno tiene suerte, o hastiada.

A veces cuesta mucho y uno siente que sería más fácil hacer algo más complaciente o sencillo, lo que la gente espera y quiere. Pero no complacer al público no es despreciarlo, sino todo lo contrario. Uno insiste porque ya hay gente complaciendo al público, pero también es útil intentar hacer otras cosas.

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