Una voz coral narra la filiación tica en la guerra sandinista

El escritor costarricense Juan Ramón Rojas recién publicó la novela Los últimos días, con la editorial Uruk.

La dictadura de Anastasio Somoza con su Guardia Nacional fue brutal: medio siglo de terror, muerte, persecución, pobreza y desgarramiento de la sociedad nicaragüense.

El escritor y periodista Juan Ramón Rojas no se guardó la empatía y la pasión que sintió y siente por esa parte de la historia, en la que una buena parte de los costarricenses y su gobierno de entonces nos volcamos como hermanos hacia la resolución de ese conflicto, que culminó con el triunfo de los sandinistas.

Una revolución que los ticos apoyamos no solo con las buenas intenciones sino en carne propia, el sentimiento colectivo de solidaridad, la participación política y en la guerrilla, la muerte, pero también la alegría profunda cuando los comandantes entraron a Managua el 19 de julio de 1979. Habíamos derrocado a Somoza, porque esa fue nuestra guerra también.

UNIVERSIDAD conversó con el escritor sobre la novela, sobre todo en torno a ese afecto filial y comprometido que nos unió con la vecina Nicaragüita.

El personaje principal es una especie de voz coral, ¿muchas voces en una sola?

−Es la historia de mucha gente que en ese momento fue a combatir a Nicaragua, contra la dictadura de Somoza. Es un personaje que puede ser representativo de toda esa lucha que se dio, de los ticos que aportaron, que murieron y de la gente que fue a combatir después con la llamada Contra. Para escribir la novela me basé en historias de muchas personas que conocí a lo largo de mi vida y que no fueron entrevistadas. También hay vivencias mías, hay documentación histórica de detalles que hay en la novela, por ejemplo, cómo mataron a Somoza.

¿Qué querías reflejar en el fondo con la línea narrativa íntima del personaje?

−Reflejar la Costa Rica de ese tiempo, que era una sociedad con muchos prejuicios, de doble moral, mojigata. En ese tiempo una mujer embarazada era una tragedia, no podía ir al colegio. Por ejemplo, la familia del personaje principal es una familia de campesinos, emigrados a la ciudad que se acomoda en San José, que corresponde con ese fenómeno que fue la emigración ocurrida a finales de los 60 y 70, dentro de ese marco de políticas desarrollistas de Centroamérica y especialmente de Costa Rica. Son familias tradicionales de ir a misa, y Julio se sale de ese canasto: estudia filología, es iconoclasta, se deja crecer el pelo, se declara ateo.

¿Por qué sentís empatía y pasión por ese momento histórico?

−Mi novela El desertor es sobre un guerrillero que deserta, que cae en la guerrilla por una cuestión accidental y se cansa de la guerra. Este es el proceso contrario. Hay una deserción de Julio, pero de su familia, de su entorno y va hacia la guerra. El tema de los conflictos centroamericanos es muy rico y se han escrito muchos testimonios sobre la guerra en la región, sobre gente que participó. Pero ficción se ha escrito muy poco. Y yo, sin ninguna pretensión, he entrado en ese tema para explotar esa fuente de información, que es un filón rico para crear ficción. También me llama la atención como periodista que soy y como persona que lo vivió, porque en ese tiempo todos estábamos comprometidos con la guerra contra Somoza. Este país prestó el territorio, lo cual no es un secreto, aunque el presidente Rodrigo Carazo lo negaba. Lo utilizaban los comandantes.

Se trasegaban armas, las fuerzas sandinistas se entrenaban en nuestro territorio, la gente se iba para allá a pelear, se recibían nicaragüenses en casa particulares…

−Mucha gente se venía a recuperar acá cansados de la guerra, los amigos prestaban sus hogares, los hospitales del Estado servían para curar a los heridos. Este país se involucró totalmente en la guerra sandinista.

¿Por qué creés que en ese periodo los costarricenses se volcaron en favor de los sandinistas?

−Una razón es que don Pepe (José Figueres) fue enemigo de la dictadura somocista. Cuando él llega al poder en el 48, entre sus fines −dentro de la Legión Caribe− estaba derrocar las dictaduras que había en Centroamérica y República Dominicana. Era un convencido antisomocista y se odiaban mutuamente. En el periodo del presidente Oduber (Daniel), el gobierno fue más flexible con Somoza, pero don Rodrigo Carazo llega con la decisión tomada contra Somoza, y se enemista con él, incluso como gobierno. En la novela hay testimonios de que la participación costarricense fue fundamental para romper el cerco y avanzar hacia Nicaragua. Aquí se dio la guerra en el norte de Costa Rica; tenían una retaguardia garantizada en nuestro territorio. También en el libro describo los intentos de agresión de Nicaragua contra Costa Rica, de entrar, de bombardeos, de asesinatos de costarricenses en zonas fronterizas por parte de la guarda nacional de Somoza. Están registrados con nombres y apellidos.

El gobierno asumió una posición, pero ¿la gente empujó con un sentimiento colectivo?

−Carazo tenía claro a lo que iba, y se sintió respaldado moral y políticamente por la efervescencia contra el somocismo. Al crecer la resistencia nicaragüense contra Somoza, el tico se fue involucrando más y más. Fue una cuestión paralela y creciente. La posibilidad de derrocar a la dictadura hizo que el tico se fuera involucrando más. Un periódico como La Nación, que es conservador, se involucró y Edgar Fonseca (periodista del diario) que estuvo cubriendo esa zona se implicó tanto que era casi oficial lo que hacía contra Somoza.

¿Nos sentíamos amenazados de que el conflicto nos alcanzara?

−El tico se sentía preocupado de tener una dictadura brutal a la par, y los riesgos de que ese conflicto se desbordara y pasara a Costa Rica, que Somoza metiera sus tanques aquí. Tanto así que Costa Rica obtuvo armamento de Venezuela y Panamá: tanques, se minaron zonas. Había ese temor y una actitud patriótica promovida por el gobierno. También estaba esa otra parte del riesgo de invasión y la identificación contra el somocismo o a favor del sandinismo. Los costarricenses son muy recelosos de las libertades del país.

<em>Los últimos días</em>, sinopsis

En 1978 arrecia la lucha contra la dictadura de Anastasio Somoza, en Nicaragua. En Costa Rica hay un ambiente de efervescencia política. Muchos sectores, algunos con cautela, otros decididamente, se suman a la lucha sandinista desde diversos medios. Un joven estudiante universitario renuncia a su vida relativamente cómoda de diletante y toma la decisión que cambiará radicalmente su vida. Su experiencia es la de muchos jóvenes que vivieron en su propia carne este proceso revolucionario que terminó con la dictadura nicaragüense.

 

Sobre el autor

Juan Ramón Rojas nace en Bagaces, Guanacaste. Es periodista graduado en la Universidad de Costa Rica (UCR), centro académico de donde también es egresado de maestría en Literatura Latinoamericana.

Ha ejercido el periodismo, entre otros medios, en el Semanario UNIVERSIDAD de la UCR, diario La República (editor) y agencias internacionales de noticias. Ha colaborado con otros medios nacionales e internacionales, destacado como corresponsal en Panamá, El Salvador y Nicaragua.

Actualmente, colabora con algunos medios culturales. Ha publicado Desertor (novela, Uruk Editores, 2009), Este gris laberinto (cuento, Uruk Editores, 2011) y el Padre Garita, fundador de la literatura costarricense (biografía, Editorial Uned, 2013)

 

Primer párrafo de <em>Los últimos días</em>, de Juan Ramón Rojas

“Jamás podré borrar aquella imagen de mi padre, devastado, tratando de disimular su dolor. Incontenibles lágrimas corrían silenciosas surcando sus mejillas marcadas con hondura por el paso de los años, testigos mudos de sus desvelos y de sus alegrías. Su voz, casi inaudible, y su deteriorado estado físico no le correspondían al esfuerzo por mostrar una fortaleza que empezaba a abandonarlo inexorablemente. Mis hermanos, con sus ojos húmedos y sus gargantas congestionadas en una mezcla de tristeza disimulada y de júbilo fingido, trataban de animarme. Aquel sería simplemente el comienzo de una nueva etapa en mi vida; vendrían tiempos mejores, nuevas oportunidades, me decían. Todo me parecía una farsa, un montaje de mal gusto que yo debía ser el primero en aplaudir”.

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