Ni argentino ni brasileño, el carnaval fue alemán

En el estadio Maracaná se realizó la ceremonia de clausura, de un campeonato mundial que resultó nefasto para los intereses de su selección nacional,

En el estadio Maracaná se realizó la ceremonia de clausura, de un campeonato mundial que resultó nefasto para los intereses de su selección nacional, aunque fue pródigo en goles y nuevas marcas. (Foto: Javier Córdoba)

Los brasileños esperaban celebrar su carnaval en julio, pero no llegaron. Los argentinos ensayaron en el Sambódromo, pero no les salió. En Río de Janeiro la samba fue alemana y el Maracaná hizo eco a los cantos europeos.

La Copa del Mundo Brasil 2014 llegó a su fin en un duelo de dos selecciones y tres aficiones porque, si bien los brasileños se fueron aplastados con siete goles en las semifinales, era de su total interés que los argentinos no celebraran en su casa.

Río de Janeiro se había quedado “vestida y alborotada” esperando a la Selección brasileña en la final, al no tenerla su ánimo decayó. La emoción la pusieron entonces los apasionados argentinos, que empezaron a adueñarse de la ciudad carioca en cuanto espacio estuviese disponible.

Al final, los seguidores de la selección de Alemania lograron saborear el triunfo ante Argentina 1 por 0 y sumar una tercera copa mundial a su expediente futbolístico. (Foto: Javier Córdoba)

Cerca de 70 000 cruzaron las fronteras por tierra y rodaron más de 3500 kilómetros con la esperanza de ver a Argentina alzar de nuevo la Copa del Mundo, como en el 78 y el 86. La gran mayoría no tenía entrada para el partido, pero la posibilidad de celebrar en Brasil fue un aliciente muy poderoso. Muchos llegaron dispuestos a pagar hasta $5000 en la reventa.

Con grandes buses, casas rodantes y vehículos particulares, hicieron del Sambódromo –el escenario de los carnavales de Río− su campamento. Allí durmieron, comieron, bailaron y cantaron hasta el cansancio el estribillo que habían ensayado para este Mundial.

“¡Brasil, decime qué se siente tener en casa a tu papá…!” empezaba el canto que se convirtió en la pesadilla de los brasileños, al solo imaginarse en lo que se podría convertir la chota argentina si ganaban el Mundial donde ellos no pudieron en 1950, ni ahora.

EL GRAN ESCENARIO

Si algo bueno le puede pasar a la final de una Copa del Mundo es ser acogida por un escenario mítico y con historia. El imponente Maracaná cumplía con esos requisitos de sobra y se dio por entero para recibir a argentinos y alemanes.

El ambiente previo a cada juego de este Mundial estuvo lleno de color, pero antes de una final el aire se torna más especial. Las emociones están a flor de piel y cada uno trata de expresarlo lo mejor posible.

Las camisetas albicelestes eran las que claramente dominaban el entorno del Maracaná en sus muchas variantes y con el nombre de Messi sobre el número 10, del que anhelaban alguna suerte de mago que les hiciera campeones otra vez.

Los alemanes también desfilaron con sus camisetas blancas y esos cantos casi gregorianos, que sirven para dar apoyo a su Selección. Entre los europeos, iban disfrazados cientos de brasileños, dispuestos a perdonar el 7-1 que les propinó Alemania en las semifinales con tal de ver silenciados a los argentinos.

Por dentro, el que alguna vez fue el estadio más grande del mundo, era un hormiguero de guardias, voluntarios y periodistas de todas partes del mundo que preparaban el escenario para la gran final.

Al acto de clausura, como al de apertura, le hizo falta más sabor brasileño y menos plástico de las estrellas pop de otros lugares. Una vez terminado el “show”, la gramilla del Maracaná respiró otra vez, a la espera de verdaderos protagonistas.

Las graderías lucieron llenas. Al Este se agruparon los argentinos, en una enorme barra que no dejaba de saltar; al Oeste quedaron los alemanes, en una mancha blanca que se movía poco y se escuchaba menos, mientras que de todas partes salían brasileños retando a los argentinos en la eterna discusión de si Pelé fue mejor que Maradona.

El partido fue emocionante no tanto por lo que se hizo en la cancha, sino por lo que se podía sentir en las gradas. Tantas gargantas emocionadas, tanto nerviosismo acumulado, tantas ganas de gritar un gol.

Alemania jugó como lo hizo en casi toda la Copa, ordenado, dinámico y persistente. Sin embargo, si en algo mejoraron los argentinos fue en defensa, y se aplicaron con todo para contener a Müller, Kross y Klose, este último buscaba ampliar su récord como el máximo anotador en la historia de los mundiales.

Argentina parecía tener clara la idea: esperar a los alemanes y salir en contraataque rápido con Messi, Higuaín y Lavezzi. En una de estas Higuaín tuvo una de las más claras en el duelo, ante el portero Manuel Nauer, pero su tiro se fue a un costado.

Lavezzi lo intentó, pero su gol se anuló por fuera de juego, Messi también tuvo la suya y el remate pasó a nada del poste de Nauer. Las oportunidades fueron argentinas, pese a que el balón se mantuvo más tiempo en piernas de los alemanes.

El infranqueable empate perduró hasta obligar a los tiempos extra. Fue ahí donde Mario Goetze logró, finalmente, vencer al buen portero Romero al minuto 112. Solo 8 minutos separaban a Alemania de su cuarto título mundial.

La gran barra argentina se quedó muda, ya no brincó más; mientras, brasileños y alemanes celebraban como uno solo esa anotación. En el oeste se vieron un par de peleas, que fueron sofocadas rápidamente. Ahora los albicelestes eran los que sabían qué se siente.

El equipo argentino entró en desesperación. El pequeño Messi, el mejor del mundo, trotaba entre alemanes con una soledad inmensa encima. Ese, al que no se le ve decir una palabra en la cancha, era el capitán argentino, mientras su equipo suplicaba por un gol que obligara al menos a los penales.

El tiempo de más se terminó y los silenciosos alemanes volvieron a romper en locura, a cantar todo lo que traían en su repertorio, mientras que una canción brasileña insistía en recordarle a los argentinos que 1000 goles logró Pelé y a Maradona le faltó.

El premio a Messi como el mejor del mundo lució como un premio de consolación de muy mal gusto por parte de la FIFA; Nauer, por su parte, hizo méritos para llevarse el Guante de Oro, aunque no tantos como Keylor Navas.

A la presidenta de Brasil, Dilma Ruseff, no le salió nada bien: tuvo que soportar críticas y manifestaciones por los millones que invirtió su Gobierno en esta Copa, Brasil no llegó a la final y ahora estaba ahí, en el Maracaná, entregándole el trofeo dorado a otro equipo, en medio del abucheo general de los suyos. No muy buenos presagios para el intento de reelección en octubre.

Finalmente, llegó ese momento tan esperado: ver a los campeones alzar su copa en medio de una lluvia de papelitos dorados, música de triunfo, fuegos artificiales y el delirio de una afición que todavía dos horas después del juego seguía en la gradería cantando.

Esa fue la fiesta alemana en el Maracaná. A la salida no hubo más caravanas de argentinos, no hubo más bailes brasileños. Europa celebra por primera vez en América. El carnaval, con su samba, se bailó en alemán.

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