UNIVERSIDAD en Brasil: Un partido al ritmo de samba, gente y favela

La Favela Santa Marta, en Botafogo, es una de las pocas que ha logrado sobreponerse a la violencia. (Foto: Javier Córdoba)Hablar de una favela

La Favela Santa Marta, en Botafogo, es una de las pocas que ha logrado sobreponerse a la violencia. (Foto: Javier Córdoba)

Hablar de una favela en Río de Janeiro trae a la mente ideas de pobreza, narcotráfico, violencia y exclusión. Pero Santa Marta, en Botafogo, es también favela y desde hace casi dos décadas trata de sacudirse de todas esas etiquetas.

“Es la única favela a la que se puede entrar, la única que se ha recuperado”, dice el taxista que me lleva. Es 12 de junio, día en que se inicia la Copa del Mundo en Brasil; la selección local es la que abre el menú de 64 juegos que tendrán al mundo siguiendo un balón durante un mes.

Santa Marta, o “Dona Marta” como nos dijeron que la buscáramos, es desde abajo un insondable rompecabezas de casitas y edificios que devoraron la montaña casi hasta la cima. A primera vista, la gran pregunta es cómo se sostienen todas esas paredes y techos de colores sin caer una sobre otra.

Aunque las referencias son buenas, avanzo con timidez por las empinadas gradas. En un pequeño bar al que solo le cabe una mesa de billar, el juego y las cervezas tienen muy entretenidos a los residentes.

Falta menos de un hora para que se inicie el partido, en el salón de belleza al frente del bar –un poco más grande− las mujeres se pintan las uñas con la bandera brasileña y se arreglan el cabello.

Pero ellas no van para el estadio. Como casi toda la comunidad de Santa Marta, buscarán un lugar en las estrechas calles de la favela, para ver el juego que da inicio al Mundial, a su Mundial.

Comienzo a tomar algunas fotos y se lo toman con mucha naturalidad. Esta favela sabe lo que es estar bajo el foco de la cámara desde que en 1996 el cantante Michael Jackson decidió grabar aquí uno de sus éxitos: “They don’t care about us”.

En aquel momento, la producción del cantante tuvo que negociar y pagarle a los narcotraficantes que controlaban la favela para que les permitieran grabar. Hoy es casi un lugar turístico, aunque no sin problemas.

CLAUDIA y LUIZ CARLOS

En uno de los tantos lugares que habilitó un par de pantallas para ver el juego −todos a orillas de la estrecha calle−, las sillas y mesas se ocuparon temprano. El resto de la gente traía sus propios asientos: desde sillas plegables hasta cajas de cerveza y madera.

Poco antes del partido hay música, risas y optimismo en estos brasileños. Pero Claudia luce ansiosa, camina de un lugar a otro sin soltar nunca su bandera de Brasil. A veces baila, luego se petrifica viendo la pantalla. Primero ondea la tela “verdeamarela”, luego se cubre con ella.

Se estará acercando a los 40 años, aunque con los brasileños nunca se sabe si ya los dejaron atrás. Una cinta amarilla le sostiene el pelo, amarilla su camiseta, “short” de mezclilla, sandalias y muchos gestos en su cara.

Inicia el Brasil-Croacia y todos lo celebran con gritos y pitoretas. Mientras trataba de hacer unas fotos, Luiz Carlos se mete en la imagen para gritar que “Brasil vai ganhar», pero para su decepción no estaba tomando video.

Se coloca a la par mía para ver el juego y las fotos; me dice que me puede dar una entrevista hasta después del partido, pero cada tanto deja de mirar para contarme algo de su vida, su familia y su favela Santa Marta.

“Tengo 27 años de vivir aquí, aquí está toda mi familia”, dice mientras señala a un grupo de mujeres entre las que está su esposa, su hija, su madre y su nieto, Luca, a quien toma en brazos para que me salude.

Brasil juega bien, pero a los 11 minutos un autogol de Marcelo desdibujó las sonrisas en Santa Marta. Luiz Carlos dice unos cuantos improperios, mientras unos metros más adelante Claudia se cubre la cara con su bandera.

Del oscuro rostro de Luiz Carlos, surge de pronto una sonrisa como de cuarto creciente. “No se preocupe, Brasil va a ganar 2-1. Este es nuestro Mundial y lo vamos a ganar”.

Su hija se acerca por el niño y también quiere hacerme preguntas, mientras Luiz Carlos se mete en el partido otra vez. Pregunta que de dónde soy; al responderle que de Costa Rica, sus ojos evidencian que no tiene idea de cuál país se trata.

– Costa Rica no está en la copa, ¿cierto?

– Sí, juega con Italia, Uruguay e Inglaterra.

Mi respuesta le provoca una carcajada y me hace un gesto de “lo siento mucho”, mientras con su mano libre me golpea levemente por la espalda.

Cuando pregunto sobre las protestas, me dice que está de acuerdo en que la gente reclame y que este es el momento más apropiado. “Está bien que la gente pida más salud, más educación. A los ricos no les importa lo que pasa con nosotros, y es muy difícil encontrar la forma de vivir bien”, dice. “Pero la copa ya empezó y hay que disfrutarla también”, añade.

Llega el minuto 29 y Neymar nos interrumpe con el gol del empate para Brasil. La “torcida” se convierte en un hormiguero de camisetas amarillas que se abrazan, bailan, gritan y cantan.

Claudia toma su bandera como capa y “vuela” por toda la calle, mientras Luiz Carlos abraza a todo el que tiene enfrente y vuelve a donde estoy con su familia para celebrar con ellas, y luego también conmigo.

Llega el medio tiempo y es tiempo de bailar. El “bar de Tota”, como se llama el establecimiento que ahora cubría toda la calle, puso samba en los parlantes y ni los más serios ni los más viejos se resistieron a la música.

En medio de esa fiesta tan brasileña, Claudia bailaba con un niño –y con su bandera−, mientras Luiz Carlos lo hacía con su hija y luego solo. En el bar, unos hombres hacían coreografía y otra brasileña los animó a todos a salir bailando con una peluca que le cubrió la cabeza de verde y amarillo.

La música calla para volver al juego. Luiz Carlos vuelve, me vuelve a hablar repitiendo que van a ganar 2-1. Luego me dice que Santa Marta siempre ha sido un lugar importante en Río, aún antes del video musical que los hizo famosos.

Para él, la clave ha sido la gente, esa misma gente que no se quedó en su propia casa viendo el partido, porque prefiere estar junta y celebrar unida, de la misma forma en que se decidieron un día a combatir la violencia que los aquejaba.

Finalmente, me acerco a Claudia, a quien saco de su trance; me atiende con esa risa que los brasileños más sencillos parecen llevar siempre tatuada en la boca. Explica que ella no vive en esa favela, “pero me gusta mucho esta comunidad y por eso siempre vengo”.

Neymar me vuelve a interrumpir con su gol al 71 y, en media celebración, Luiz Carlos corre a decirme que su pronóstico se había cumplido. No sé si se conocen o no, pero Claudia y Luiz Carlos se abrazan y celebran juntos el gol de su selección.

Cuando la calma vuelve, Claudia me dice que falta un gol más, y su marcador se cumplió justo cuando el partido agonizaba al minuto 91. La fiesta fue total y las camisetas amarillas se agitaban igual que las tiritas que −desde cables en lo alto− adornaban toda la favela.

Brasil gana y todos vuelven a bailar. Me despido del eufórico Luiz Carlos, que me tira su mano con fuerza para que se la choque. Luego busco a Claudia y me regala un abrazo. Yo empiezo a descender de Santa Marta, con el corazón bailando samba.

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