Aniversario gris para Bush

La sombra del escándalo planea sobre la administración Bush tras la misteriosa caída de una compañía energética antes valorada en $80 mil millones. Al

La sombra del escándalo planea sobre la administración Bush tras la misteriosa caída de una compañía energética antes valorada en $80 mil millones. Al mismo tiempo, varios sectores cuestionaron las razones que justificaron la intervención de EE.UU. en Afganistán.

 

A un año de haber asumido el poder, el descalabro financiero de la empresa Enron y las dudas sobre las verdaderas razones que llevaron a Estados Unidos a intervenir en Afganistán ensombrecen a un hombre que, hasta hace pocos días, contaba con el apoyo de más del 80 % de sus compatriotas.

La tragedia del 11 de setiembre cambió para siempre la imagen de George W. Bush como un niño mimado de la política que había ganado la presidencia a pesar de haber perdido las elecciones.  Sus palabras firmes en momentos de desesperación y dolor crearon a su alrededor un espejismo de unidad que ha empezado a desmoronarse.

Desde que llegó a la Casa Blanca, las políticas de Bush acerca de temas como el ambiente, energía e impuestos, evidenciaban un gabinete pletórico de personajes con amplios y variados vínculos con las petroleras.

La industria del petróleo,  con la que Bush y su padre tienen probados nexos, recibió muchas ventajas por parte de la administración federal y esto levantó sospechas en las filas de la oposición.

No obstante, la catástrofe ocurrida en Nueva York y Washington el 11 de setiembre hizo, que por el momento, el tema del trato preferencial a las petroleras por parte de la Casa Blanca pasara a un segundo plano.

La unidad y la cohesión eran necesarias frente a un nuevo y desalmado enemigo que amenazaba el sentimiento de invulnerabilidad del que hacían gala los estadounidenses.  La cacería posterior a los atentados elevó a Bush a un pedestal desde el cual era imposible vislumbrar cualquier nubarrón oscuro capaz de ensombrecer su mandato.

A pesar de no haber capturado aún a Osama Bin Laden, Bush se convirtió en pocos meses en una especie de héroe nacional que había sido capaz de guiar a su país en los momentos más oscuros.

No obstante, la luna de miel parece haber terminado y ahora debe enfrentarse a la realidad de su gestión, la cual ha estado marcada desde el principio por el trato favorable a industrias ligadas al sector petrolero y al sector energético.

UNA GUERRA FANTASMA

Según el artículo «La otra guerra», publicado por Pablo Gámez en «El Financiero» (edición del 31 de diciembre del 2001 al 6 de enero del 2002), las razones que motivaron el ataque de Estados Unidos en Afganistán no concuerdan con los hechos ocurridos el 11 de setiembre.

De acuerdo con ésta y otras publicaciones, un miembro del Ministerio de Defensa de Pakistán declaró recientemente que sabía de las intenciones de Washington de atacar a su vecino Afganistán desde julio de 2001.

¿Por qué Bush planeaba un ataque al país asiático mucho antes de los atentados del 11 de setiembre?  Al parecer, los intereses de las petroleras fueron el principal argumento para esa intervención, antes y después de los atentados terroristas.

La conformación del gabinete, empezando por el vicepresidente Dick Cheney, tiene una característica muy particular. Muchos de sus miembros han estado ligados o aún lo están a importantes empresas del sector petrolero y energético.

Otra coincidencia dentro del equipo es que varios allegados al mandatario son militares con un profundo interés en alcanzar una hegemonía plena para los Estados Unidos, la cual pasa por la «colonización» del extinto imperio soviético.

Ambos elementos, al parecer, han sido de mucho peso para que Afganistán se convirtiese en un objetivo primordial en la estrategia geopolítica de la administración.

El país asiático es una escala fundamental en la carrera de expansión económica que Estados Unidos desarrolla en las ex repúblicas soviéticas del centro de Asia.

Los yacimientos petrolíferos del mar Caspio son la razón que justifica este interés tan patente en la región.

Ante la eventualidad de que, en al menos 20 años, las reservas de petróleo se conviertan en insuficientes para abastecer a los mercados mundiales, estos depósitos explotados marginalmente, son un codiciado botín.

Al atraer a estas naciones a la esfera de influencia estadounidense, también se ganan posiciones estratégicas ante un país que, a pesar de su viraje hacia el capitalismo, aún podría convertirse en una poderosa amenaza militar, específicamente nuclear, para Washington.

De este modo, Rusia y su futuro son claves para comprender el esfuerzo bélico en Afganistán.  Las principales compañías petroleras occidentales pretenden introducirse en los territorios de la ex Unión Soviética y, para ello, cuentan con el apoyo de las similares rusas que anhelan los dólares provenientes de occidente.

Otro elemento, no menos importante, es el que se refiere a la construcción de un oleoducto que lleve el petróleo desde el mar Caspio hasta el Océano Indico.  A través de esta canalización, cuyo valor es astronómico, sería posible llevar crudo de manera sencilla hacia los codiciados mercados del sudeste asiático, China y Japón.

El principal problema para construir esta gigantesca obra de ingeniería, es que deberá pasar por territorios que están sumidos en conflictos o que podrían desarrollarlos en el corto plazo.

Afganistán es precisamente una de esas áreas que es preciso estabilizar, ya que el oleoducto pasaría por su territorio.  De esta manera, la ruta del conducto iría desde las ex repúblicas soviéticas del centro de Asia hasta Pakistán o la India (que son por sí mismos mercados nada despreciables).

Ante estas evidencias, es imposible asegurar si el petróleo ha jugado o no un papel fundamental en el desarrollo de una operación militar en Afganistán; sin embargo, los frutos de tener un gobierno amigo de Washington en Kabul, no son para nada despreciables.

EL WATERGATE DE BUSH

Enron es una empresa ligada al sector petrolero y energético que ha estado siempre planeando sobre varios miembros del gabinete de Bush.

Esta firma texana tiene fuertes lazos con el mandatario desde que éste era gobernador de Texas.  Al parecer, muchos han denunciado un trato favorable de parte de la administración estatal para esta compañía.

Hasta hace pocos meses, Enron estaba entre las diez empresas más importantes de Estados Unidos según la revista Fortune.  Desde 1996 hasta su quiebra, las acciones de la corporación había cuadriplicado su valor en la bolsa.

De acuerdo a las declaraciones de jerarcas de la compañía, Bush había intercedido cuando decidió introducirse en el mercado energético de Pensylvannia.  Una llamada del mandatario al gobernador de ese Estado, había logrado derribar los obstáculos para que Enron invirtiera en esa región.

Además, los intereses de varios asesores gubernamentales en la citada compañía y las reuniones que los encargados del gobierno mantuvieron con ejecutivos de la firma, antes de la publicación de un plan energético nacional, hacen que la oposición demócrata acuse a los republicanos de haber elaborado una política energética a la medida de Enron.

Las contribuciones de la corporación al partido en el poder y la gran cantidad de ex ejecutivos de la empresa que ahora forman parte del gobierno, levantaron suspicacias en las filas demócratas, que no aceptan la postura de la Casa Blanca en el sentido de minimizar la quiebra de Enron y definirla como un simple escándalo financiero sin ramificaciones políticas.

El escándalo de la quiebra aumenta cada día y la destrucción de documentos relacionados con el caso hace que el mutismo del gobierno parezca sospechoso.

El misterioso «suicidio» de un alto ejecutivo de la compañía la semana pasada y la gran cantidad de personas que perdieron todo su dinero con la quiebra, indican que aún queda mucha tela que cortar con respecto a este asunto.

Por ser 2002 un año electoral en el que se renovarán parte del congreso y el senado, el tema cobra más preponderancia que los últimos aleteos de la milicia estadounidense en su caza de Osama Bin Laden.

 

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