Brasil Izquierda a un paso del poder

La esperanza de un cambio se propaga por las «favelas» y la incertidumbre hace tambalearse a los mercados financieros, ante la posibilidad de que

La esperanza de un cambio se propaga por las «favelas» y la incertidumbre hace tambalearse a los mercados financieros, ante la posibilidad de que el candidato de la izquierda, Luiz Inácio «Lula» Da Silva, alcance la presidencia de Brasil.

Lula saluda a sus simpatizantes tras conocerse su victoria en la primera ronda de las elecciones brasileñas.

Con un 47 % de los votos, el candidato del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inácio «Lula» Da Silva, quedó a un escaso margen de obtener la mayoría absoluta, que le hubiese permitido alcanzar la presidencia en la primera vuelta de las elecciones generales brasileñas, celebrada el pasado 6 de octubre.

El resultado lo dejó como el postulante mejor situado para encaminarse a una victoria definitiva en la segunda ronda electoral, prevista para el 27 de octubre.

El antiguo líder sindical de 56 años, que se ha presentado como candidato a la presidencia en los últimos cuatro procesos, logró atraer a un electorado más heterogéneo, gracias a un cambio en el tono de su discurso y un acercamiento a los sectores financieros y a la política económica del actual gobierno de Fernando Henrique Cardoso.

Con una imagen renovada y modernizada por especialistas en mercadeo, el líder del PT se perfiló, desde hace meses, como el aspirante con mayores posibilidades de obtener la victoria en los comicios y ocupar la silla presidencial en Brasilia.

A pesar del triunfo del 6 de octubre, algunos observadores piensan que la segunda ronda no será nada fácil para Lula, ya que su opositor, el oficialista José Serra, — del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) –, podría recibir el apoyo de sectores apáticos de la derecha que temen el eventual ascenso al poder del PT.

DISCURSO RECICLADO

La fecha de la primera vuelta de los comicios, coincidió con el cumpleaños de Luiz Inácio «Lula» Da Silva que existe en el registro.  Pero según la madre del líder del PT, la fecha real del aniversario es el 27 de octubre, o sea, la de la segunda ronda.

Por eso Lula insiste a sus partidarios en que quiere como regalo alcanzar la Presidencia de la República, un sueño que el sindicalista empezó a forjar desde el retorno de su país a la democracia en 1985.

Sin embargo, el Lula de hoy parece haberse distanciado paulatinamente de aquel líder de los sindicatos metalúrgicos que fue apresado por la dictadura militar en la década de los 80.

El cambio en la realidad política mundial, la caída del bloque socialista y su conversión en un político de carrera, han modificado el rostro de un hombre que, hasta hace pocos años, mantenía un discurso incendiario.

El líder del PT ha intentado hacerse un espacio en el sector financiero y económico.  No obstante, su visita a la Bolsa de Volares de Sao Paulo durante la campaña y su promesa de que planea continuar con los tratos con los organismos financieros internacionales, no han servido para apaciguar a muchos inversionistas.

La victoria de Lula incrementó el «riesgo país» de Brasil e hizo que muchos especuladores del mercado se hayan apresurado a sacar su dinero del sistema financiero, lo que amenaza con reflejar el fenómeno que ha llevado a la bancarrota a sus vecinos, Argentina y Uruguay.

La espada de Damocles que pende sobre la economía brasileña es su monumental deuda externa, que alcanza los $178 mil millones.

El pago de las obligaciones de esta deuda, según cifras oficiales, representa el 41 % del Producto Interior Bruto (PIB); pero hay cálculos que sitúan esta cifra en torno al 58 %.

Para un país como Brasil, cuya economía ha sufrido una recesión y una devaluación muy peligrosas en los últimos meses, el enorme peso de la deuda es agobiante e impide plantear políticas que mejoren la situación social de millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza.

El gobierno de Cardoso logró hace poco que el Fondo Monetario Internacional (FM) programara un nuevo préstamo por $30 mil millones, con el cual pretende evitar el contagio del efecto «tango».

El FMI ya ha girado $8.000 millones este año.  El resto queda pendiente para 2003: una precaución del organismo financiero ante la eventual llegada al poder de Lula.

Y es que, para la derecha tradicional en Brasil y el resto del mundo, la nueva faceta moderada del candidato del PT es sólo un disfraz, detrás del que se esconde un comunista que podría llevar al país a la quiebra.

Lula lo niega.  Su propuesta es sanear e impulsar la economía capitalista de su país, con tal de que se logre un crecimiento anual del 5 % y una reducción del desempleo.

Brasil es un país de extremos.  La mayoría de los recursos están en manos de una minoría cuyos estándares de vida son similares a los de las naciones industrializadas.  El problema es que la mayoría afronta una difícil situación social ampliamente conocida.

Sea cual sea la política económica de Lula, está claro que no olvidará a aquellos que, mayoritariamente, le han dado su apoyo con la esperanza de un cambio que haga posible una disminución de las diferencias entre ricos y pobres.

El margen de maniobra es muy escaso.  El peso de la deuda y el poder de los sectores oligárquicos hacen que mejorar las condiciones de vida de los más necesitados se convierta en una tarea titánica.

ELECCIONES SIN LA DERECHA

Una de las particularidades de los comicios del domingo 6 es que se han utilizado modernas urnas electrónicas, con lo que se eliminó el conteo manual de votos.

Hasta los sectores más pobres y subdesarrollados del gigante sudamericano, tales como la Amazonía, han llegado las modernas consolas.  Para indígenas que no tienen acceso a la electricidad o al agua potable, las computadoras parecían objetos procedentes de otro planeta.

La particularidad de las pasadas elecciones, fue la ausencia absoluta de los partidos de la derecha tradicional en la arena política.  Los años de dictadura y los escándalos de corrupción al estilo de Collor de Mello, desaparecieron a los conservadores de escena.

Con un concepto amplio de lo que representa la izquierda, se puede afirmar que todas las opciones con posibilidades de éxito electoral eran de carácter progresista.

Los 115 millones de ciudadanos mayores de 16 años con derecho al voto, acudieron a las urnas para elegir presidente, gobernadores, senadores y diputados entre candidatos de varios partidos que se ubican, de uno u otro modo, en el centro izquierda.

El segundo aspirante presidencial más votado, el economista y ex ministro socialdemócrata, José Serra, del oficialista PSDB, obtuvo alrededor del 23 % de los sufragios.  Los partidos de derecha realizaron un llamado a votar por él; sin embargo, esto no tuvo mucha repercusión en el resultado final de la votación.

En el tercer puesto se ubicó el ex gobernador del Estado de Río de Janeiro y líder del Partido Socialista de Brasil (PSB), Anthony Garotinho, con el 15 % de los sufragios; y en cuarto lugar Ciro Gomez, ex gobernador de Ceará y candidato del Partido Popular Socialista (PPS), que obtuvo el 13 %.

Los otros tres aspirantes que presentaron sus nombres al electorado, pertenecen a facciones escindidas del PT y no llegaron, en conjunto, al 1 % de los votos.

Lo que parece quedar demostrado es que el país más poderoso de América Latina ha decidido dar un inequívoco giro a la izquierda.

En otras oportunidades, Da Silva ha acariciado la victoria y, en el último momento, pierde los comicios.

Los sectores ligados a Serra y, muy en especial la derecha, procurarán revivir el fantasma del antiguo Lula: el sindicalista revolucionario que abogaba por conducir a Brasil hacia un régimen socialista.

Según el presidente Cardoso, estas elecciones demostraron la consolidación del modelo democrático y de las instituciones del Estado.

La victoria de Lula el próximo 27 de octubre convertiría de nuevo a la izquierda en una opción política realista en América Latina.  De llegar a asumir la presidencia, el líder del PT tendría la posibilidad de demostrarle al mundo que es posible el crecimiento económico y la justicia social.

En Washington hasta ahora hay silencio.  Habrá que esperar a ver si, en el mediano plazo, convierten a Lula en otro Fidel Castro o Hugo Chávez y lo relegan a una categoría de «amenaza a la seguridad nacional»; o, si por el contrario, los estadounidenses serán capaces de asumir los cuestionamientos que, sobre la economía de mercado y la globalización, tienen líderes que no comulgan con el capitalismo salvaje que rige hoy en día los destinos de la humanidad.

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