Capitán chileno retirado Raúl Vergara: Vamos a llenar de cadáveres las zanjas del metro, decían los golpistas

Capitán chileno retirado Raúl Vergara: “La derecha no le tiene miedo a los militares, que nunca se sintieron más abandonados que con este gobierno

Santiago

Capitán chileno retirado Raúl Vergara: “La derecha no le tiene miedo a los militares, que nunca se sintieron más abandonados que con este gobierno de Piñera. (Foto: Gilberto Lopes) 

Hace 40 años Santiago despertó asombrada, con los militares en las calles y la fuerza aérea bombardeando el palacio de gobierno. Adentro, Allende resistía. Su voz sonaba por última vez en radio Magallanes. El tono neutro, amargo, no se puede escuchar hoy sin un cierto estremecimiento. “El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las fuerzas armadas rompieran su tradición”, decía, cerca de seis minutos antes de que se callara su voz, que se escucha hoy en el Museo de la Memoria, junto con las imágenes de las tropas en las calles, en la puerta de Morandé 80, a un costado del Palacio, donde encontrarían el cuerpo de Allende.

Han pasado 40 años. Desde La Reina, al pie de la cordillera, Santiago se extiende en medio de la bruma. ¿Era inevitable el golpe?

Raúl Vergara, oficial retirado de la Fuerza Aérea, capitán, preso por los golpistas, condenado a muerte, luego amnistiado, estuvo en la cárcel cinco años antes de salir al exilio, en Inglaterra.

Había sido jefe de gabinete del general Alberto Bachelet en la Secretaria Nacional de Distribución, en 1973, durante el período más convulso del gobierno de Allende. Después, fue subsecretario de Aviación cuando le tocó a la hija, Michelle Bachelet, asumir la presidencia de Chile (2006-2010).

LA GÉNESIS

– La génesis de todo esto –nos dice el capitán Vergara– fue el gobierno de Allende.

Estaba apenas comenzando una larga conversación, un viernes por la tarde, en su casa en La Reina, que resumimos aquí. A lo lejos, Santiago se desdibujaba entre la bruma.

“Se piensa, erróneamente, que por definición estaban perdidas las fuerzas armadas para un proceso de cambio” que había iniciado la Unidad Popular con el gobierno de Salvador Allende (1970-1973).

“Y no era así”, asegura Vergara. La prueba –afirma– fue la resistencia al intento que hizo la reacción, con el apoyo de los Estados Unidos, de abortar la llegada de Allende al Congreso. “Para eso llegaron a asesinar al entonces comandante en jefe del ejército, el general René Schneider, en un intento de secuestro que buscaba generar la reacción de los militares”. Schneider murió el 25 de octubre de 1970. Sin embargo, asegura, “lo asesinaron y no pasó nada”.

Estaba todo apenas comenzando… (su sucesor en el cargo, el general Carlos Prats, también sería asesinado por un comando de la dictadura en 1974, en Buenos Aires, donde se había asilado después del golpe).

“Yo estaba dentro de las fuerzas armadas en ese momento y mi impresión era que al 80% de los militares les daba lo mismo. Un 10%, gente de los altos mandos, estaba temeroso con el tema del comunismo y eran permeables a la propaganda del terror que hizo la Democracia Cristiana. El otro 10% era gente joven, que miraba con interés y curiosidad un gobierno nuevo”.

Vergara vuelve hacia atrás el relato: – Esto se explica porque durante los años 60 hubo un despertar gremialista en las FFAA. Las condiciones eran pésimas y la protesta terminó con el “Tacnazo”, cuando el general Roberto Viaux se acuarteló en el regimiento Tacna de Santiago, en octubre de 1969, con reivindicaciones gremialistas.

En esas circunstancias, la elección de Allende, meses después, “generó la expectativa de que se hicieran cambios en los altos mandos, pues se les acusaba de no haberse preocupado de lograr una mejoría en la condición de vida y de trabajo de los militares y de las fuerzas armadas”.

La primera decepción, dice Vergara, fue que Allende “no hizo ningún cambio en el alto mando, como consecuencia del acuerdo de garantías constitucionales que había firmado para asumir el poder”.

Como Allende no había logrado la mayoría absoluta (36,6% de los votos), el Congreso debía elegir entonces entre las dos primeras mayorías, entre Allende y el expresidente conservador Jorge Alessandri (35,2%). La diferencia entre ambos fue de menos de 40.000 votos. Para garantizar su elección, Allende negoció con la Democracia Cristiana, cuyo candidato, Radomiro Tomic, quedó en tercer lugar (28,1%). Tuvo que firmar esas garantías.

LAS FFAA

“Nosotros pensábamos que había un 80% de las fuerzas armadas ganables para el proceso” –retoma el hilo Vergara–. “Mediante los contactos políticos que hicimos, pensábamos que el presidente debería tomar algunas medidas para ganar esos sectores. Sabíamos que, en algún momento, se iba a necesitar una fuerza para apoyar los cambios que la Unidad Popular promovía. “Recomendamos adoptar tres medidas: nombrar mandos leales y deshacerse de los desafectos; entregar, en las academias militares, elementos teóricos que permitieran entender el proceso de cambios, que no se quedaron con la idea de que todo era un ‘despelote’. Lo tercero, más audaz, era incorporar las fuerzas armadas al proceso. Se había nacionalizado un montón de empresas y no había gente suficientemente preparada para administrarlas. Había oficiales de las Fuerzas Armadas que pedían hacer bien esas cosas”.

Algo de eso se hizo después, cuando ya el gobierno de la Unidad Popular enfrentaba las consecuencias más dramáticas del boicot económico, la escasez, y la crispación política se fue adueñando del país, recuerda Vergara. “Pero a la defensiva, no en el momento mejor, en el 71, cuando los índices económicos mostraron los mejores resultados. Eso hizo que la gente se fuera desencantando, resintiéndose con las tomas (de fábricas y de predios agrícolas), con el desorden, con el desabastecimiento”.

A comienzos del 73 predominaba la sensación de que “algo había que hacer”. Eso era una intervención militar, dice Vergara. Pero la intervención sobre la que se hablaba en los cuarteles “tenía varias visiones, salvo la de los desafectos, que ya partieron en contra del gobierno de Allende desde 1970”.

Entre esos grupos de militares más conservadores había un sector organizado, en contacto con “Patria y Libertad”, una agrupación de extrema derecha que promovía sabotajes, atentados y violencia callejera.

ZANJA DE SANGRE

Sigue Vergara: – La represión tan violenta después del golpe, en alguna medida se explicó por la necesidad de generar una zanja de sangre entre ellos y nosotros. No había espacio para los disidentes: o estabas aquí o estabas del otro lado. Eso generó una cohesión con los golpistas, por complicidad.

Esta zanja de sangre “hace que se afiance en el poder el sector más reaccionario en las fuerzas armadas y van eliminando, inclusive físicamente, a los que estaban en otras posiciones”.

Se corta el hilo de la conversación por un momento. Estamos en plena campaña electoral. Las dos candidatas principales son las hijas de dos generales de la Fuerza Aérea: Michelle Bachelet y Evelyn Matthei. El padre de Matthei, el general Fernando Matthei, no estaba en Chile en el momento del golpe. Pero en julio de 1978 asumió la comandancia de la fuerza y reemplazó al general Gustavo Leigh en la Junta Militar de Gobierno.

Vergara siente necesidad de explicar su posición: – Por eso discrepo de los que acusan al general Matthei por la muerte del general Bachelet. No había espacio para la mínima disidencia frente a un poder tan omnímodo. Era tan radical esa polarización, que Matthei no tenía espacio para hacer otra cosa. Él estaba de acuerdo con el golpe, así que no iba a hacer nada.

La explicación tiene sentido porque el general Bachelet murió a consecuencia de un infarto, estando detenido en una unidad de la Fuerza Aérea comandada en ese momento por Matthei, donde había sido sometido a torturas. De ese crimen diversas voces le piden cuenta, pero, entre ellas, no está la de Michelle Bachelet.

¿Pudo todo esto ser diferente?, preguntamos. – Si lo vemos desde el punto de vista global, ante la decisión de los Estados Unidos de hacer ‘chillar’ la economía chilena, no se podía evitar este destino fatal. Había una decisión del imperio en ese sentido.

“Ahora sospecho que, junto con la negociación de la crisis de los misiles en Cuba (1962), Rusia asumió el compromiso de no apoyar a nadie en América Latina, porque a Chile no lo apoyó. Cuando el cerco sobre Chile era tremendo, Rusia no se movió para ayudar”, aseguró Vergara.

El otro gran elemento que contribuyó a la desafección de las fuerzas armada “fue el palabrerío revolucionario”. “El tema corporativo no fue menor en la decisión del golpe: la propuesta era crear unas fuerzas armadas revolucionarias, en las que los militares no estaban.

“Esta agitación gremial, que se inició en los 60, creó grupos que se reunían para discutir la situación. Convocados por un oficial (el entonces capitán Ramón Vega, que luego llegó a comandante en jefe de la Fuera Aérea) teníamos una organización muy elitista, integrada por los oficiales más destacados. Hacíamos un conversatorio medio clandestino”.

Este grupito, explica Vergara, “tuvo mucha actividad entre 1963 y 1969 y culminó con el Tacnazo. Yo me politicé en esa época. Empecé a estudiar economía”.

EVITAR EL GOLPE

“Cuando vino la campaña de Allende empezamos a hablar de cómo evitar algún golpe. Armamos un curso en el Instituto de Economía, para la gente nuestra, militares. Pero también incorporamos a nuestras esposas. Esto funcionó desde fines del 71 hasta principios del 73. Ya el 73, con los contactos que teníamos, se abrió un convenio con la Central Única de Trabajadores (CUT) y la Universidad Técnica (CUT-UT) y conseguimos 90 cupos para suboficiales”.

Vergara recuerda que cuando planteó la necesidad de incorporar a los suboficiales a ese proyecto “se quebró el grupo. Algunos pensaban que eso no era conveniente. Los que creíamos en eso seguimos trabajando con oficiales y suboficiales”.

“Yo era el responsable político y teníamos contactos con las direcciones de todos los partidos. A fines de agosto o septiembre del 73 (en vísperas del golpe) hicimos, en el Banco del Estado, una reunión con todos los jefes militares de la UP y del MIR. Era ya evidente que algo iba a pasar. El jefe nuestro era el comandante Alamiro Castillo, piloto, un hombre muy militar. Pero nadie quería enseñar sus datos para hacer un balance de lo que realmente tenían” (después quedó en evidencia de que tenían muy poco, que ningún partido podía hacer ninguna resistencia efectiva a la fuerza militar).

Vergara sigue explicando: – El trabajo más importante fue con el Partido Comunista. Ellos nos tomaron más en serio. El Partido Socialista era el más despelotado. Hacían actas de nuestras reuniones. Como todos, quería presumir de contactos con las fuerzas armadas. Empezaron a alardear de esos contactos. El MIR pretendía establecer una división esquemática entre oficiales y suboficiales. Eso nos parecía una pelotudez”.

“Nosotros postulábamos tener un pedazo de la torta militar, con generales, coroneles, de todo, de modo que, a la hora de la ruptura, tuviéramos una estructura completa, con mandos, con un cuartel, con banda de música, etc. Esa fue nuestra tesis cuando vimos que se iba descomponiendo todo. Para los militares era mucho más fácil irse a una unidad leal, con una jerarquía militar, que saltarse a la barricada. Pero no alcanzamos a tenerla”.

Ya sabemos las consecuencias de ese fracaso…

RECUADRO

CAPITÁN VERGARA:

A LOS MILITARES LA DERECHA LOS DEPRECIA

El tema militar ha estado ausente, no solo de esta campaña electoral, sino de las anteriores desde que se puso fin a la dictadura del general Pinochet (1990). Pero con las actuales presiones para revisar todo el orden institucional heredado de la dictadura, no es probable que esto siga así.

Sin embargo, “en estas elecciones, ningún candidato menciona las fuerzas armadas. En este momento no se ve las fuerzas armadas como problema”, en opinión del capitán retirado de la Fuerza Aérea chilena, Raúl Vergara.

Él explicó su punto de vista sobre el tema: – Participo en la comisión de defensa de la campaña de Michelle Bachelet, pero soy disidente. Mi propuesta es que el sector civil asuma su posición de mando y encauce las fuerzas armadas en un proceso democrático.

Pero todo lo hacen pensado en ‘qué va a pasar si decimos esto, o lo otro’. Hoy existe una autonomía de los militares porque se la conceden, no porque ellos la exijan.

Como contrapartida, “la derecha no le tiene miedo a los militares, que nunca se sintieron más abandonados que con este gobierno de Piñera. La derecha los deprecia, considera que consumen gran parte de un presupuesto que debería estar destinado a los negocios. No les dan pelota. ¿Cuándo se ha visto a Piñera con su edecán militar al lado? Si vas hacia atrás, a los gobiernos de la Concertación, siempre vas a ver al presidente con su edecán al lado”.

Vergara percibe el tema de defensa como muy vinculado al próximo fallo del tribunal internacional de La Haya, sobre los límites marítimos de Chile con Perú. Se trata de aprovechar esa ocasión para zanjar todos los problemas con ese vecino, asegura. Eso cambiaría los principios de la defensa del país.

Otro tema importante, pero que tampoco es tratado en la campaña, “es la ley del cobre, ya que los militares financian sus compras de equipamiento con el 10% de las ventas del cobre de la Corporación Nacional del Cobre (CODELCO), la única empresa pública que no se privatizó. Eso representa hoy unos $500 millones al año. Como esos recursos se acumulan si no se gastan, en este momento hay cerca de $5.000 millones en reservas.

Según Vergara, cada armada necesita unos $200 millones al año (a menos que haga alguna inversión especial en compra de armas). De ese modo –asegura– “Chile tiene una Fuerza Aérea modernísima, una marina moderna. Tiene una de las fuerzas armadas más modernas de América Latina, considerando su población”.

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