Dilma Rousseff, nueva presidenta de Brasil

“La tarea de suceder a Lula es un desafío”, dijo la nueva presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, una economista de 63 años, al asumir

“La tarea de suceder a Lula es un desafío”, dijo la nueva presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, una economista de 63 años, al asumir el poder el pasado 1 de enero.

No se trata solo de la enorme popularidad del ahora expresidente, que salió del gobierno con el apoyo de más de 85% de la población. Se trata más bien, según diversos analistas, de la nueva posición en que Lula dejó a Brasil en el escenario internacional, tanto político como económico, y que el nuevo gobierno deberá consolidar.

Con una situación económica favorable pero llena de desafíos, Dilma Rousseff asume el gobierno con mayoría absoluta en el Congreso (algo que no ocurrió con sus antecesores), con el apoyo de 372 de los 513 diputados y 60 de los 81 senadores, más de los 3/5 necesarios, inclusive, para modificar la constitución.

Pero esa cómoda mayoría no debe hacer olvidar que mantener la cohesión del grupo parlamentario, integrado por una decena de partidos, no será fácil, sobre todo con el mayoritario PMDB, al que pertenece su vicepresidente, Michel Temer. El PMDB es la primera mayoría en el Senado y la segunda en la cámara de diputados y sus relaciones con el PT no siempre han sido fáciles.

“En el encaje de bolillos que fue la formación de su Gobierno, le ofreció al PT 17 de los 37 ministerios y dejó con seis al influyente Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB). El resto lo distribuyó entre otros cinco de los once partidos de la coalición, de los cuales cuatro quedaron sin representación en el gabinete”, escribió un analista desde Brasilia.

 

Balance de Lula

 

Nadie duda de que Lula posicionó a Brasil a un nivel distinto al que tenía cuando inició su gobierno, hace ocho años. Dilma asume el poder en un país que es hoy una de las potencias emergentes más importantes, aseguran los especialistas.

Durante el gobierno de Lula, Brasil se ubicó como la octava economía del mundo.

El crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) el año pasado fue de alrededor del 7,5%, con una generación de más de 2,5 millones de empleos que, sumados a los 12 millones creados en los siete años anteriores, hizo bajar el desempleo a una cifra cercana al 6%.

Con especial énfasis en programas de asistencia a los sectores más pobres de la sociedad, incluyendo su plan Hambre Cero, o Bolsa Familia, los programas de Lula contra la pobreza permitieron mejorar las condiciones de vida de 25 millones de personas hasta entonces sumidas en la pobreza.

Bolsa Familia es un subsidio distribuido a 12,7 millones de familias con una renta inferior a los $80 mensuales que varía desde los $13 hasta los $118, según las necesidades. Los desembolsos de este programa pasaron de 7.500 millones de reales en 2006 a 13 mil millones, el año pasado, lo que, en dólares, representa 4,4 mil millones y casi 7,7 mil millones, en el 2010.

El ingreso per cápita creció 23%, cifra muy superior al 3,5% de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, mientras el salario mínimo creció 60%, en términos reales, y se retomó la inversión pública.

Aunque no logró alcanzar su meta de erradicar el analfabetismo, el gobierno de Lula la bajó del 11,6% al 9,7%, según cifras oficiales.

Aunque se debe poner todas las cifras en contexto y considerar la todavía enorme disparidad social prevaleciente en Brasil, esos datos llevaron a que el 84% de los brasileños consideraran que la situación del país mejoró durante el gobierno de Lula y que la situación será igual o mejor durante el gobierno de Dilma Rousseff.

Pero si bien el contexto es favorable, el escenario no está exento de desafíos. Entre los desafíos de la nueva administración, los medios económicos especializados destacan que Brasil enfrenta la inflación más alta en 23 meses y un creciente déficit fiscal. Esto podría obligar a aumentar las tasas de interés, que son de las más altas del mundo, y frenar el gasto social, lo cual puede complicar los esfuerzos para atender a la población más pobre del país.

A las tasas de interés excesivamente altas se suma un tipo de cambio sobrevalorado, que afecta las exportaciones brasileñas. Si bien la balanza comercial registró un superávit de $20,2 mil millones el año pasado, es el resultado más bajo desde el 2002. El menor superávit comercial contribuyó a que se registrara un déficit record en cuenta corriente – de $49 mil millones – un escenario que podría verse acentuado este año, en medio de una “guerra cambiaria” con la que las principales potencias económicas tratan de mantener y mejorar sus posiciones en el comercio mundial.

 

Escenario internacional

 

Quizá nada resuma mejor la posición de Brasil en el escenario mundial que la frase del excanciller, Celso Amorim, en entrevista a un diario brasileño: “Brasil no tuvo miedo de asumir sus responsabilidades. Si se considera el conjunto de asuntos globales, Brasil tiene hoy una influencia equivalente a la de un país europeo”.

La política externa de Brasil durante el gobierno de Lula fue motivo de polémica, tanto internacional como nacional. Basta recordar la propuesta de acuerdo sobre el programa nuclear de Irán, que presentó junto a Turquía.

Amorim ilustró esa política exterior con una anécdota ocurrida en la ciudad francesa de Evian, en la frontera con Suiza. Durante una reunión del G-8, a la que Brasil fue invitado, estaba sentado en un jardincito con Lula y el entonces secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, cuando entró Bush, que “acababa de vencer la guerra de Irak y era visto como un emperador”. Todos se levantaron, pero Lula le dijo: “Celso, quedémonos aquí, tranquilos. Kofi Annan quedó en una situación complicada, pues no sabía si levantarse o continuar sentado”, narra Amorim, quien no cuenta lo que, finalmente, hizo Annan.

En su última conferencia con la prensa internacional, antes de dejar el gobierno, Lula volvió a comentar la política exterior de Washington y se lamentó de que las relaciones de Estados Unidos con América Latina «no hayan cambiado nada» bajo la gestión de Barack Obama. «La relación cambió poco. La verdad es que no ha cambiado nada y veo eso con tristeza», dijo Lula durante un desayuno con periodistas, en el palacio presidencial.

«En Estados Unidos deben comprender la importancia de América Latina», insistió Lula, quien subrayó que se trata de «una región democrática», «de paz» y «sin bombas nucleares». En varias conversaciones con Obama, recordó Lula, le comenté que «debía haber un cambio de visión» en la política estadounidense en relación con los países latinoamericanos. Pero creo que ese mensaje no fue comprendido, añadió.

«Hay más de 35 millones de latinoamericanos viviendo en Estados Unidos». En el caso de las naciones centroamericanas, «hay más personas viviendo allá que en sus propios países», por lo que no se puede entender que Washington se comporte como un «imperio» en su relación con la región.

En el acto de toma de posesión asistieron doce jefes de Estados, pese a lo incómodo de la fecha. Toda Suramérica estuvo representada en el acto por sus máximas autoridades, con excepción de Argentina. La Presidenta Cristina Kirchner quiso permanecer en su provincia, Río Gallegos, en el sur argentino, para recordar con su familia a su esposo, el expresidente Néstor Kirchner, recientemente fallecido. En la región, solo México estuvo representado por una figura de tercer nivel, el subsecretario para América Latina, Rubén Beltrán, pese a que le reiteró una invitación para visitar el país este año.

Asistió también la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, en representación del Presidente Barack Obama. Como se recuerda, su antecesor, George Bush, envió al traspaso de poderes de Lula al entonces su secretario de Comercio, Robert Zoellick, precisamente después de que el mandatario brasileño había hecho un comentario despectivo sobre el funcionario.

Destacó, además, la presencia del Presidente de la Autoridad Nacional Palestina Mahmud Abbas, luego del reconocimiento por parte de Brasil y de diversos otros países latinoamericanos de un estado Palestino independiente, en las fronteras de 1967.

En ese escenario, Rousseff eligió al segundo de Amorim, el embajador Antonio Patriota, para sucederlo al frente de la cancillería brasileña, lo que indica claramente la idea de continuidad en la política exterior del país.

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