Inflación y bajo crecimiento desafían a Dilma Rousseff

“No estoy de acuerdo con políticas de combate a la inflación que apunten a la reducción del crecimiento económico”, sostiene la presidenta brasileña Dilma

“No estoy de acuerdo con políticas de combate a la inflación que apunten a la reducción del crecimiento económico”, sostiene la presidenta brasileña Dilma Rousseff.

Las palabras de la presidente brasileña, Dilma Rousseff, en la reunión de los BRICS —los cinco países “emergentes”—Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica—, en África del Sur la semana pasada, sobre inflación y crecimiento, provocaron un pequeño terremoto en Brasil: reaccionaron las bolsas, los medios y la propia mandataria, que explotó ante la prensa. “No acepto la manipulación de los medios”, dijo al pasar ante los periodistas, sin poder ocultar su carácter explosivo. Y siguió su camino.

Sin embargo, sus palabras ya habían provocado conmoción en Brasil. ¿Qué dijo? “No estoy de acuerdo con políticas de combate a la inflación que apunten a la reducción del crecimiento económico”.


 

Eso cuando Europa cruje bajo las recetas de la troika —conformada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional—, para enfrentar la crisis de la deuda que se extiende por la región y que han sumergido en una profunda depresión las economías de países como España, Portugal, Grecia y amenazan ahora a Chipre.

Brasil no es ajeno al debate sobre las políticas económicas necesarias para enfrentar un recrudecimiento de la inflación y el débil crecimiento, por lo menos en los dos últimos años. Los pronósticos para este tampoco son muy favorables, oscilando alrededor del 3 %.

Cuando todos se alistan para dar inicio a una nueva carrera electoral, que culminará en octubre del 2014 (elecciones en las que la actual presidente parte como favorita), los resultados de la política económica se tornan en un factor particularmente sensible.

CRECIMIENTO E INFLACIÓN

No es solo lo político lo que puede causar inquietud. El dilema económico provoca polémicas. Pese a los resultados económicos muy modestos en los dos últimos años —la economía creció 2,7 %, en 2011, y 0,9 %, el año pasado— el propio Banco Central advirtió contra el peligro de la inflación y la necesidad de tomar medidas, entre ellas un posible aumento de las tasas de interés para enfriar la economía.

Esta situación, en un año preelectoral, podría explicar la sensibilidad de Dilma. El Banco Central anunció los resultados económicos del primer trimestre de este año, que hacen prever una inflación de 5,7 % en 2013, por encima de los 4,8 % estimados hace tan solo tres meses.

La presidente enfatizó el efecto de “factores externos”, como la caída de las cosechas en los Estados Unidos, que empujaron los precios de los commodities hacia arriba, para explicar estos resultados. La inflación “no está fuera de control. Lo que hay son fluctuaciones coyunturales”, aseguró.

Pero el propio Banco Central y diversos economistas señalan otros factores que estarían presionando sobre los precios. Uno en particular es el aumento de salarios, que han subido más en Brasil que en el resto del mundo: 2,7 % contra 1,2 %, en 2011; y 3,8 % contra 2,1 %, en 2010. Diversos economistas, citados por medios brasileños, destacan el hecho de que esos salarios han crecido por encima de la productividad. Cuando las empresas, sobre todo la industria, tratan de incluir estos costos en los precios, se enfrentan a una competencia externa que les pone un techo y se lo impide.

El aumento de los salarios se explica por una tasa de desempleo que, en marzo de 2012, era de 6,2 % y cayó luego a un mínimo de 4,6 %, en diciembre. Desde entonces ha repuntado, llegando a 5,6 % en febrero pasado, lo que ha impulsado la renta media de los trabajadores a un nivel record de casi 1850 reales (unos 925 dólares), estimulando el consumo y el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) y de la inflación.

Ahora el debate es como enfrentar esa situación. Los que proponen elevar la tasa de interés para enfriar la economía se enfrentan a la realidad de un débil crecimiento económico en los dos últimos años y a la decisión política de la presidente, que no quiere ver la inflación contenida a costa del crecimiento económico.

Un crecimiento que el ministro de Hacienda, Guido Mantega, estimó en cerca de 4 % este año, cifra considerada optimista y que no es compartida por todos. El profesor de economía de la prestigiosa Fundación Getulio Vargas, Emerson Marçal, declaró a medios brasileños que la tasa de inversión equivalente al 18,1 % del PIB el año pasado no permite un crecimiento mayor al 3 % en 2013. Para ubicar esa cifra en el contexto internacional, se puede citar el ejemplo de Corea del Sur, que tuvo una tasa de inversión del 30 %, o bien el de China, del 50 %.

Para lograr la cuadratura de este círculo, para crecer sin inflación, el Gobierno propone, entre otras medidas, la capacitación de los trabajadores, de modo que aumente su productividad, y un vasto programa de obras públicas para hacer frente al deterioro de la red vial, de puertos y aeropuertos.

¿PAÍS DE CLASE MEDIA?

Junto a este dilema planteado por la coyuntura económica, se discute en Brasil los efectos de las políticas de atención a los trabajadores, de reducción de la pobreza y promoción de la llamada “clase media”, un debate en el que se enzarzan economistas y sociólogos y va mucho más allá de lo estrictamente económico.

“Las estadísticas no dejan duda. Con las ganancias de renta de los trabajadores en los últimos años, Brasil es un país de clase media”, dijo la periodista Nice de Paula, en un reportaje publicado la semana pasada en el diario O Globo.

Los economistas, agregó, calculan que un 55 % de la población brasileña puede ser considerada como de clase media. No obstante, se pregunta, ¿qué clase media es esta? Y ahí empieza el debate. Ciertamente, no es una como la que nos imaginábamos hace algunos años.

Con una renta mensual de 2100 reales (unos 1050 dólares), esa nueva clase media brasileña es, en realidad, una nueva “clase trabajadora precarizada”, según el sociólogo Jessé de Souza. “Es una clase que se insertó principalmente en el comercio, en los servicios y en pequeñas industrias. Es más explotada, acepta trabajar 12 o 14 horas diarias”, aunque su acceso a nuevos bienes de consumo es real.

Para alimentar el debate, de Paula cita al economista Marcelo Neri, presidente del Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA) y creador del concepto de “nueva clase media” en Brasil.

Los sociólogos “se sienten un poco invadidos”, con esta definición, asegura Neri. No estamos hablando de clases sociales, sino de clases económicas. Los economistas son pragmáticos, quizás, simplifiquen las cosas demasiado. Pero, entre 2003 y 2011, 40 millones de personas se sumaron a la clase “C” en Brasil, alcanzando la cifra de 105 millones. En términos de ingresos, ese sector tenía una renta familiar mensual entre 1200 y 5174 reales, en 2009 (unos 600 a 2587 dólares). Hoy Neri estima estos límites entre 875 y 3725 dólares mensuales.

Pero, agrega, “el símbolo de esta clase media no es el celular ni la tarjeta de crédito”, sino trabajar con todas las garantías sociales, en vez de tener un empleo precario.

Lo cierto es que esa calificación de “clase media” parece referirse solo a los asalariados. En Brasil, el 1 % más rico entre los asalariados tiene una renta equivalente a 3000 dólares mensuales per cápita. En caso de que trabaje más de una persona de la familia, esos ingresos podrían aumentar significativamente. Pero los integrantes de ese grupo, que conforma las clases A y AB, no tienen conciencia de que están en la cima de la pirámide, sino que se consideran a sí mismos como de “clase media”.

Evidentemente, esa percepción se explica porque se comparan con el sector realmente rico de la sociedad, el empresarial, cuyos ingresos no están constituidos por salarios.

Para el profesor de la Universidad Federal de Juiz de Fora, Jessé de Souza, las clases sociales son básicamente cuatro, en Brasil. La alta, señaló, tiene capital económico. La media, no tan privilegiada como la alta, se apropia de lo que él llama un “capital cultural valorizado”, conformado por saber científico, cursos de posgrado y manejo de idiomas extranjeros, conocimientos que “tienen un valor económico”. Esas serían, en su opinión, las clases privilegiadas.

Las “clases populares” no tienen acceso a capital económico, cultural o social. Tienen que trabajar desde temprano en la vida. “Esa es la nueva clase trabajadora precarizada, que los economistas llaman la ‘nueva clase media”, afirmó.

Así se explica la enorme disparidad social, que hace de Brasil uno de los países más desiguales de América Latina, pese a alguna mejoría lograda en años recientes. Según la “Síntesis de Indicadores Sociales 2012”, entre 2001 y 2011 la renta familiar per cápita del 20 % de brasileños más ricos cayó del 63,7 al 57,7 % del total de la riqueza del país. En cambio, los ingresos familiares per cápita del 20 % más pobre crecieron del 2,6 al 3,5 %.

Un avance en la dirección correcta, pero a un ritmo insuficiente para corregir las disparidades en plazos razonables, lo que se suma a las presiones de carácter más coyuntural sobre la economía y las opciones políticas para hacer frente a esos desafíos.

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