Tea Party pone cerco a la Casa Blanca en EE. UU.

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden visitaron 4 de octubre el restaurante Taylor Gourmet, en la Avenida Pennsylvania de Washington, para

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden visitaron 4 de octubre el restaurante Taylor Gourmet, en la Avenida Pennsylvania de Washington, para comprar comida para llevar.

Arropados con la lógica implacable de exigir “menos Gobierno”, con la lanza en ristre contra los líderes de su partido que no comparten sus posturas, los representantes de la fracción radical republicana, conocida como el “Tea Party”, se han lanzado al asalto de los bastiones que se resisten a sus demandas políticas, a riesgo de paralizar el Gobierno de Estados Unidos.

Convencidos de que su oportunidad ha llegado, bloquearon la aprobación del presupuesto gubernamental como presión para impedir la aplicación del programa de seguro médico universal, apoyado por el presidente Barack Obama.

Pero, más que una disputa por un programa de gobierno, la apuesta del Tea Party trata de minar un modelo económico al que responsabilizan por la crisis en el país.

“El actual impasse en Washington –escribió Sarah Kendzior, una analista basada en St. Louis– es un síntoma de la degradación socioeconómica que se vive en Estados Unidos”.

Se trata del debate sobre las causas del enorme déficit fiscal −de alrededor de un billón de dólares (un millón de millones) este año, cerca del 7 % del Producto Interno Bruto (PIB)− y de las consecuencias de ese déficit, entre ellas una deuda pública cada vez más difícil de pagar, que se acerca al 110 % del PIB y no para de crecer.

En medio de las enormes presiones para hacer frente a esos déficits, no es raro que aumenten las apuestas y se radicalicen las posiciones.

CRISIS

A fines de los años 90, la tasa de desempleo era de 3,8 %, la más baja en 25 años y solo un 6 % de los norteamericanos necesitaba de cupones de comida para sobrevivir. Hoy, 15 de cada 100 norteamericanos los necesita y 45 % de los niños nacidos en Estados Unidos son atendidos por el Women, Infant and Children program (WIC), que les da cupones para comida. Los “sin casa” son gente con dos empleos; los trabajadores de Wallmart y McDonalds reciben, con frecuencia, ayuda federal, señala Kendzior.

Todavía una década antes, cuando todo parecía ir de maravilla, el presidente Ronald Reagan (1981-1989) hablaba de la “Welfare Queen”, una supuesta mujer que vivía con $ 150 000 anuales, gracias a los beneficios del seguro social. Un personaje “infame”, según un comentario de la cadena CNN, que resurgió en la propaganda de la pasada campaña electoral para atacar las políticas de Obama. Supuesto personaje que, en todo caso, nunca existió realmente. La imagen servía solo para recortar beneficios sociales y reducir los impuestos para las grandes empresas, medidas que caracterizaron la política económica de Reagan. Y que su sucesor, Bill Clinton, prolongó con la ley conocida como Personal Reponsability and Work Opportunity Act. Entonces –recuerda Kendzior– usted le podía decir a una persona “consígase un empleo” y era posible encontrarlo. Hoy ya no es así. Eso es lo que ha cambiado.

Sin un programa de consenso para enfrentar el dilema –cuya solución, sea cual sea, obligará a reducir el nivel de vida de su población–, el país se debate desde hace cinco años en una crisis financiera, que parece todavía lejos de resolverse y que exacerbó la lucha política en Washington.

Solo así se entiende que el Tea Party haya decidido poner sitio al Gobierno y tomar como rehenes a sus compañeros de partido que se resisten a sus políticas, entre ellos el presidente de la Cámara, el republicano John Boehner.

OBAMACARE

Obamacare es como sus adversario llaman, el “Affordable Health Care Act”, la ley que pretende extender a todo el país alguna forma de seguro de salud, promovida por el presidente Obama y aprobada por el congreso en 2010.

Desde entonces, se fueron aplicando algunas de sus disposiciones, como permitir a un hijo ser cobijado por el seguro de sus padres hasta los 26 años o prohibir a las aseguradoras privadas negarse a registrar a alguien solo por su condición médica.

Pero, a partir del 1 de octubre pasado, se inició una nueva fase, al abrirse al público la inscripción para los programas de cobertura privados, lo que permitirá adquirirlo a unos 20 o 30 millones de norteamericanos que actualmente no tienen seguro médico (las cifras varían según las fuentes). Solo en Nueva York más de dos millones de personas intentaron registrarse en la primera hora de entrada en vigencia de ese esquema, haciendo colapsar el sistema.

El sistema de atención médica de los Estados Unidos es de los más caros e ineficientes del mundo, como lo explicó Martin Wolf en el Financial Times. Estados Unidos gastan 18 % de su PIB en salud, frente al 12 % que gasta Francia, que es el que más se le acerca entre los países desarrollados. El gasto per cápita en salud en  Estados Unidos es casi 100 % mayor que el de Canadá y 150 % mayor que el de Gran Bretaña, según las cifras citadas por Wolf. ¿Y qué logra Estados Unidos con este mayor gasto?, se pregunta. La expectativa de vida al nacer es menor que en esos países, mientras la mortalidad infantil es mayor.

“La idea de cerrar el gobierno –o arriesgar la cesación de pagos de la deuda– para evitar establecer un seguro universal −algo normal en otros países de altos ingresos−, parece una locura”, estimó Wolf.

“Si la oposición está lista para provocar daños como este a su propio país, los equilibrios que hacen funcionar la democracia han desaparecido”, concluyó.

ABISMO

Lo cierto es que solo un tercio de los norteamericanos se opone la nueva ley, está de acuerdo en dejarla sin recursos o postergar su entrada en vigencia. Un 72 % está en desacuerdo con que se bloquee la aprobación del presupuesto en el Congreso.

A ese bloqueo se suma la amenaza de no aprobar un aumento del límite de la deuda pública del Gobierno, lo que podría provocar una cesación de pagos de consecuencias imprevisibles. El Congreso deberá votar ese aumento el próximo 17 de octubre y las especulaciones sobre lo que puede ocurrir aumentan cada día que pasa, sin un acuerdo para resolver el problema del bloqueo del presupuesto.

“Estados Unidos flirtea con su propia destrucción”, señala un comentarista al analizar esa posibilidad. “Las consecuencias de una cesación de pagos del Gobierno norteamericano están más allá de toda predicción”, afirma otro.

En la mejor de las hipótesis, al no aumentar el límite de la deuda, el Gobierno debería cortar drásticamente sus gastos. Analistas de Merrill Lynch estiman que ese recorte podría ser de un 20 %. En la peor de las hipótesis, Estados Unidos caería en el default, o la cesación de pagos, de consecuencias imprevisibles para la economía mundial.

El corresponsal del diario español El País en Washington, Antonio Caño, resume la situación señalando que “toda la inquina y polarización partidista acumulada en Estados Unidos desde hace varios años –prácticamente, desde que Obama asumió la presidencia por primera vez– ha conducido finalmente al país a una situación límite, que permite visualizar claramente el grado de inoperancia al que se ha llegado en Washington y la crisis general del sistema político”.

En realidad, agrega, un triunfo del Tea Party sería el “paraíso de la anarquía liberal” con que el grupo sueña, “el mundo sin gobierno que el extremo conservadurismo norteamericano predica a diario”.

Según señaló el periodista Gabriel Lerner en el Huffington Post, la esperanza del presidente “es que, de una vez por todas, la crisis dentro del partido Republicano se ponga de manifiesto y suficientes voces de políticos republicanos, temerosos que el público culpe a este partido de la situación, se levanten”, lo que permitiría un acuerdo que evite ahondar la crisis y derrote al Tea Party.

Pero, quizás la crisis no se resume a eso y tiene raíces más profundas en el desequilibrio social, que se acentuó por las políticas económicas promovidas en los últimos 30 años en Estados Unidos.

En todo caso, como recuerda Sarah Kendizor, el cierre gubernamental “solo formaliza la disfunción que ha venido afectando a los ciudadanos ordinarios por décadas”. Y esa crisis no tiene solución sin transformaciones mucho más profundas de la sociedad norteamericana.

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