Un turista nada accidental

Nadie duda de la capacidad narrativa de Tom½s Eloy Martânez. Su habilidad como narrador se fue construyendo mientras escribâa el mejor periodismo argentino de la dÚcada del 60 en adelante. Su prosa es de una elegancia nâtida como pocas (o ninguna) en la narrativa local: sin esfuerzos ni estridencias, es capaz de contar una historia […]

Nadie duda de la capacidad narrativa de Tom½s Eloy Martânez. Su habilidad como narrador se fue construyendo mientras escribâa el mejor periodismo argentino de la dÚcada del 60 en adelante. Su prosa es de una elegancia nâtida como pocas (o ninguna) en la narrativa local: sin esfuerzos ni estridencias, es capaz de contar una historia como quien entrega su relato para ser vivido, y no leâdo. Sus narraciones, por otra parte, siempre son eficaces en su timing de aparici÷n. Del periodista, Tom½s Eloy Martânez tiene esa «intuici÷n» que lo hace publicar aquello que los lectores quieren leer en el momento adecuado.En otro momento fue el rescate del peronismo silenciado por los aöos del proceso, que resucitaba para volver a morir como dinosaurio ideol÷gico argentino. La novela de Per÷n, que sigue siendo su mejor novela, apareci÷ en los albores de esta nueva democracia y Tom½s Eloy no dud÷, porque no hay dudas en su obra en discutir sobre cad½veres mientras la imagen que tenâan los lectores era la del peronismo quemando fÚretros. Pero no es su sentido de la oportunidad lo que lo convierte en un seguro best seller, sino su sentido de la narraci÷n justa, exacta, aventurera y, al mismo tiempo, aleg÷rica, que hace que cada salida de su obra pueda ser esperada como una «revelaci÷n» de algo que casi todos sabemos. Tom½s Eloy asegura y construye el pasado inmediato como un cronista privilegiado que nos deja ver una luz sobre las preguntas que cada vez se plantea la sociedad argentina. El cantor de tango, su þltima novela, es una nueva entrega que confirma sus destrezas y su autoridad. En este caso se trata de una mirada sobre la frustrada entrada de la Argentina en la globalizaci÷n, sobre la agonâa de su exaltado modelo neoconservador y, al mismo tiempo, sobre el modelo en que, muy a su pesar, se convirti÷ el paâs: Argentina como una especie de aleph internacional que permite explicar todos los malogros de la aldea global: el modelo perfecto para globalif÷bicos. Sobre ese modelo, que hizo que la cultura argentina tuviera que volverse sobre sâ y mirarse irremediablemente, imposibilitada, por la miscel½nea de motivos, de comprenderse en el contexto de la cultura mundial, est½ escrita la novela El cantor de tango, libro que recorre toda la historia de la cultura argentina del siglo XX en su literatura, arte, estrategia de planificaci÷n urbana y, sobre todo, en su sâmbolo popular: el tango. Quiz½s lo m½s interesante de la novela es que los lugares que recorre son exactamente los del turismo y los del desarrollo econ÷mico argentino, mostrados a partir de sus recorridos de «turismo cultural». Todo (lo poco) que Argentina tiene ahora para vender y vende es lo que nos muestra. Para trabajar ese tema espinoso de la Argentina y lidiar con su fr½gil memoria, Tom½s Eloy Martânez pone a un «turista cultural» a mirar la crisis de diciembre de 2001 en Argentina mientras hace un relevamiento de sus ruinas y sus monumentos artâsticos y literarios. Bruno -asâ se llama el personaje principal- persigue a un mþsico escurridizo que tiene la voz sobrenatural y mâtica de un ½ngel (se llama Martel, para recordarnos que ser½ Úl quien «cante» a la crisis financiera, como el Martel de La bolsa de 1890). El argumento (y el personaje) es de Cort½zar («El perseguidor»), pero lo que en aquÚl era una alegorâa de la crâtica y el artista, en Tom½s Eloy lo es de la crisis nacional y su di½logo con el arte popular. Al mismo tiempo, Bruno, que aparece como una especie de tilingo desorientado que «ve» efectivamente la ciudad como la escribi÷ Borges, recorre Buenos Aires en una bþsqueda fant½stica… del Aleph. En ese paseo, como en un thriller, los edificios m½s nobles se cruzan con el submundo, y las historias sobre torturas, asesinatos, c½rceles y estallidos sociales van armando los mojones que le permiten a la novela diseöar un mapa negro y casi imposible de la ciudad de Buenos Aires. El tango, por otra parte, es el gÚnero que canta todo lo perdido: el gÚnero que mejor supo interiorizar como angustia sentimental los infortunios y las ansiedades de la movilidad social, como ya dijeron algunos crâticos. De allâ que establecer un paralelo entre las crisis sociales y el tango que las expresa sea un laberinto en lânea recta. Sin dudas el autor conoce todas las claves del gÚnero que mezcla la noticia periodâstica y sus condiciones hist÷ricas entrelazadas con la ficci÷n que crean, cada vez, una nueva lectura de la realidad. Finalmente, es una novela que constantemente ironiza sobre el turismo y sobre aquello que el turista «avivado» debe conocer de la cultura argentina para tener una experiencia «verdadera». Por supuesto que sobre ella Tom½s Eloy Martânez hace sobrevolar a Rayuela, «La muerte y la brþjula» y Operaci÷n Masacre. Bruno no es sino un personaje que, buscando la aventura latinoamericana, hace un viaje «seguro» entre las manifestaciones, piqueteros y barricadas callejeras. Si algo puede achac½rsele a una novela fervorosa y militante, como las que escriben los argentinos en el exilio, es, justamente, cierta seguridad «c÷mplice» con los lectores ilustrados. Ello no significa que no contenga algunas p½ginas memorables: el recorrido del personaje por el Parque Chas tiene el sentido de la narraci÷n del paisaje urbano que quedar½ en los anales de la mejor literatura y algunos micro relatos que cuentan la historia argentina son de una eficacia insuperable.

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