A propósito del cambio climático: nuestra responsabilidad

Hace un par de semanas, a la luz de dos nuevos estudios coordinados por la NASA, se ha conocido la nefasta noticia de que

Hace un par de semanas, a la luz de dos nuevos estudios coordinados por la NASA, se ha conocido la nefasta noticia de que un segmento importante de la Antártica Occidental se derrite, y de una forma más rápida de lo esperado: se ha traspasado el punto de retorno para evitar este desastre. Esto, claro está, se debe al fenómeno global que afectará a todas las sociedades humanas: el cambio climático.

Como es de amplio conocimiento (harto registrado y comprobado científicamente), en esta problemática climática mundial ha influido sobremanera el ser humano: se ha ido gestando debido a las crecientes emisiones de gases de efecto invernadero, de origen antropogénico, de los últimos 150 años.

Es decir, esta problemática no es simplemente coyuntural o algo pasajero, es estructural, inherente a lo que ha sido el quehacer del hombre sobre la faz de este planeta durante el último periodo. Es un efecto indeseado de este quehacer, pero no por esta condición es menos palpable o se puede invisibilizar, pues está allí, es real: afecta, y afectará, a miles de millones de personas. Se ha dado dentro del marco del mercado, si bien este problema no era −ni es− contemplado por muchos de sus fervientes creyentes. Tal como afirma la CEPAL (2012): El cambio climático es el mayor fracaso del mercado jamás visto por no internalizar el valor del clima como bien público global y no registrar adecuadamente sus impactos en la sociedad y en los servicios ambientales. Esto implica que, más allá de la valoración económica, se requiere tomar decisiones éticas respecto a la distribución de costos entre generaciones, valorando las necesidades de las generaciones futuras.

De esta cita sobresalen también dos aspectos claves sobre los cuáles reflexionar:

Esa limitación sobre la valoración económica, la cual se ha situado como gran verdad, como verdad central en esta sociedad: ponerle un precio a todo; pero finalmente esta es una creación humana limitada, no puede reflejar el valor de todo. Así, ¿cómo se valoraría la pérdida de ecosistemas, la extinción de especies, los cambios socioculturales? Asignarle un precio a todo esto además de una simpleza, es un error, pues estos son aspectos invaluables, no encasillables por esa herramienta imperfecta que es el precio. El precio puede reflejar una dimensión de la realidad, pero sólo una, no toda la realidad.

¿Qué les legaremos a las generaciones futuras, un mundo sin recursos y con esta problemática creciente? ¿Es esto ético?

Así las sociedades actuales (aunado al legado de las pasadas, claro está) se han enfrascado dentro de esta tremenda problemática, tienen “la papa caliente en sus manos” (¡y como calienta!): Deberán hacer frente a los impactos (crecientes) del cambio climático… Lo esencial es que al estar la “papa en nuestras manos”, podemos hacer algo: Podemos actuar, y cuanto antes y con mayor intensidad sea, será mejor.

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