Albino y Platón

Si algo quedó muy claro durante el reciente debate televisivo que sostuvieron Ottón Solís y el representante de ANEP, en torno al presupuesto nacional,

Si algo quedó muy claro durante el reciente debate televisivo que sostuvieron Ottón Solís y el representante de ANEP, en torno al presupuesto nacional, es el acendrado platonismo de Albino Vargas.

Vargas esbozó una particular ontología social, según la cual el ámbito del ser se divide en dos esferas contrapuestas: los “de arriba” frente a los “de abajo”. No obstante, se trata de un platonianismo invertido, pues para Vargas todo lo corrupto y mezquino habitaría en el mundo de las altas esferas, mientras que el mundo de los “de abajo” −al que él, por supuesto, pertenece− es poco menos que una pradera inmarcesible de laboriosidad, compromiso y generosidad.

En algún momento del debate –durante el cual el representante de los empleados públicos prácticamente no dejó a Solís expresar sus ideas, con constantes interrupciones y ridículos ataques− el señor Vargas se deja incluso decir que los servidores públicos representan casi plenamente ese mundo de los “de abajo”. Por su parte, el mundo de los “de arriba”, del que Ottón habríase de repente convertido en vil vocero, está esencialmente representado por la “gritería neoliberal” de las cámaras empresariales. En el lenguaje de Vargas, ‘neoliberal’ es una palabreja tan difusa como lo es ‘anticomunismo’ en el acervo de algunos historiadores. A esta comparsa de ataques contra Solís, se unió también el diputado del PAC Víctor Morales Zapata, quien calificó a Ottón de “neoliberal fundamentalista”. Aunque un análisis riguroso del alcance del término ‘neoliberal’ amerita un artículo aparte, digamos acá solamente que ese epíteto, en boca de los demagogos, es en lo esencial sinónimo de austeridad y preocupación por el gasto público.

No es suficiente con encaramarle al gasto el apellido “social”, como parece creer el Presidente Solís, para resolver, como por arte de magia, el problema de los balances económicos, menos aún para que dicho gasto se traduzca efectivamente en beneficios para los sectores más preteridos de la sociedad. La transferencia millonaria de recursos a las universidades públicas, que significará un aumento del 14 % para el 2015, difícilmente redundará en la admisión de más estudiantes, en una mayor y efectiva proyección social, o en la mejora en las condiciones de trabajo de la mayor parte de los docentes universitarios, quienes −como es mi caso, después de estudios en el extranjero y una relación laboral con la UCR de más de una década– son víctimas semestre a semestre de precariedad laboral y subempleo. Un presupuesto de esa magnitud para las universidades, ligado prácticamente a ningún compromiso, significa en la práctica una transferencia de los sectores más necesitados –los que ni sueñan con poder sentarse algún día en el pretil universitario− a los mejor situados. La condición pública de una universidad no la convierte en popular o incluyente; se trata de cosas realmente distintas, que los jerarcas universitarios prefieren convenientemente omitir en sus discursos.

En este sentido, considero encomiables los esfuerzos de los diputados Solís Fallas y Guevara Guth, por reducir y poner obstáculos a un presupuesto irresponsable. Para los que viven en el jauja imaginario de las finanzas públicas, los que con espernible mentalidad rentista −como el sindicalista Vargas− ven en el Estado un barril sin fondo de recursos, cualquier iniciativa en la dirección de atacar desperdicio y gollerías, será siempre equivalente de lo que torpemente denominan “neoliberalismo”. En desacuerdo estoy con el diputado Solís, sin embargo, en su obsesión con el tema de los paquetazos fiscales.

Vista la problemática sin prejuicios, parece claro que el problema del Estado costarricense no está del lado de sus ingresos, sino, por el contrario, del de las erogaciones, producto, entre otras cosas, de la pésima calidad del gasto y la irresponsable asignación de recursos. En este sentido, no resulta imaginable ningún paquete fiscal que pueda saciar la voracidad de un Estado altamente clientelista.

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