Aniversario en un 8 de marzo

Cuando la fecha se acerca siento ansiedad, pánico, dolor y un torbellino de emociones se apoderan de mí. Parece ser algo común, un aniversario,

Cuando la fecha se acerca siento ansiedad, pánico, dolor y un torbellino de emociones se apoderan de mí. Parece ser algo común, un aniversario, un cumpleaños, una graduación o una fecha internacional que conmemora a muchas vidas juntas. ¿Qué es lo que une todas estas voluntades? El 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. La primera vez que escribí sobre esta fecha, estaba en un hospital, viendo como la vida de mi hermana dependía de cable muy frágil. Y un año después de aquella fecha se cumple el aniversario, el primer año de la extinción de una vida, la transformación de las ilusiones y frustraciones de otra mujer.

Como no creo en el destino, ni seres extraterrenales, no sé si es coincidencia o no, que la partida de ella se haya dado entre una fecha de importancia internacional y el inicio del ciclo de germinación en la tradición maya. Lo cierto es que su conciencia se fue para siempre, para confundir lo que quedaba de su existencia con la tierra que la vio nacer. Ese campo fértil donde han crecido tantas flores y le han dado el nombre a una ciudad.

Trato de entender este hueco profundo que ha quedado en mi existencia y lo único que puedo reconocer son mis limitaciones para enfrentar todo este torbellino. Entre más lo pienso, me doy cuenta de que no puedo ser el único que atraviesa esta inquietud, parece que otros y otras, en este podrido país más feliz del mundo, podrían tener dudas similares. Si esto es así, puede que mi experiencia personal tenga algo que ver con lo que pasa en este lugar, o sea que puede ser una problemática social.

Cuando de niño fui a la escuela, pública y privada, laica y religiosa, nunca me hablaron mucho de la muerte, siempre era algo muy lejano que solo les pasaba a los abuelitos o a los desdichados en alguna guerra, nunca a alguien joven. Y cuando preguntaba a mis mayores por el tema, la respuesta siempre era la misma, la muerte llega cuando Dios quiera y hay que aceptarla. Con esa  idea crecí hasta entrada la adolescencia.

Desde esa época hasta la actualidad ha pasado más de una década y cuando hago la misma pregunta recibo la misma respuesta. Hoy en día, escuchar esas palabras me generan un gran vacío en el corazón, solo siento más ansiedad y desconcierto. Pues años de dudas, cuestionamientos y experiencias me han llevado a la convicción que esa sentencia que escuché en mi niñez es vacía e irresponsable o en el mejor de los casos ilusa.

¿Qué pasa cuando una persona subvierte este destino de la forma más radical y decide transformar su vida en otro elemento de la tierra? Frente a este panorama, la mayoría de los que me rodean quedan absortos; sin embargo, la respuesta es la misma: Dios quiso llevársela, ahora viene la vida eterna, solo queda la resignación y el dolor. El incienso, las sotanas, los rosarios y los manuales litúrgicos se ponen a la orden del día y seguimos al pie de la letra todo el ritual como un mandato incuestionable.

Para los que no confiamos en este camino, el panorama es todavía peor: sentencias, malas miradas, saludos hipócritas y muchos consejos divinos sacados de alguna postal del Vaticano o alguna cadena de mensajes de Internet. Quedamos sin herramientas para hacer frente a todo este torbellino de sanciones morales e institucionales. El dolor se acrecienta y los espacios para compartir estas vivencias de otra forma se cierran.

Luego de un año, me pregunto si habrá más personas con la misma inquietud que tengo en este momento. ¿Será que existe algún espacio, laico, realmente laico, sin ninguna religión o moral de fondo, donde podamos acudir las personas a las que nos visitó la muerte de forma anticipada? ¿Existirá en Costa Rica algún lugar donde los no religiosos podamos llorar y compartir nuestras experiencias desgarradoras sin tener que hincarnos ante los ídolos falsos de esta sociedad?

Todavía no he encontrado ese espacio, pero espero que si alguien conoce de él  me lo haga saber. Sería la mejor forma de honrar la dignidad y libertad de la mujer que se apartó de mi vida de forma definitiva. Y tal vez podría ser otra manera más humana y sincera de reconocer las luchas de las sin voz, las marginadas, las no nombradas de la historia. Tal vez algún día me atreva a salir a la calle con mi bandera negra, decorada de flores y mariposas y portar con orgullo el amor de mi hermana. Por ahora reconozco mis limitaciones y escribo estas pocas palabras. ¿Será este el sentido del 8 de marzo?

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