Anomia y delincuencia juvenil

Los sociólogos han dado en llamar anomia a la incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos las herramientas necesarias para lograr las

Los sociólogos han dado en llamar anomia a la incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos las herramientas necesarias para lograr las metas de la sociedad.

Flynn (2006) señala que las posibilidades de éxito de una persona dependen de una verdadera inclusión social en donde se den estos tres componentes: “Relaciones y paternidad (crianza formativa). Conexiones fuertes con uno o más padres efectivos, formación de calidad (provee afecto, reglas, monitoreo, expectaciones, socialización), lazos con otros adultos pro sociales (red de parientes, tutores, maestros, ancianos).

Diferencias individuales.  Habilidades de autorregulación (autocontrol de la atención, emociones, impulsos).Visión de sí mismo y de sus capacidades positiva (autoeficacia y autovalor). Perspectiva de la vida positiva (creencias de que la vida tiene significado, fe y esperanza).Cualidades de atracción (sociales, académicas, deportivas, personalidad carismática, talentos).

Entorno comunitario. Escuelas efectivas, oportunidades para desarrollar habilidades y talentos valiosos, comunidad de calidad (seguridad, supervisión colectiva, organizaciones positivas, conexiones con organizaciones pro sociales (clubs, grupos religiosos)”.

Sin embargo, cuando la familia, la escuela y la comunidad fallan en su obligación de brindar este entorno a los  jóvenes para enfrentar el futuro con éxito y, al contrario,  se les margina, excluye y etiqueta como un problema social, pierden la esperanza de un mejor mañana y con ello su sentido de pertenencia a la sociedad  (anomia asilente), creando su propia estructura social, misma que funciona como receptora de aquellos que sólo ahí encuentran aceptación, arraigo e inclusión; la pandilla se convierte en su familia y los lazos con ellas superan en mucho el normal sentido de identificación social, hecho que en muchos casos resulta suficiente para involucrarse en actividades delictivas en aras de mantener su fidelidad al grupo; la sociedad que los abandonó es sentida como un traidor y, por lo tanto, no hay empatía con ella.

En el nivel de delincuencia juvenil, esta marginalización y exclusión trae consigo, como se dijo, la aparición de fenómenos grupales que actúan paralelos y antagonistas con la sociedad, afectando la tranquilidad de la población: Las pandillas, maras, etc., dedicados a la comisión de delitos presentan un reto en el nivel policial, fórmulas como la mano dura, superdura, etc., demostraron su ineficacia, a la vez que pusieron en evidencia la ubicación de los marginados como los enemigos de la sociedad.

Nos negamos a aceptar que son niños llenos de carencias buscando su lugar en la sociedad, carencias que la sociedad ha propiciado, pues se les excluye de la educación, de la cultura, de la sana diversión, del mundo laboral justo, se les etiqueta y margina; ante la comisión de un delito  se pretende juzgarlos como adultos porque ya no los consideramos niños, son un problema que pretendemos resolver con el uso del poder coercitivo del Estado, utilizando el derecho penal como el único mecanismo de control viable; se  les cobra el abandono que contribuimos a crear, negando cualquier corresponsabilidad con sus acciones negativas, pretendiendo apartarlos de la sociedad sumiéndolos en una cárcel.

La prevención, en donde participe efectivamente la familia, la escuela y la comunidad, es la única forma viable de reducir la delincuencia y la inseguridad ciudadana; esta prevención debe ser positiva, es decir, destinada a brindar oportunidades de superación a todos los adolescentes por igual y no dirigida a que no contradigan la norma penal, evitar entrar a un barrio marginal etiquetando a todos como posibles delincuentes a quienes se les tiende la mano para que no caigan en prisión. La inclusión social se merece por el sólo hecho de ser personas con derecho a un futuro mejor, no es un regalo, es una obligación.

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