Autobiografías reloaded

Pero el tema en el que hoy que coinciden el casi visir costarricense y el “intelectual” colombiano es el arrepentimiento que Eduardo Galeano habría

Primero fue una ficha local, últimamente encumbrada a la categoría de casi visir por la administración Chinchilla. Después un semigemelo, aunque más anciano, procurando acarrear compradores, que no lectores, para su libro a “seis manos” “El regreso del idiota”, cuyo título hace referencia a un escrito anterior, “El manual del perfecto idiota latinoamericano” (1996), conocido como la más cabal autobiografía colectiva jamás escrita. Los ‘autores’ son y fueron, Plinio Apuleyo, colombiano, un hijo de Vargas Llosa y C. A. Montaner quien ya había alcanzado algún “prestigio” previo por predecir la muerte política de Fidel Castro y el total colapso del proceso cubano ¡en la década de los setenta! Continúa prediciéndolos cada treinta y dos minutos al día, excepto cuando hace siesta, desde entonces. Contumaz el hombre.

Pero el tema en el que hoy que coinciden el casi visir costarricense y el “intelectual” colombiano es el arrepentimiento que Eduardo Galeano habría hace poco manifestado, en una Bienal del Libro en Brasilia, por ser autor del libro “Las venas abiertas de América Latina” (1971). Tanto Eduardo Ulibarri (el funcionario más veces propuesto para el galardón “Lassie” por la Comisión de Premios de la Sociedad Interamericana de Prensa) como el ‘intelectual’ colombiano (véase sus artículos en La Nación S.A. del 10/06 y del 22/06 del 2014) valoran esta compunción como un triunfo personal. Por desgracia para ellos, Galeano no se arrepintió de haber escrito su libro. Dijo que hoy día, ya anciano, no soportaría su lectura, que es algo distinto. Esto puede comprobarlo quienquiera lea su intervención (circula en Internet: [http://cultura.elpais.com/cultura/2014/05/05/actualidad/1399248604_150153.html, por ejemplo]): ““No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada”.

No se dice aquí que Apuleyo y Ulibarri mientan, sino que por, algún motivo, leen/interpretan mal (¡o bien, según se vea!) aquello que les disgusta o no toleran. En el caso de Apuleyo, quizás se trate del vivo aprecio mostrado por lo que él redacta. Es autoadoración infundada. El libro que él cree lo hizo inmortal (su idiota autobiografía) no ha merecido ni siquiera el aprecio de un escritor/intelectual como el mexicano Jorge Volpi, nada sospechoso de izquierdismo. En su “El insomnio de Bolívar”, página 52, lo califica de “malograda imitación de derecha”. ¿Imitación de qué? De lo que Volpi, dos páginas antes, ha descrito como “bomba literaria”: “Las venas abiertas de América Latina”. Sobre este último añade: “… los hechos que enumera tampoco pueden desdeñarse aduciendo su ceguera ideológica”. De modo que el colombiano ya podría ir roncando por otro lado.

Ulibarri, a diferencia de Apuleyo, es realista. Como no tiene intelectualmente de qué jactarse confiesa en su texto un rasgo personal: él leyó el libro de Galeano en algún curso de la Universidad de Costa Rica, porque fue un estudiante “a quien no le quedaba más que complacer al profesor dogmático”. Es su personalidad. Ante el poder, calla y obedece. Sincero el hombre.

Abandonemos estas curiosidades. La crónica afirma que Galeano apuntó dos razones para decir lo que dijo. Una, que el lenguaje de izquierda de ese tiempo, entre los sesenta y setenta del siglo pasado, le resulta hoy fatigoso. La otra, más dramática, que, testigo de la brutalidad con que fueron liquidadas, por la caverna hemisférica, las izquierdas latinoamericanas en la última parte del siglo XX estima que “Las venas abiertas…” pudo concurrir en los errores con que esa izquierda excitó a las bestias.

No creo Galeano deba portar este último sentimiento. La caverna regional aplasta porque queda impune. No requiere de escritos que la exciten. “Las venas abiertas de América Latina”, con sus logros y fallos, es, como opina Volpi, un libro que contribuye a conservar la capacidad de los latinoamericanos para indignarse y luchar. Nada de qué arrepentirse. Por todos los torturados y muertos, alguna vez, responderán otros.

Ah, un detalle. La idiocia se sigue de un factor genético. La acción ‘idiota’ no admite reversa. El idiota se congratula de por vida por sus idioteces.

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