Café Locuras

Dejé el pueblo con nostalgia –saudade es la palabra precisa; difícil de traducir: “un pedazo arrancado de mí” (Chico Buarque)–. Ahí quedaron las cansinas

Dejé el pueblo con nostalgia –saudade es la palabra precisa; difícil de traducir: “un pedazo arrancado de mí” (Chico Buarque)–. Ahí quedaron las cansinas pero mágicas lluvias, la brisa fresca de la montaña silenciosa, las quebradas serenas y los ríos caudalosos, los paseos a las aguas termales, las mejengas con los muchachos del barrio, un “amor platónico” de adolescente y tantas otras cosas pequeñas…

Una feliz invitación del poeta Adriano de San Martín a compartir un rato de música, poesía y pintura, en el Café Locuras (Cofee Crazy) donde sus anfitrionas nos hicieron sentirnos “en casa”, se convirtió en ese momento que tanto añoraba: volver al pueblo y sentir que todavía le pertenecía. No podía ser cualquier momento. Había regresado varias veces, pero aquel lugar siempre me resultaba un tanto lejano; me sentía extraño en tierra propia. Esta vez, había abundancia de nobleza y gratuidad para sentarse a la mesa  y saborear también el arte con su valor imponderable como todos los bienes del espíritu. Un elemento “sacramental” porque propicia y enriquece  la comunión  plena y gratificante.

 

Fue una grata sorpresa encontrarme con un “rinconcito” donde se acompaña el café con el arte.  No abundan estos lugares en este pequeño país, donde el expresidente Figueres Ferrer  sentenció: ¿para qué tractores sin violines? Pues bien, así como hemos apostado por la preservación de la naturaleza, deberíamos hacerlo por el arte: democratizándolo, popularizándolo, es decir, haciéndolo parte de la “dieta” cotidiana del costarricense. Y qué mejor combinación que la cultura del café con la cultura del arte.

 

Iniciativas como Café Locuras están contribuyendo a convertir los espacios públicos en lugares acogedoras, donde poder sentirse “en casa”. El país tiene un gran potencial para convertirse en esa casa de todos y todas. Se requiere solo un poco más de imaginación y buena voluntad para rediseñar los espacios públicos. Más lugares de esos que invitan al convivio y a la tertulia.

Sí, Adriano tiene  razón cuando nos dijo, en aquella noche de exquisitos aperitivos  incluida la buena música/poesía/pintura, que Ciudad Quesada debería llamarse “La Unión” –una vieja  añoranza de algunos lugareños–. Un nombre que evoca el espíritu comunitario del  pueblo. Nuevamente saudade: algo que anhelamos y sufrimos porque se nos va alejando/arrancando, cabanga, diría Adriano.

En este reencuentro pude percibir, en horas de la noche y a la distancia, desde Aguas Zarcas, una extensa urbe iluminada. Ya no era la pequeña “Villa” que dejé hace apenas cuarenta y cinco años. Pero Café Locuras, con sus gestos de calor humano con sabor a arte y aroma de café, me hizo pensar que quizá todavía no tenga que buscar a San Carlos “…más al norte del recuerdo” (Fidel Gamboa). Ojalá sea así.

“Abro la página

Ventana del tiempo

Al pie

De este aguacero” (Adriano de San Martin)

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