Caminar la ciudad

Cómo se vive, cómo se siente, cómo se encarna el acto de caminar por una ciudad? ¿Cómo se mueve un cuerpo en los recovecos

Gaby Arguedas¿Cómo se vive, cómo se siente, cómo se encarna el acto de caminar por una ciudad? ¿Cómo se mueve un cuerpo en los recovecos de la urbe?
¿Qué características comunes encontramos en las caminatas encarnadas en cuerpos que son leídos como femeninos, como cuerpos de mujeres? ¿Por qué es distinto caminar la ciudad si el cuerpo encarnado es un cuerpo masculino?
Discutir acerca del acoso sexual callejero es discutir acerca de las formas de habitar la calle, el barrio, la ciudad. La calle se habita desde el cuerpo, desde la carne que somos. Y este cuerpo está inscrito en una codificación binaria que divide al mundo en hombres y en mujeres. Así es como emergen los cuerpos ante los ojos de los demás. Y así se construye también un ordenamiento jerárquico de los cuerpos.
Esa codificación, en el contexto de una sociedad patriarcal, impone unas ciertas rutas, unos movimientos, unas específicas prohibiciones sobre ciertos cuerpos; y otorga privilegios y flexibilidades a otros cuerpos.
Es privilegio masculino el ocupar libremente el espacio público. La calle, la ciudad, la plaza pública, son espacios que la jerarquía hegemónica de género define como masculinos. Las mujeres hemos invadido esos espacios (unas más que otras, no todas del mismo modo, no todas corriendo los mismos riesgos). Y esa invasión ha sido contestada con diversas formas de violencia.
Los espacios en los que se supone deben moverse los cuerpos femeninos están limitados al ámbito privado: lo doméstico, religioso (para ciertas prácticas) y educativo (también hasta cierto nivel). Escapar de esas rutas previamente definidas, es desobedecer el sacrosanto rol de género: hijas, esposas, madres, maestras, asistentes del sacerdote o del médico, y listo.
Me dirán que esa es historia superada. Que ahora ocupamos todos los espacios. Que hemos llegado incluso a cruzar la barrera atmosférica. Yo les respondo que sí, pero no.
Unas han roto esas barreras, algunas han pagado un alto precio por ello. Pero no todas han logrado invadir lo público. Mucho menos hacerlo y salir ilesas. Además, traspasar el límite no implica destruirlo. Ese hecho sólo demuestra que los límites tienen poros, que pueden soportar algún grado de presión, de torcedura. Pero siguen existiendo. Y cuando ese límite está siendo irrespetado de tal forma que su mera existencia está en peligro, las estructuras que lo sostienen se reactivan para reforzarlo.
Aclaremos esto. Aún quedándonos en los espacios adecuados, las mujeres no tenemos derechos de propiedad sobre nuestros cuerpos. Andamos un cuerpo prestado. Sobre ese cuerpo siempre emerge otro que cree tener más autoridad que nosotras mismas para decidir. Con mucha mayor razón ese otro ejercerá dicha potestad, si considera que estamos donde no nos corresponde. Dicho de otro modo, nos podrán castigar si estamos en su territorio, en un campo donde otros tienen más prerrogativas que nosotras.
Una forma que tienen ellos, los habitantes “naturales” del espacio público, de recordarnos que estos cuerpos en los que habitamos el mundo no son de nuestra propiedad, es el ejercicio del acoso sexual callejero.
¿Pero por qué esta forma de recordatorio y no otra? Porque en el imaginario patriarcal, los cuerpos femeninos son cuerpos sexuados desde la heteronormatividad. Son cuerpos que deben responder a las demandas sexuales y reproductivas de los sujetos que encargan la masculinidad hegemónica.
Por esta razón, el acosador sexual callejero no se toma la molestia de negociar el acceso al cuerpo que le apetece. Él nada más aborda, toca, se apropia. Ese cuerpo le pertenece porque si está en el espacio público, él lo puede tomar. No hay voluntad que deba ser respetada en ese cuerpo femenino. Es lo que algunas autoras llaman el pago el impuesto por ser mujer, por habitar el mundo en un cuerpo subalterno.
El mensaje entre líneas es este: si le incomoda que la toquen en la calle, que traten de violarla, que la violen, si le incomoda andar por la ciudad con miedo todos los días, ya usted sabe cuál es la solución: quédese en su casa, no salga. Limítese a ir a los lugares a donde van las mujeres respetables.
La libertad de transitar, tan preciada por los defensores liberales de los derechos humanos de primera generación, es una libertad del sujeto masculino. George Sand es un ejemplo clarísimo de lo que se puede observar, a los lugares a los que se puede acceder, de la soltura con la que se puede caminar una ciudad, si una cambia de atuendo.
Y no caigamos en la receta fácil de pensar que el acoso sexual callejero es un problema de seguridad policial. No, esto no se soluciona controlando más los cuerpos en el espacio público. El acosador callejero no es una anomalía, es una subjetividad construida para y por el sistema patriarcal. Entonces el problema tiene que ver con el derecho que tenemos (que continuar disputando) a habitar el espacio público. No queremos guetos, lugares “seguros” para nosotras, ni espacios específicos donde podamos movernos sin miedo. Lo que queremos es romper con esa dicotomía público/privado, con esa jerarquía de los cuerpos, con esa pedagogía del miedo que carcome el ejercicio de nuestra voluntad.

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