Carta a los “sastres” de la patria

Aclaro que si hay alguien que considera a ustedes, como congreso, necesarios en un sistema político costarricense, es el suscrito; máxime cuando se habla

Aclaro que si hay alguien que considera a ustedes, como congreso, necesarios en un sistema político costarricense, es el suscrito; máxime cuando se habla de enfrentar un déficit fiscal que me temo no lo han promovido los trabajadores de las universidades públicas, ministerios, poder judicial, instituciones autónomas, entre otros.

Dije en principio que no veo mayores responsabilidades de los trabajadores, desempleados, vendedores ambulantes, estudiantes o amas de casa en el crecimiento del gasto gubernamental, porque el mismo en los distintos gobiernos, desde los años 90 estuvo entre un 14% y 16%,  consecuencia, según algunos entendidos, de un elevado aumento del pago de intereses de la deuda pública.

Siendo aún periodista de UNIVERSIDAD,  recuerdo el bombón aquel que dieron a una mayoría de ticos –a mí me marginaron por incrédulo−, cuando a fines de la administración del presidente Óscar Arias Sánchez, con trombón y clarinete incluidos negociaron  la deuda externa;  no fue sino hasta 1997 que el Ejecutivo empieza a utilizar este mecanismo como financiamiento del gasto público. Sé que a algunos de ustedes no les interesará revisar los acuerdos de aquella Comisión de Deuda Pública que recomendó sustituir deuda interna por deuda externa, porque queríamos ser el primer país desarrollado de América Latina y en virtud de ello, según decían,  los intereses externos eran inferiores a los del mercado interno, con el efecto soñado de  reducir los pagos por servicio de la deuda. Sonaba precioso

En todo caso, refrescaré memorias y aunque ustedes sigan sosteniendo que la anterior estrategia fue la más lúcida de todos los tiempos,  me temo que al meter la deuda externa dentro del producto interno bruto ella aumentó sostenidamente, si consideramos que en 1997 representó el 7.4% del producto, creció a 9.8% en el 2000, llegó a 10.9% en el 2001, hasta representar un 12.1% a diciembre del 2002. Además, su importancia dentro del total de la deuda también se ha incrementado: en 1997 representaba el 23.1% del total de la deuda, en el 2001 un 27.0%, en el 2001 un 28.25%, hasta representar un 29.8% al final del 2002.

Consideraron, recuérdenlo, que este tipo de endeudamiento evitaría el ahogamiento del mercado financiero local, donde según los datos bastante creíbles, una parte de colocaciones en el exterior son compradas por los mismos costarricenses; es decir, unos pocos adquieren los títulos a un precio y luego los retornan valorizados. La Bolsa de Valores, en diciembre del 2002, consignó que   el 54.8% del total de emisiones costarricenses estaban dentro del país nuevamente.

En cuanto analizamos el problema de la deuda interna no veo tampoco a ningún asalariado concentrando inversiones privadas. Pregunté ayer a don Albino Vargas, de la ANEP, y a dos sindicalizados del SINDEU, si eran inversionistas de estos fondos y me negaron por su madrecita  toda participación. También una de las secretarias del Poder Judicial, madre soltera, así como quien  produce los desinfectantes de oficinas y surte  a varias instituciones de Gobierno, me negaron cualquier participación en algún porcentaje del 33% que controlan los grandes inversionistas locales, ni del  22% que controla  el sistema bancario nacional.

Por el contrario, vi el otro día por la televisión muy preocupado al rector de la Universidad de Costa Rica, Henning Jensen Pennington, por las andanzas de estos sastres. No manoseen de esta manera   a la  institución que −durante 60 años, con todos los defectos humanos, yo soy uno de esos− ha garantizado la movilidad y la justicia social como ningún otro gobierno, conservándose entre las primeras de América Latina. Confieso que hubiera preferido quedarme en mi Miramar enyugando bueyes o abriendo la tierra, pero el destino quiso que en los 70 fuera empujado hacia la ciudad, y fue esta casa de estudios, con su sistema de becas, envidiable planilla de sabios (la tevé no promocionaba como ahora la fuga de cerebros) y espíritu de solidaridad, que me arropó y me paseó por el maravilloso mundo de  la filosofía, la sociología, la matemática, entre otros saberes. Esos tocamientos contra el FEES repugnan, causan nauseas, pues ustedes saben que el déficit fiscal, visto así, es más un problema más político que técnico, con nombres y apellidos.  Muchos de ustedes o sus familiares, a lo mejor ya tienen el negocio en la instrucción privada, o qué se yo cuál es el perfil preferido de su “emprededurismo”; y aunque no lean esta carta, les pido que miren a esos jóvenes con utopías y sueños a quienes ustedes amenazan con sus tijeras. Devolvámosles la solidaridad y no los engañemos más con el mercado. Por mi parte, no se preocupen, porque soy consciente de que estoy ya viejo y a veces hasta no veo bien, pero permanece en la UCR una nieta que me tiene al día y me cuenta que todavía hay movimiento estudiantil al que digo: ¡Muchachos, aquí estoy, ¿cuál es mi trinchera?!

 

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