Chile, por la fuerza de la razón

Aunque en muchos lugares -entre ellos la librería de la Universidad de Chile que clausuró por quiebra- me decían que estaba agotado, finalmente pude

Aunque en muchos lugares -entre ellos la librería de la Universidad de Chile que clausuró por quiebra- me decían que estaba agotado, finalmente pude obtener un ejemplar del libro escrito por el juez que procesó a Pinochet.

No estoy en capacidad de realizar un ejercicio de derecho comparado, pero el libro invita a hacer algunos comentarios mas allá de reiterar las atrocidades y los actos de increíble sevicia cometidos durante la dictadura.  De hecho, las notas al pie de página explicando «chilenismos» hacen pensar que fue escrito para una audiencia mayor que la de ese país austral, presunción respaldada por el hecho de que fue publicado antes en París y la edición en español fue impresa en Barcelona. Quizá era solo una precaución, pudo haber corrido la misma suerte del Libro Negro de la Justicia Chilena.

De fácil lectura -obligatoria en todas la escuela de Chile diría yo- el libro mezcla las experiencias familiares y personales de la primera parte con el relato del tortuoso camino para llevar al «General» y sus colaboradores -cómplices- ante la justicia. Sí, aunque todo mundo sabía de los crímenes de lesa humanidad que en Chile se cometieron,  otra cosa era encontrar en el sistema judicial chileno, legalmente blindado para proteger a los militares, un intersticio para procesar a los culpables.  Es este interés el que da origen a esa figura jurídica «rara» denominada  «detenidos-desaparecidos» con que el Juez Guzmán pudo encausar a Pinochet.

En el libro se presentan también otras consideraciones que vale la pena mencionar. Tambaleándose después de años de dictadura, la emergente nueva democracia difícilmente podía estar preparada para ser sometida a prueba en un juicio anticipado a los militares que todavía hacían sonar los tacones en los pasillos de La Moneda, cuando Pinochet aún era Comandante de las Fuerzas Armadas. Dicho sea de paso, este cuerpo aún tiene más afinidad con la pasada dictadura que lealtad con la nueva democracia, a juzgar por los oídos sordos que ha prestado para ubicar los restos de los desaparecidos.  Esta situación permite entender el afán de pares y extraños por desistir de procesar a los altos mandos castrenses y darle largas al asunto. Así entiendo el relato del Juez Guzmán de los consejos de los colegas y el desinterés de la jerarquía judicial superior por acoger muchos recursos presentados.

Más relevante es la posición del Juez Guzmán respecto a la relación entre el secreto del sumario y la transparencia del proceso. En un entorno cargado de emociones, unos y otros -familiares de desaparecidos, así como encausados y defensores- verían con suspicacia cada movimiento en el tablero jurídico. Termina uno entonces por acoger la tesis de que al salvaguardar los derechos de las partes, la transparencia del proceso puede ser garantizada con una adecuada relación con los medios de comunicación, ejercicio que probablemente le deparó a este  juez más de un «jalón de orejas».

El libro de Guzmán puede interpretarse como un recuento del  esfuerzo por devolver al sistema judicial chileno -abofeteado una y otra vez por la dictadura- credibilidad internacional en el manejo de las violaciones de los derechos humanos. Con un símil de lo que dice el escudo de Chile, es el relato de una victoria en la eterna lucha entre la fuerza de la razón y la sinrazón de la fuerza.

Ahora, de vuelta a casa, no puedo dejar de pensar en un libro parecido que nos explique por qué se percibe que hubo muy pocos avances en la investigación del crimen de Parmenio antes de que asumiera el cargo el Fiscal General, así como de un relato de todos los entretelones de las detenciones y encausamientos de las mafias políticas nacionales. ¡Todo un éxito de librería que Dall’Alanese ya nos debe!

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