Competencia, egoísmo, capitalismo y naturaleza (humana)

En un reciente artículo, publicado en La Nación el 4 de julio y destinado a ensalzar las “maravillas” de los logros de la cultura

En un reciente artículo, publicado en La Nación el 4 de julio y destinado a ensalzar las “maravillas” de los logros de la cultura estadounidense en el aniversario de su independencia, el Sr. Jaime Gutiérrez Góngora nuevamente hace uso de su pluma sumergida en el tintero de la ignorancia y la soberbia para defender ciegamente la sociedad capitalista de consumo y afirmar categóricamente que la “naturaleza básica” del ser humano y del mundo viviente son el egoísmo y la competición.

Para el Sr. Gutiérrez, el capitalismo funciona porque está “fundamentado en la verdad sobre el egoísmo de la gente y no en un cuento de hadas sobre la ‘hermandad de los pueblos’. Si el capitalismo es un sistema de competencia, ¿qué es la vida si no eso?”, escribe don Jaime. En su artículo, además, designa al proceso independentista estadounidense “la revolución que sirvió”; a la vez que desdeña a las revoluciones socialistas y argumenta que estas fallaron, debido a que le atribuían “una importancia demasiado irreal a la bondad del ser humano y se toparon con la realidad de su egoísmo”.

Más allá del grado de veracidad de dicha afirmación, en torno a la efectividad de uno u otro “tipo” de revolución (es bastante cuestionable, dado que, como bien lo señala Walter Benjamin, ha sido precisamente con el “gancho de izquierda” que se ha tendido a asestar todos los golpes verdaderamente decisivos de la historia humana), cabe preguntarse: ¿es la realidad del egoísmo humano más real que la de su bondad y altruismo? ¿Es la vida un proceso basado solo en la competencia? ¿Puede argumentarse de modo convincente que el exceso y el despilfarro de las sociedades de consumidores de la era moderna —apuntalados y globalizados por los sistemas financieros y económicos del capitalismo empresarial de tipo neoliberal—, están en consonancia con la vida, como lo argumenta el Sr. Gutiérrez? Ciertamente, pueden plantearse serias dudas a estos y otros razonamientos en el discurso de don Jaime.

En primer lugar, es claro que, en esencia, las interacciones entre los seres vivos no son únicamente devoradoras, de competición, de degradación y de depredación, sino también de interdependencia, de solidaridad y de complementariedad. Esta posición es sustentada por la biosemiótica y tiene un fuerte asidero en lo que las ciencias ecológicas y evolutivas nos dicen sobre la realidad densamente interconectada del ser humano y el ecosistema, y de la biosfera en su totalidad. Por lo tanto, es cierto que la competencia y el egoísmo son parte de las dinámicas del mundo natural, pero, en definitiva, distan de ser el único (o más importante) factor-vector en la evolución de la rampante diversidad bacteriana, animal, fúngica y vegetal que ha emergido en estrecha coevolución en este hermoso jardín terrestre que (co)habitamos. La importancia central de la simbiosis en el surgimiento de la vida compleja, la inevitabilidad de la copresencia en la imbricación ecosistémica y la evidente conjugación de relaciones ecológicas de asociación y complementariedad que subsumen y anidan a los procesos de competición y solidaridad invalidan por completo la supuesta identificación directa entre la “competencia” y el fenómeno —misterioso e inabarcable— de la “vida” como tal.

En segundo lugar, es evidente que la emergencia de rasgos humanos como la empatía extraordinaria, la cooperación con individuos no emparentados y el altruismo recíproco fueron cruciales en la conformación de quienes somos hoy en día. Es sugestivo el hecho de que ya desde Ardipithecus ramidus —un ancestro homínido que vivió hace unos 4.4 millones de años— se nota una disminución en la agresión social, una adhesión social aumentada y un dimorfismo sexual menos marcado. O sea, nuestros ancestros eran altamente colaboradores entre sí. Contrariamente a lo que se esperaría de ser acertado el razonamiento del Sr. Gutiérrez, la competencia desleal y el individualismo egoísta no han sido seleccionados preferencialmente en el curso de la evolución del linaje humano ni representan, por lo tanto, una “naturaleza básica” que está en “armonía” con el capitalismo y con la vida. Es más, avances recientes sugieren que la tendencia hacia la solidaridad y el igualitarismo pueden habernos ayudado a sobrevivir. La sed de justicia es adaptativa.

En fin, es poco factible que el sistema capitalista moderno sea consonante con la vida y con la “naturaleza humana”. Podemos añadir, a manera de cierre, que el empeño de conciliar el exceso y el despilfarro —tan característicos de la cultura “ahorista” y “acelerada”— de las sociedades modernas líquidas de consumo (y, por lo tanto, del capitalismo) con la elegante economía de autoconservación e interdependencia que despliega la vida es, lisa y llanamente, vano y desaconsejable.

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