Costa Rica, un destino más allá del 2011 d.C.

El destino de un país puede considerarse como el encadenamiento de un  sistema de sucesos y de las decisiones internas que llevan a un

El destino de un país puede considerarse como el encadenamiento de un  sistema de sucesos y de las decisiones internas que llevan a un fin, es decir, un principio. No hay punto final porque la historia es un tiempo-espacio continuo. Por eso, al mirar nuestro presente, con sus pros y sus contras, Costa Rica el país de la fiesta sin fin, y para algunos vendedores el más feliz del mundo, surge la curiosidad racional: ¿Qué queremos? ¿Divagar, seguir vagabundeando en la orgía que se agota por sí misma, el desorden y la corrupción? ¿Tener nuestra vista con el ojo y las ansias puestas en otros horizontes lejanos, convertidos en fantoches ciudadanos del mundo sin haber conocido la tierra que nos dio el ser al mundo físico, espiritual y cultural?

Nos hemos convertido en trapos de piso del dinero, especialistas en marcas de cualquier cosa que se consuma y de cualquier basura habida y por haber. Hijos de lo extraño, adoradores de lo extranjero. Nuestra tertulia más subliminal consiste en alabar maravillas exóticas del más allá de nuestras fronteras, con enormes y sutiles variaciones de cuanta verborrea enfermiza y psicótica, ludopatías y fantasías de virtualidad inflen la mentira y el ego; viajeros de plástico, pulgasexuales de cultura de agencia de viajes.

Quién quita un quite y valga la pena descargarse con unas cuantas palabras; es recomendable desahogarse para descompresionar nuestros deseos frustrados. Porque se trata de deseos, la Humanidad son deseos. ¿Qué somos pues en el deseo? ¿Qué país de mentiras estamos construyendo?

Algo grande, más allá de la mediocridad; se trataría de alcanzar algo, una meta, un logro, un ideal, la más noble aventura humana en solidaridad unos con otros, aunque de distintas etnias y geografías, fraternalmente de la misma raza superior de la biología. Pero algo anda mal.

Llevamos encima la falla trágica, la terrible noción del tiempo limitado de nuestras vidas. ¿De qué vale darle sentido a la existencia cuando lo único que tiene un poco de sensatez es vivir cada minuto, aunque sea trágicamente; la fiesta es el recurso de las relaciones humanas para sentirnos acompañados y exhibirnos en las vitrinas del mercado social. El deseo se convierte en una necesidad crucial de ser algo y alguien, ser de tal manera que los demás nos tomen en cuenta y nos consideren una opción viable de amistad, emparentamiento, sociedad.

Contemplo la maraña y escojo lo que parece más inverosímil: La empresa país, la marca Costa Rica, ¿qué signo promueve con calidad integral de vida y existencia plena? -Somos ecológicos pero tenemos los ríos de nuestro territorio, del más ínfimo chorro de agua natural hasta el más caudaloso, inundados de mierda y su consabido caldo de aguas negras, residuales, aromatizadas. -Somos muy educados y con altas tasas de escolaridad universitaria, pero discurrimos nuestra aureola de cotidianidad en medio de la basura que producimos por toneladas que como buenos tarados, la enterramos, será que pensamos a futuro milenario; oro puro, industria y comercio con su respectiva plusvalía de valores agregados, investigación y conocimiento, ciencia y tecnología, productos de exportación, pero no, somos incapaces de transformar materia tan singular como es la basura y la caca, en puestos de trabajo, limpieza y riqueza infinita. -Somos la vida loca de cantinas, karaokes, licores, drogas hasta el ahogo, contrabandos, modas de un día, cirugías plásticas y cuanto alambre haya que meterse en el orificio, tatuaje o teñido de bolas, pero al final del día o al inicio, depende como se haya gastado, usamos irresponsablemente la libertad que nos hemos dado para hacer lo que nos da la gana, oh dura vida. -Somos la medida del viaje, preferiblemente al exterior, a meditar en el vacío del consumismo compulsivo y regresar recargados de basura espiritual y cultural, de importar poses y habladitos y minucias del gesto; ah, y un poco de perversión callada como delicatesse de postre.

Lo vital o mortal es lo que hacemos, valores y disvalores; al final del camino o al principio, somos desechables en esta cultura de mercado y estuches. La conciencia es la esperanza, la tenemos, la del juego del tablero y las fichas que movemos donde la mayoría se comporta como masa y unos pocos son los controladores del mundo.

Siempre estamos a tiempo de decir no, de recuperar el alma, nuestro destino de personas y país. He ahí el hecho realmente trascendental.

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