De la discapacidad moral a la praxis personal y comunitaria

La idea sesgada de ser humano que se ha colado en nuestros imaginarios sociales, caracteriza a los hombres y mujeres como seres finitos, al

La idea sesgada de ser humano que se ha colado en nuestros imaginarios sociales, caracteriza a los hombres y mujeres como seres finitos, al servicio de ideologías cuyo motor centrado en el aspecto económico los convierten en parte del juego dual consumidor-productor, cuyo resultado no es nada alentador, ya que en el afán de generar capital, el ser se ve opacado por el tener, por ende el producto final del juego capital resulta ser, el ser humano mismo, consumido por su egolatría.

En este escenario de lucha por acaparar y ser propietario, se gesta una competencia desleal enmascarada muchas vez tras ropajes de oveja; en esta disputa solo podrán ser parte aquellos con las habilidades determinadas según los cánones de la ideología imperante, sin embargo estos son exiguos, tanto el capitalismo como los modelos socialistas llevados a la práctica han manifestado parálisis moral.

La estandarización del ser humano es parte de las miserias heredadas por la modernidad, cuyo talante de racionalización exacerbada y utilitarismo ha devenido en la generación de nuevos modos de catalogar al género humano, se han diversificado las castas, desde un enfoque de servicio al mercado. A partir de esta distinción en favor de las economías, el ideal de ser humano se fundamenta en torno a sus capacidades de competencia y de productividad; sin embargo, el ser humano no se reduce a la producción, en él se descubre una serie de dimensiones en completa interrelación, la esencia del ser humano se evidencia en su constante deseo de salir de sí hacia algo más, ese movimiento de alteridad, anuncia la característica primordial del ser humano como proyecto de sí mismo.

La finitud que se descubre en la objetivación de la dimensión biológica de hombres y mujeres se ve unida estrechamente a un sentido de infinitud, mismo que se revela en la razón cálida, comprendida esta como el equilibrio entre la razón y la emoción. La humanidad es la construcción social que deriva de la praxis y la reflexión en un constante devenir, es aquello que nos describe lo que estamos llamados a ser.

Las sociedades que se adhieran a una concepción antropológica guiada por intereses del mercado, cuyo enfoque manifiesta un sesgo en cuanto a la comprensión del ser humano, por pretender reducirlo a un proceso de su actividad, manifiestan el más importante foco de discapacidad moral.

Es imperioso emascular esa concepción instrumentalista del ser humano, que apela a categorizar a las personas en capacitadas o discapacitadas; es momento de un despertar de las conciencias, un renacimiento de lo humano, a partir de una revolución desarmada, será en primer lugar personal y posteriormente comunitaria. La consecución de una nueva civilización es posible a partir de la reflexión, el diálogo y la acción, el destino nos lo reclama.

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