De las cruzadas a la globalización: la historia sin fin del occidentalismo

Mas allá de las puntualizaciones sémicas de Walter Mignolo y otros pensadores post, occidentalismo es la figura de lenguaje que mejor expresa el sentido

Mas allá de las puntualizaciones sémicas de Walter Mignolo y otros pensadores post, occidentalismo es la figura de lenguaje que mejor expresa el sentido de esa voluntad de poder evangelizadora, civilizadora y modernista que, de las cruzadas a la globalización mercantil y planetarización de la democracia liberal y de los derechos del consumidor, se expande desde un medieval siglo XI hasta los posmodernos días del nuevo milenio.

Proyectos como naturalismo, humanismo secular, racionalismo, liberalismo, industrialismo, urbanismo, individualismo y libre elección, están más inescrutablemente ligados a esa voluntad, e incluso a su crítica, de lo que su deconstrucción espacio-temporal supone.

No se trata, sin embargo, de someterse a sus preclaros designios iluministas y universalistas o de rechazar sus pretensiones eurocéntricas, colonialistas e imperialistas, sino de reposicionarse con respecto a sus condiciones sémicas y tecnológicas de producción y expansión, recepción y consumo.

Europa sería la cuna de este pensamiento, al punto que occidentalización y europeización resultan  intercambiables, aun con la versión angloamericana de nuestros días, concebido en la tradición grecorromana y judeocristiana, gestado en las cruzadas contra el Islam, florecido con la conquista amerindígena, el despertar renacentista, la reforma protestante y la revolución ilustrada, y consolidado con el capitalismo y sus variantes mercantilistas, industrialistas, monopolistas y  financieras.

Y en nuestro continente, la llegada, recepción y consumo de esa voluntad de poder, habría iniciado con la invasión y conquista por la corona española de los territorios de “Abya Yala”, unas veces, las más, mediante el exterminio y sometimiento de los pueblos precolombinos, otras, las menos, mediante la fascinación malinche y la evangelización, y entre ambas, mediante la colonización, el mestizaje y la trata del negro africano, todas estrategias de un mismo fin, extender por estas tierras de belicosos caribes y amistosos arahuacos, el ethos occidentalizador. Es la construcción de las “Indias Occidentales”, como entidad geocultural afín a los diseños colonialistas, que llega hasta las luchas por la independencia iberoamericana contra la “madre patria”.

En el entretanto y más acá, las “Indias Occidentales” van reconceptualizándose como la “América” y “El Nuevo Mundo”, y el impulso y referente occidentalizador, centrado en la conversión y evangelización del salvaje nativo, reconfigurándose como evolución civilizatoria del primitivo aborigen, hasta que, ya en el contexto de las dos américas, y habiéndose desplazado el ethos occidentalizador de su eje eurocéntrico a una de las dos, la del destino manifiesto, aquellos salvajes y primitivos indígenas devienen en  subdesarrollados y tradicionales latinoamericanos, sujetos de desarrollo y modernización, bien mediante los procesos de industrialización nacionalista de la posguerra, bien mediante los más recientes procesos globalizadores de libre comercio, racionalización tecnocientífica y estandarización mundial de la diversidad cultural

El occidentalismo, entonces, se expresa en nuestro continente como una práctica colonialista, proyecto a la vez de construcción, disolución y asimilación de alteridades salvajes, primitivas, tradicionales o subdesarrolladas, en todo caso víctimas siempre de discursos y prácticas dominacionistas., incluidas discursividades y prácticas emancipatorias, universalistas e ilustradas.

¿Será por ello necesario a toda práctica de vida, al menos en nuestra América mestiza, tirar por la alcantarilla al bebé de los anhelos emancipatorios occidentalistas de lucha por la dignificación de la condición humana, junto con el agua sucia de su bañadera logocentrista y colonialista?

Al contrario de Nietzsche, Foucault, Derrida y demás adalides de la distopía nihilista post o transhumanista, nos parece que no, que mundos mejores sí son posibles, a condición de desmitificar y subsumir sus decantamientos “westoxificantes”(Jameson) estandarizadores colonialistas desde la perspectiva de una integración global más bien sustentada en la promoción de la libertad y las potencialidades humanas bajo condiciones de hibridación y diálogo multicultural, justicia social, equidad de género, respeto a la diversidad y conciencia ecológica.

 

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