Decadencia de la ciudad poeta

A las 5:30 p.m. me apersoné a la sala de sesiones del gobierno local con el objetivo de escuchar las reflexiones y propuestas en

Días atrás San Ramón fue un pueblo agitado. La sombra del narcotráfico, el consumo de drogas, de la delincuencia y de la criminalidad, desdibujó la candidez del rostro de esta cuidad que se presume de ser poeta. Parece que la seducción del dinero fácil resulta más atractivo que el desarrollo de la inteligencia. Sistemáticamente la ciudad que albergó figuras significativas e insignes que destacaron por sus aportes en el nivel intelectual, artístico y político, se está transformando en guarida de pillos. Sitiada por el esnobismo, la frivolidad y la codicia, se devana en nimiedades el pueblo que ha sido vanguardia de la gesta patriótica nacional, mientras se materializa el espectro de la violencia, como síntoma de una comunidad que claudica de su entusiasmo disidente y hace metamorfosis convirtiendo en ridículo lo que un día fue sublime. La sesión municipal del pasado martes 5 de julio testimonia el declive de la nobleza para dar lugar al posicionamiento de la estulticia.

A las 5:30 p.m. me apersoné a la sala de sesiones del gobierno local con el objetivo de escuchar las reflexiones y propuestas en torno a la necesidad de detener, o al menos paliar, la fuerte incidencia de la criminalidad y el consumo de drogas. La concurrencia fue nutrida, el salón se atiborró de ciudadanos. La presencia de oficiales de policía y el jefe del OIJ de San Ramón comparecieron también para brindar informes sobre su modo de proceder en materia de criminalidad y abordaje de adicciones. Como parte del público, asistieron igualmente a la sesión un representante de la iglesia Católica,  delegados de iglesias cristianas, de la Cámara de Comerciantes de San Ramón y voceros de comités organizados al amparo del discurso de Seguridad Nacional. Frente a todos y todas reposando a nalga flácida atentos y entusiastas figuraban los miembros del Concejo Municipal.

¡Qué lástima!  La discusión no fue muy allá de la verborrea y los soliloquios. Más bien en realidad sí. Estuvo acompañada de un gran desfile de prejuicios y razonamientos estereotipados. El principal blanco de ataque fueron los jóvenes; después de todo, el adultocentrismo devela la incapacidad de establecer comunicación horizontal con las generaciones sucesoras, que sirven de espejo a quienes sometieron su espíritu rebelde al rigor espurio de valores anquilosados.  Nada raro que el tema de los valores sonara recurrente. Los representantes de las iglesias entre sí se hicieron sus reclamos, arrogándose cada uno, ser conocedor del camino que conduce a la verdadera espiritualidad. Los comerciantes impávidos de susto arengaban tener derecho a atender sus negocios libres de la preocupación por el acecho del hampa. Los representantes de algunos comités organizados señalaron el éxito de los resultados de la unión en función de la represión. Se habló del decadente sistema educativo y la poca rigidez con que los padres educan a sus hijos. Se mencionó la importancia del núcleo familiar.

Para la policía, se trataba de incrementar la represión, la organización comunitaria y el espionaje ciudadano, con motivo de detectar los delincuentes y consumidores de droga. Para el jefe del OIJ no había nada de anormal ni de particular en el asunto: “siempre ha habido delincuencia” dijo, sin reparos ni aspavientos. De los narcotraficantes no se discutió en lo más mínimo. ¿Sería por impotencia frente a ellos o porque los ladronzuelos resultan presas más fáciles de perseguir? En lo que a mí concierne,  propuse la necesidad de elaborar un diagnóstico comunitario, para identificar las causas y sugerir metodologías de abordaje, pensando en la idea de  un manejo más integral. Al respecto nadie se manifestó.

En fin, en una sociedad cuyo tejido social está desbaratado por la inercia política, el individualismo y la cultura de consumo, los síntomas sociales devienen espacios de descargo emocional y discursos prolongados. Como San Ramón, cada pueblo sufre el designio de su propia condena. Apuesta a la muerte quien vende sus principios.

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