Del sumo hechicero al Vaticano S.A.

El hombre antiguo creía que la Tierra era plana como una tabla, o que estaba sostenida por un gigante que la cargaba a sus espaldas

El hombre antiguo creía que la Tierra era plana como una tabla, o que estaba sostenida por un gigante que la cargaba a sus espaldas; que el rayo o la lluvia los enviaba algo sobrenatural desde arriba que quería asustar a la gente o favorecer las cosechas; que enviaba enfermedad o curación…

Como entre los humanos, inevitablemente, hay vivos y tontos, pero muchos más de estos, apareció el brujo de la tribu, que decía tener la explicación para tales eventos. Vio que su oficio no era mal negocio y se fue metiendo de lleno en la vida de la sociedad. ¡Claro! Cuando la ignorancia de las mayorías llegaba al extremo de creer que una rueda de carreta era el non plus ultra de los inventos, venido de otra galaxia, ¿no iban a creerle al sumo hechicero elegido por la comunidad? “Él estaba en comunicación secreta con Dios”. El brujo sabía, o presumía saber, de donde venía el rayo, la enfermedad… «Predecía» y «curaba»; pero nunca lo hizo de gratis, y el negocio floreció.

Así caminó la humanidad desde sus inicios, engañada y de la mano de esos charlatanes; ¡pero vivos, más bien dicho vividores! que más tarde vistieron todo tipo de atuendos, quemaron incienso y recibieron todos los honores y riquezas, hasta consolidarse ¡algunos!, bajo un mismo techo de oro, en el todopoderosísimo Vaticano, la institución más perversa y mafiosa jamás creada sobre este mundo; sobre este planeta que ya, ¡gracias a la ciencia!, hasta los hijos de vecino sabemos que no es plano, sino esférico, como una bola.

El resto de impostores y vividores que no vistieron sotanas, ni se dedicaron a predicar a gritos el fin del mundo, se hicieron políticos.

La empresa del Vaticano, a punta de asesinatos, robos, traiciones… Y valiéndose de la ignorancia del tumulto llegó a competir con los gobiernos más poderosos, o fue su aliada en guerras, genocidios y en todo el menú de maldades. Fueron tan poderosos que incluso Hitler, cuando ocupó Italia, quizá un poco celoso de su poder, quiso secuestrar al papado de su amigo Eugenio Pacelli, el cuestionado Pío XII, y llevárselo a Berlín.

Aclaremos que de un delincuente común que pagó con cárcel su pecado, nadie tiene derecho a hablar en público ni a cobrarle nada; ya le pagó al mundo, y lo «rehabilitó» el sistema, con el cual la mayoría está de acuerdo que la sociedad obtenga resarcimiento; y aunque eso sea otra farsa, es el sistema por el que casi todos votan ciegamente.

 

Pero de una institución milenaria… ¡Milenariamente obscena y criminal! cuyos asesinatos y despojos quedarán impunes por los siglos de los siglos, se puede decir de todo sin temor a cometer el más mínimo pecado, injuria u ofensa; y por más que los papas contemporáneos parezcan buenas personas, representan aquella demoníaca cofradía que, aunque, ¡a Dios gracias!, ya se le agotó la pólvora, sigue contaminando mentes endebles; posee una economía y riquezas inimaginables y mal habidas; y sigue siendo la misma sociedad mercantil. ¡Ni siquiera se preocuparon por cambiarle sus calidades de nombre y domicilio, por aquello de las apariencias!

¿Stalin? ¿El régimen Nazi? ¿Franco?… ¡Claro, otros asesinos! ¿Pero cuánto duraron? Unos cuantos años y su memoria fue justamente deshonrada. Pero aquellos sacerdotes duraron siglos de siglos atormentando a toda la humanidad. ¡No hay comparación ni justificación posible! ¿Han cambiado últimamente? ¡No, rotundamente no! La ciencia, las verdades… los han hecho cambiar, pero si el engaño hubiera continuado seguirían en sus andadas.

Así, lo que hayan prometido esos señores, en cuanto a vida eterna, castigos, y otras patrañas, es muy probable que sigan siendo las mentiras más caras que haya soportado la humanidad en este par de milenios.

Tres leyes ineludibles rigen toda la existencia: La casualidad, la eventualidad y la oportunidad. Dos células se unieron por casualidad y aquí estamos, podemos hacer lo que nos venga en gana, no hay retribución ni castigo más allá del último suspiro. ¿Reciclaje atómico? ¿Schopenhauer?

Todo está justamente aquí; si nos portamos mal puede haber satisfacciones; pero, ¡ojo! riesgos también; hay leyes, castigos, venganzas, tormentos de conciencia. Si nos portamos bien y nos apoyamos unos a otros, quizá haya más satisfacciones que riesgos. ¿Vale la pena? ¡Tu corazón lo sabe!

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