Derechos Humanos: un concepto devaluado

Pero estas nuevas tendencias no son inconformidad contra la miseria, como sucedió con el marxismo, sino por el contrario, son una versión light resultado

Tal y como el materialismo marxista surgió de la Europa del siglo XIX,  de ese continente nos continúan remitiendo, para consumo inmediato, otras corrientes culturales materialistas.

Pero estas nuevas tendencias no son inconformidad contra la miseria, como sucedió con el marxismo, sino por el contrario, son una versión light resultado de la abundancia económica propia de las actuales sociedades de consumo.

Y como aquí deglutimos lo importado sin cuestionar, hay quienes pretenden imponerlas a la brava. Cuentan con la connivencia de personas educadas para quienes les parece consecuente imitar las tendencias internacionales, siempre y cuando hayan llegado arrastradas por la última ola ideológica del mundo desarrollado.
Corrientes culturales alimentadas por multiplicidad de fuentes y medios. Si hubiese que resumirlas en una frase, podríamos afirmar que -desde la perspectiva filosófica- se enfocan en una cosmovisión materialista de la existencia; desde la cultural, en el goce de los sentidos y su retribución inmediata. Como no tendría espacio para detallar cada una de sus manifestaciones, me limitaré a denunciar una de sus más perniciosas facetas: la perversión del concepto de derechos humanos y civiles, del que estas corrientes han abusado, desnaturalizándolos. Un ejemplo para ilustrar la idea. La filósofa postestructuralista Judith Butler, declaró a medios de prensa internacionales, que el siguiente paso de la lucha por “la igualdad de los derechos”  consiste en la ruptura del concepto actual de dependencia, parentesco y alianza sexual. Entre otras ocurrencias, confronta el concepto de matrimonio restringido a dos personas, por considerarla contrario a “la igualdad de los derechos”.

El mismo silogismo absurdo que ha prohibido en ciertas naciones europeas la educación formal de los valores espirituales y que, contra el criterio del 84% de la población, llevó a la Corte Europea de Derechos Humanos a prohibir los símbolos cristianos en las Escuelas “por considerarlos violatorios de los derechos humanos”. Así secuestró ese Tribunal la constitucionalidad europea. Sobre esa línea se encarrila también la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, quien ahora pretende una condena al país dictando juicio absoluto sobre un debate tan inconcluso e incierto como el de la vida de los embriones. Y aquí en Costa Rica, un concepto tan fundamental para una nación, como lo es la definición de lo que la sociedad decide comprender por familia, -por acuerdo de la Sala-, ahora no podrá ser consultado al soberano poder de la ciudadanía.

Y la gran paradoja es que si se ha impedido al mismo soberano resolver esta crucial definición, por necesaria consecuencia tampoco lo podrá hacer el poder delegado. ¿Quién pretenderá hacerlo entonces? Todo ello invocando una desnaturalizada protección de los derechos fundamentales. Es una corriente que arbitrariamente ha decidido desconocer el verdadero origen de los derechos humanos, prohijando la falacia de que son una derivación de una suerte de moral secular autocontenida en sí misma. Así, se niega una verdad histórica indiscutible: que la piedra angular de los derechos humanos se funda en una convicción absolutamente espiritual, la de la dignidad humana derivada del concepto judeocristiano de igualdad moral.

Algo que hoy ha sido olvidado.

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