Don Julio Acosta y un Congreso indigno

Desde que ingresó triunfante con su tropa en setiembre de 1919, se vislumbraba la forja de un presidente de la República dispuesto a recuperar

Después de encabezar el movimiento revolucionario que eventualmente derrocara al régimen dictatorial de Federico Tinoco, rescatando para Costa Rica la libertad y el prestigio mancillados, la historia le tenía reservada la creación de una de las páginas más preclaras.

Desde que ingresó triunfante con su tropa en setiembre de 1919, se vislumbraba la forja de un presidente de la República dispuesto a recuperar los derechos subyugados.

Pero hizo más. Como primer mandatario se opuso vehementemente a que se favoreciera o recompensara con monedas a los que junto a él habían luchado contra la dictadura, enfrentándose incluso a partidarios y amigos entrañables que aspiraban ser recompensados. Gracias a su hidalguía, su manifiesta oposición de entonces perdura y sigue molestando la conciencia de algunos de los gobernantes que le sucedieron.

 

Con fecha de 2 de julio de 1920, don Julio devolvió sin firmar la “Ley de Recompensas” aprobada por el Congreso Constitucional, con que se pretendía premiar con dinero a los héroes distinguidos en la lucha armada que acabara con la dictadura. En su memorable veto, decía don Julio Acosta:

“Todavía contemplan mis ojos las lágrimas de las mujeres, la alegría delirante de los niños, la emoción desbordada de las multitudes… al recibir a sus soldados predilectos…” Y agregaba: “Arrebatados por fuerzas interiores y hecho ascuas el corazón, los adolescentes de los liceos y los niños de las escuelas lanzaron su grito de protesta.

¿Vamos a enseñarles a ellos que eso, que es espíritu, se puede pagar con lo otro que es materia? Las cosas del espíritu sólo se pueden pagar con cosas del espíritu, porque si no fuera así, se apagaría el fulgor de lo único que engrandece al hombre.  ¿Hubo gloria en la actitud asumida por los que se enfrentaron al déspota? Entonces no hay paga en dinero.  ¿Hubo paga? Entonces no hay gloria; que no se puede servir a dos señores.  ¿Si hay paga quién ofrenda su vida? Lo único que invita a la muerte es el ideal.”

Sin embargo, como ahora, aunque sus palabras incomodaron a más de uno en el Congreso, los que se molestaron no la pensaron dos veces para resellar la “Ley de Recompensas”, echando al basurero la gloria bien ganada.

Pocas semanas antes de su muerte, en 1954, fue declarado Benemérito de la Patria… quizá apoyado por los mismos que 34 años antes prefirieron la paga.

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