El día que murió Memo Neira

A todos aquellos que nunca han escrito poesía. El cielo con la tierra se juntaron y todo quedó negro alrededor
Canta: Memo NeiraMariscar.  Avenida central.  Jueves.  Cinco de

A todos aquellos que nunca han escrito poesía.

El cielo con la tierra se juntaron

y todo quedó negro alrededor

Canta: Memo Neira

Mariscar.  Avenida central.  Jueves.  Cinco de la tarde, dos promos de pilsen y una birra extra para mí, para el Minino una quinada con limón.

El recital es aquí cerca.

El segundo recital fue en la noche, en la Casa de Cultura Popular José Figueres Ferrer.

Desde el Mariscar el asunto empezó a tomar aspecto de «scary movie malona», bastante malona, pero bueno, dicen que no escogemos nuestro futuro, usualmente el futuro acaba sorprendiéndonos.  Y la cosa definitivamente venía mal, negro el porvenir, empezando por la noche anterior que pasé por la oficina de mi editor (sic) a revisar la portada de un desdichado libro de poesía que escribí hace como dos siglos y un día, y que aún no pareciera que será publicado; y no es que sea la gran cosa, pero en este caso la desidia es peor que la falta de talento.  Y en la oficina están mi editor (sic), El Diablo, Minino y un joven escritor primerizo que tiene en ciernes su primer libro; cuando llego están bebiendo aguardiente Quezalteca, ni hay presentaciones como exigen estos tácitos protocolos de los escritores marginales, o si hay presentaciones pero a un nivel subliminal, zutanito, menganito y póngale que El Diablo tiene acaparada la conversa y la hablada va por el lado del chisme y la corruptela política que asuela a nuestra gloriosa Segunda República, vergel bello de aromas y flores, y el conversatorio gira en torno a la figura de El Diablo que fue amigo de José León Sánchez y de Sinatra, hace rato cuando ninguno de los dos era nadie y la Segunda República y nuestra idiosincrasia no los había invisibilizado que para efectos mágicos la clase media, digo eran nadie y Sinatra sigue siendo nadie y José León es mexicano… y yo no sé qué putas hago aquí.  Pero a cada uno lo suyo, un sello editorial te puede catapultar a cierto status  de privilegio o te hunde en el desconcierto, desacierto más bien, de estar con la gente equivocada en el lugar equivocado y en el momento equivocado; y en nuestra idílica Segunda República, no la de mediados de los 40, me refiero a la que llevamos enjaretada en la jupa, nuestra digna majadería de no ser siervos menguados, briosos, coquetos amaestrados.

 

¿Qué putas hago aquí?

Venderme con una bonita presentación.  Hasta tengo datos biográficos en la solapa de la contraportada.  Nací, para sorpresa de muchos, en Alajuela.  En el sesenta y nueve, sí, me veo más viejo es cierto.

Había expectativa.  Mi editor (sic) me presentó previamente como un escritor «espeso», un tipo bien pesado, oscuro, torcidón, si bien un escritor de un libro, libro con errores pero un escritorazo en bruto.  La sorpresa fue más que mayúscula cuando llego con mi camiseta de paño color azul con líneas transversales en amarillo y rojo, una Stussy que me regaló hace más de un año un  buen amigo; y mi silencio y mi timidez, obvio: ante la apabullante conversa de El Diablo, qué más podía hacer.  Para aumentar mi desgracia curricular anuncio mi partida intempestivamente.  Mi esposa me espera y estoy feliz de encontrarme con ella, aún así he compartido con mis contertulios un trago de Quezalteca; una vez más mi malicia no fue suficiente, simplemente no fui malicioso, no entendí que debía quedarme bebiendo quezalteca y hablando del lujurioso arte de escribir.  Mi editor (sic) me ha comentado que el escritor primerizo ha quedado bastante mal impresionado.  Como intendente de mi persona me declaro incompetente.

Allá ellos.  Yo nunca he pretendido jugar al oráculo, mucho menos sentarme a tertuliar de literatura y otras majaderías.

Después de las birras en Mariscar, después de vanagloriarnos mutuamente con la inagotable muletilla de lo borrachos que somos, pervertidos, iluminados, pendencieros aspirantes a ser tipos duros que beben y despotrican contra este y aquel.  En fin, la plana mayor de los sensibles escritores y artistas marginados por este sistema cruel, y ciego que no ha descubierto nuestra genialidad.

Cuando llegamos al primer recital este ya va bastante avanzado, leen al frente poetas de la editorial del estado, previamente han proyectado un vídeo sobre los poetas de editoriales alternativas.  Hay un amago de discusión apenas terminada la lectura, los ánimos se apaciguan con la cordial invitación de la librería a tomarnos un vasito de gaseosa con un tostel… y es en este momento cuando atizan con guayabo la feria de las vanidades, las espaldas que previamente habían sido concienzuda y repetidamente apuñaladas son manoteadas, un exceso de abrazos nubla la atmósfera ya de por sí bastante viciada y encontrás los cuadros más inesperados, una galería goyesca de poses, mi editor (sic) hablando encantado con los escritores oficiales, oficiales y marginales revueltos, como huevos, en el sartén de nuestro gran infierno.

Apretamos manos, palmoteamos espaldas.  El grupo se divide, los que se quedan y los que marchamos, como beduinos ociosos, al segundo recital de poesía.

La Sala José Figueres, Casa de Cultura Popular José Figueres, está llena.  A la entrada y en el vestíbulo se encuentra la plana mayor de la intelectualidad de la UCR, los comprometidos intelectuales de San Pedro están aquí.  La izquierda decorativa, la pose que se pretende contestataria, artísticamente hablando no faltaba más; los violentos son los troskos y sus escolásticos gregarismos.

Frente a la C.C.P.J.F., Sala José Figueres, en la acera.  Saludo a algunas personas.  Mucha gente, demasiada, de hecho la sala se ha llenado.  Paso al vestíbulo y un tipo flaco en uniforme me señala un cuaderno mientras reparte a diestra y siniestra indiferentes buenasnoches, tiene que anotarse, y su recomendación suena como una orden que acato, pero sin perder el humor anoto Fernando Pessoa.  Subo las escaleras.

Ha empezado el recital.  Bajo las escaleras.  Salgo al aire libre de la calle, llamo a mi esposa, veinte minutos después estamos ambos de la mano sentados en el Restaurante Reina, Guadalupe, decidiéndonos menú en mano entre un pollo con hongos chinos en salsa de ostiones o un pollo a la Si Chiu, mi esposa escoge el primero yo me inclino por un lomito relleno, otra cerveza por favor.

Y… cierto… Memo Neira.  El Minino, mi editor (sic) y yo pensamos que El día que murió Memo Neira es un buen título.

Mi amiga, mi esposa y mi amante duerme a mi lado, son las cuatro y media de la madrugada; mi hijo acaba de llegar a dormir en nuestra cama.  Este momento, esta cama, nosotros tres: mi mejor poema.

 

 

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