El espejo y la daga

En la política como en la vida, se asumen poses de acuerdo con la atmósfera lingüística, el contexto en que se dé la enunciación

En un pasaje del cuento de Borges, “El espejo y la máscara”, cuando el rey entrega al poeta el espejo es para que observe lo ominoso de sí mismo y siga en la búsqueda del poema perfecto. Luego, en otro plazo, el rey le entrega la máscara de oro, pero sin la satisfacción de haber encontrado los versos que conmuevan la naturaleza humana. Pero, el rey, como político de sangre azul, sabe que la máscara es convertirse en el otro que libera pulsiones, complejos y renueva una vieja identidad deshonrosa. La máscara es un recurso de Estado que se utiliza con la elasticidad y ambigüedad precisa, amorfa y siniestra, populista y retórica.

En la política como en la vida, se asumen poses de acuerdo con la atmósfera lingüística, el contexto en que se dé la enunciación comunicativa y hacia quién va dirigido el discurso. Hasta hace poco el diputado Ottón Solís había sido un tipo con una personalidad respetable, pese a sus ideas conservadoras. Sin embargo, cuando usa epítetos como “Hitler”, “sicarios” para descalificar a sus “enemigos” (de su mismo partido) pareciera un matón de oficio, un personaje de la farándula, un provocador que está deseoso de estar en las primeras páginas de opinión, en la radio, la TV y las redes sociales. Mi estimado “Moncho” piensa que esas últimas poses discursivas del diputado Solís tienen dos orígenes: la “menopausia” política (andropausia, le corrijo, pero no hay forma) o ese narcisismo enfermizo que emerge de los políticos que se han fosilizado a lo largo de su vida y se mantienen bajo las luces de la bohemia legislativa.

Pareciera que ciertas figuras públicas, como el diputado Ottón Solís, han dejado la ecuanimidad y el respeto en el olvido. Creen que descalificando al rival con epítetos degradantes y tocándose las noblezas del toro, son hombres de pelo en pecho; creen que la arrogancia es sinónimo de inteligencia y que todos deben aplaudir sus imprecaciones. Y es cierto que se debe ser asertivo. Sin embargo, ¿”hablar sin pelos en la lengua” es un recurso retórico o diplomático para convencer al rival, es una estrategia comunicativa que respeta el argumento del otro?

Y como siempre, hay más de un imitador: un charlatán que habla a gritos en su micrófono deportivo y humilla al vecino porque cree que tiene la verdad de sus estadísticas. Un plumífero que repta (y no solo aludo a Montaner) con sus palabras coloridas, xenofóbicas, homofóbicas y racistas. Y se multiplican los prejuicios  como las que esgrime el bombeta de la esquina; el decano que está en el Olimpo; el profesor que impone su palabra a través del poder de la nota (nadie puede decir que la construcción del conocimiento no es didáctico). En fin, los prejuicios, los estereotipos y mitos desfilan de la mano del ideólogo, del catedrático y del ciudadano común que saca pecho y se escuda en la libertad de expresión para para insultar y burlarse del otro. ¿Quién se degrada el soberbio o el imitador?

Pero no olvidemos a mi estimado poeta, que llega de nuevo donde el rey con la mirada extraviada y sin ningún manuscrito: ha encontrado el poema perfecto en una sola línea que “paladearon en forma secreta y misteriosa”. Y como saben, el tercer regalo fue una daga para el poeta y la mendicidad para el rey. Así que, como moraleja, propongamos un espejo y una daga para los políticos arrogantes.

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