EL MAGISTER JUS PUBLICUM

Fui nombrado peón en la Municipalidad de Desamparados, San José. Venía desde el presidio, gracias al beneficio del artículo 55 del Código Penal. Trabajaría

De ello hace mucho tiempo. Empero, a mis 82 años de edad y ya frente al final de todos mis senderos, la anécdota todavía suele hinchar mi corazón.

Fui nombrado peón en la Municipalidad de Desamparados, San José. Venía desde el presidio, gracias al beneficio del artículo 55 del Código Penal. Trabajaría de día en el Municipio y dormiría de noche en una celda. Era el final de un tiempo interminable de 30 años sumido en la  miseria de una prisión…

El policía Romero sería mi jefe. -Limpiará la Municipalidad de arriba abajo, cada día. Era mi trabajo armado de trapos y escobas. El salón de reuniones abríase una vez en cada semana a las siete de la noche. En la mañana –temprano- preparaba el salón, pues solían asistir un grupo de muchachos estudiantes en derecho de la Universidad de Costa Rica: William Muñoz, Hugo Muñoz, Luis Monge… y un jovencito desmirriado y pequeño al que apodaban El Chino. En tanto ellos estudiaban e intercambiaban ideas, en silencio limpiaba pisos y sillas tratando de no interferirlos.
Mañana o más allá del mañana. Sus nombres serán citados como ministros, presidentes del Colegio de Abogados, procuradores de justicia, presidentes ejecutivos… y uno de ellos, El Chino, algo así como un Maestro en derecho público y hoy cuando él hace una cita en la historia jurídica de Costa Rica, la obediencia se impone…
Vinieron los años, pasaron los años. En el gobierno de don José Figueres, el primer ministro de Cultura, Alberto Cañas, me agració con el nombramiento de agregado cultural en Europa. El más famoso diario de España, había incluido mi nombre como el autor del libro más leído en el país. Mi nombre ya entonces inició el camino de soñar, gracias al artículo de “ABC”.
También iniciaba la investigación para escribir mi novela “Tenochtitlan La Última Batalla de los Aztecas.” Es el mismo libro que hoy el Consejo Superior de Educación ha recomendado para todos los estudiantes del quinto año. Ingresé de visita en la más famosa librería de Madrid. En esa tienda de libros los asistentes son de verdad maestros de la información literaria. Después de informar el material que deseaba comprar, me observó:
-¿De qué país es usted?
-Costa Rica.
-¡Ah, Costa Rica!
Hizo una pausa…
-Aquí  nos visita cada tarde un estudiante de la Universidad que estudia derecho; creo que anda en pos de un doctorado.
Otra pausa y agregó con admiración contagiosa:
-Es un muchacho de escasos recursos. Cada día pasa dos o tres horas consultando libros. Y como no puede comprarlos, nosotros tratamos de no ofrecerlos en venta. No más mírelos usted.
El dependiente señaló un rimero de libros orondos. Medité un instante y pregunté:
-¿Cuál es el valor de todos esos libros? El dependiente hizo una suma y me dio el dato.
-Bueno, dije, no más haga la cuenta y mañana cuando este muchacho se presente, le entrega todos los libros.
La Embajada de Costa Rica en Madrid me había hospedado en un hotel de La Puerta de Oro. Mi sorpresa fue encontrar al estudiante, que agradecido trataba de encontrar palabras. Era el Chino, de cuando a mí me tocaba tener nítido de limpieza el salón donde él y sus compañeros estudiaban. Su día y noche era el estudio. Lo mismo sábados y domingos. Me narró que estaba con una beca de la Procuraduría de Costa Rica y atendiendo su familia en San José, era nada el dinero  que le restaba. No sabía de corridas de toros, teatros de la ciudad, si acaso tenía noticias de Toledo, Granada, El Valle de los Caídos.
La Embajada había puesto a mi servicio un Mercedes Benz y en ese automóvil, con el Chino como guía, nos fuimos de tapas, y para que conociera lo mejor del mundo madrileño. Estoy hablando de un estudiante que, antes de ir de farra por los tablados de Madrid, estudiaba de a parado en una librería.
Exdecano en la Facultad de Derecho. Escritor policromo y sabio. Consultor de presidentes y ministros. Cada libro es una pieza de sabiduría, disciplina e inteligencia. Me es agradable  recordar que siempre traté de limpiar el salón para que junto a sus compañeros, estudiara. Y me place hoy, ya muchas tardes, muchas lluvias, muchos olvidos y muchas alegrías después, haber colaborado al aportar tres centavos de mi salario como escritor, al Dr. Jorge E. Romero, Emérito, buscador de senderos, y romero el mismo en el interminable caminar de la verdad.

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