El relativismo que conduce al conformismo

Para desalentar el pensamiento original, algunos individuos declaran que toda verdad es relati­va, subje­tiva, casi un asunto de gustos. Pero, como probó Aristóteles, quien

Para desalentar el pensamiento original, algunos individuos declaran que toda verdad es relati­va, subje­tiva, casi un asunto de gustos. Pero, como probó Aristóteles, quien afirma que nada es verdade­ro, indica igualmente la false­dad de lo que él mismo dice. Y si puede afir­marse lo que probó Aristóteles, se derrumba el sistema de quien rechaza el princi­pio de una verdad objetiva.

A la objetividad se opone el subjetivismo, que es la creencia de que la realidad no es un absoluto firme, sino un dominio fluido, indeterminado, que puede alterarse por la conciencia de quien la percibe –es decir, mediante sus sentimientos, deseos o caprichos−. Es la doctrina que sostiene que el individuo puede, de alguna manera, vivir, actuar y lograr sus objetivos aparte de los hechos de la realidad o hasta en contradicción con ellos.

En efecto, el subjetivista o relativista cree que sus deseos son algo irreducible, un hecho que suplanta a todos los hechos. Él quiere un (imposible) poder omnipotente sobre la existencia.

El relativista dice: “No existen normas absolutas. No podemos guiarnos por principios rígidos; debemos ser flexibles y actuar según las conveniencias del momento”. A lo que cabe esta  respuesta: “Trate de poner en práctica esa máxima. Intente producir acero sin utilizar principios rígidos, basándose solo en las conveniencias del momento”.

El relativista nunca define sus reglas generales ni cómo determinaría sus excepciones. La única regla general que parece tener, pero que nunca admite, es que cada uno sea juez de la ley que se le aplica; por ejemplo, que decida si su “necesidad” es lo suficientemente grande o la ”necesidad” de su víctima prevista, lo suficientemente pequeña para justificar un robo. Preguntémosle al relativista: En lugar de la igualdad ante la ley, ¿decidiría usted en cada caso de robo cuánto “necesitaba” el ladrón la cosa que se robó o cuán poco la “necesitaba” su dueño? ¿Solo sería ilegal  que alguien más rico le robe a un pobre? ¿Sería legal que cualquiera le robe a alguien más rico que él?

El relativismo fácilmente conduce al conformismo. Por ejemplo, el marxismo predicaba que el pensamiento de uno era relativo, dependiendo de la clase económica a la que pertenecía, y que la “verdad proletaria” era superior. Al final, los autoritarios gobernantes marxistas les impusieron “su verdad” a todos.

Porque ¿qué quiere tal gobernante autoritario? Un mundo de obediencia y unidad, lleno de conformistas. Un mundo en el cual el pensamiento de cada persona no sea su propio pensamiento, sino un intento por adivinar el pensamiento del cerebro del vecino, que no tendrá pensamiento, sino el deseo de adivinar el pensamiento del vecino más próximo,  y así sucesivamente. Un mundo donde nadie deseará nada para sí mismo, sino que dirigirá sus esfuerzos a satisfacer los deseos de un vecino que no tendrá deseos, salvo el de satisfacer los deseos de otro vecino que tampoco tendrá deseos. Un mundo en el que el hombre trabajará para lograr la aprobación de otros –su buena opinión−, la opinión de personas a las que se les prohibirá opinar.

Al conformista no le interesan ni los hechos ni las ideas. Solo le interesan las otras personas. Él no se pregunta «¿es esa la verdad?», sino «¿es eso lo que otros creen que es la verdad?». Él no busca juzgar, sino repetir. Su pensar se basa en encuestas de opinión. La divisa del que piensa poco o mal suele ser “¿qué pensarán de mí?” o “¿qué dirán?”.

La aprobación de otros es primordial para el conformista, sea este un seguidor o un líder. Lo que desea el líder autoritario que busca autoestima a través de otros es admi­ración, “prestigio” y fama, que vienen de los ojos de otros. No es que quiera grandeza, lo que quiere es que otros piensen que él la posee. No importa si él se reconoce como mentiroso, deshonesto y envidioso. Basta que otros piensen que es un «servidor público ejemplar en su dedicación y su compasión».

Tristemente, el mundo continúa poblado por demasiados seres tímidos y llorones, que les temen sobre todo a la verdad y a la libertad. No eligen; otros lo hacen por ellos. Rehúyen las luchas de la vida, de donde nace la fortale­za. El conformista permanece atado a dogmas que otros le imponen, esclavo de fórmulas paralizadas por la herrumbre del tiempo. Sus rutinas y sus prejuicios le parecen eternamente invariables. Todo delirio seguido por muchedumbres conformistas solo es pensado por sus amos.

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