Espejos y el dilema del escritor

• Empecé preguntando cuál es la diferencia entre una persona que se observa en un espejo  y su imagen allí reflejada. Sabemos que el

Hace cinco años, mi amigo Fernando Araya, escritor frecuente de Página Quince de La Nación, me obsequió uno de sus libros, que leí desde entonces. Sin embargo, hasta ahora  estoy entendiendo o derivando algunos aspectos de él que se me fueron por alto; los cuales creo útil compartir con usted, estimada lectora, estimado lector. El libro se intitula ESPEJOS,  es una colección de artículos escritos a lo largo de veinticinco años, y -a raíz de algunas experiencias personales- lo apliqué para hacer un experimento, sobre el cual algo leí hace muchos años. Ahora no recuerdo el autor ni los detalles, pero intentaré describirlos  a continuación.

• Empecé preguntando cuál es la diferencia entre una persona que se observa en un espejo  y su imagen allí reflejada. Sabemos que el reflejo visual parece idéntico, con la excepción de que todo lo “derecho” para la persona se ve como “izquierdo” en el reflejo y viceversa;    concordantemente, si el observador ensaya una media sonrisa, examinándola de modo cuidadoso  en el reflejo, parecerá una mueca entera. Cabría decir que lo observado en el reflejo es como una “contra-persona” y la mueca es una “contra-sonrisa”.

• Ahora bien, dando un salto de imaginación, para pasar de lo visible a lo invisible del  reflejo, cabría preguntar ¿qué ocurre en términos de “pensamiento”, en general, y “conciencia”, en particular? ¿Es posible que el reflejo tenga o envuelva algún “contra-pensamiento” y correspondiente “contra-conciencia”? ¿Cómo, es decir, con base en qué sería posible responder? Francamente no lo sé: pero intuyo que el razonamiento al respecto sería sumamente “convoluto” (del inglés convoluted: enredado, retorcido, enroscado, contorsionado); esto, porque a cualquier concepto, término o sentido le correspondería un contra-concepto, contra-término o contra-sentido.

• Al parecer, los seres humanos, es decir, la especie homo sapiens, no somos capaces de responder a esas preguntas. Sobre ese dilema, el científico Ilya Prigogine (de origen ruso, 1917-2006, uno de los creadores de la teoría de caos y  Premio Nobel 1977 en química orgánica) decía que solamente el “demonio de Laplace” y Dios mismo podrían resolverlo.  El primero es un ser imaginario suprahumano, con  la facultad ficticia de hacer análisis   objetivos puros, independientes de las  subjetividades humanas.

• Eso implica que todo conocimiento humano, incluyendo la ciencia más rigurosa, es tentativo, transitorio y cuestionable por los seres humanos mismos. El filósofo Willard Quine, a mediados del siglo pasado, lo decía así: “Nada en ciencia es definitivo ni permanente; todo es transitorio y susceptible de cuestionamiento”. Además, hay que recordar lo que Sócrates decía, hace más de dos milenios y medio: “Solo sé que no sé nada”; una afirmación  aparentemente exagerada que puede ser demostrada, en matemáticas, con base en las nociones de “infinito” y “límite”.

Y ¿a  raíz de qué  vienen esas elucubraciones? Me pregunto y le pregunto a Fernando,  igual que a todos los autores quienes hemos escrito libros como ESPEJOS  (recogiendo observaciones, vivencias y pensamientos a lo largo de los años, que creemos importantes para nosotros y otros), si generamos reflejos que permitan derribar –de modo progresivo e intuitivo- la infinita barrera de comunicación descrita arriba. Si la respuesta es afirmativa,  ¿cuáles son los criterios principales que  usamos o deberíamos usar para el efecto? Y, si es negativa, ¿por qué escribimos?

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