Estar actualizado

Históricamente, los intelectuales latinoamericanos han pedido usualmente permiso a Europa para pensar. Siempre dependientes de la ya exhausta metrópolis que, desde mediados del siglo

Históricamente, los intelectuales latinoamericanos han pedido usualmente permiso a Europa para pensar. Siempre dependientes de la ya exhausta metrópolis que, desde mediados del siglo XX, muestra un severo desgaste cultural y hoy también económico.

En el área de las humanidades y de las ciencias sociales, nos han bombardeado con las charlatanerías derridianas y posmodernas. Ante la caída de la tasa global de ganancia en la economía mundial, nos recetan una serie de trivialidades fenomenológicas que en último caso niegan la realidad y subsecuentemente la posibilidad de la acción política.

Ávidos de aceptación, muchos de nuestros académicos que tratan de ser intelectuales citan y repiten como simples clichés la cuestión del dialogismo, de la multiculturalidad, etc., mientras se pierden, en un ramillete de significantes que no dicen nada.

Muchos de estos académicos confunden la gordura con la hinchazón. Se han creído el cuento de que estar actualizado es lo mismo que aceptar acríticamente y casi irracionalmente todo lo que venga del Primer Mundo. Los pedagogos se creen el cuento de que estimulando al educando se puede hacer de cualquier estudiante un genio. Los filólogos se creen que la realidad es una pura narración, al estilo de Macondo. Los filósofos se hunden en las apariencias de un vulgar idealismo solipsista, donde no hay nada en esencia. Hasta los físicos comienzan a verse contaminados con la teoría de las cuerdas y ciertas visiones cuánticas, que tratan de darle un sustento “físico” a la absurda idea de que no hay realmente realidad. Los psicólogos se han ido a vivir a lo real lacaniano, donde no pasa nada y donde el paciente ya no requiere ser curado, sino solo un destinatario. Todos ellos parecen haberse atragantado con un mundo, en el cual todo es lenguaje y nada más que lenguaje.

Estos académicos piensan que reiterando un metalenguaje teórico, que se pretende por cierto sin teoría, se cuelgan en el cuello la medallita al mérito académico, ya que están actualizados; aunque no siempre sepan de qué hablan y cuáles son los alcances de tales planteamientos. Se han imaginado que su verborrea habita entre las sombras de alguna cueva y que las sombras son la cosa en sí.

Humanistas y científicos que pensaron reducir la realidad social a un manojo de leyes y que, cuando vieron que la dialéctica del ser social lo hacía imposible, se casaron con un nihilismo posmoderno. Hicieron de la impotencia momentánea de un determinado período histórico, la razón de su sinrazón y así, finalmente, encontraron la ley universal que dominaba, según ellos, todo, o sea, la nada.

Estar actualizado no es hablar de lo real y lo imaginario, o del género o de una realidad física que sería pura probabilidad estadística o de la multiculturalidad. El estar actualizado es un problema práctico, es decir, la teoría, si se le puede llamar así al adefesio posmoderno, debe confrontarse con la realidad concreta, con la totalidad del entramado social. Si hicieran eso, verían que toda esa charlatanería posmoderna no es más que una justificación para el neoliberalismo y su imperio de la ley (the rule of law).

Además, se evitaría caer en cuestiones que rozan la franca estupidez, como hace poco, para el 12 de octubre, decía una de estas personas posmodernizadas, una etnohistoriadora, que ella estaba muy contenta, fascinada, con la cuestión de la multiculturalidad derivada de la llegada de los europeos. La académica olvidó claramente que tal proceso costó 40 millones de vidas y una herida que hoy todavía sangra, por ejemplo, en Guatemala.

Nadie negaría la importancia que reviste conocer lo que hoy se está produciendo en el ámbito intelectual y científico, pero el punto en que se debe estar actualizado es en el hecho referente a la situación de millones de personas, que el neoliberalismo ha convertido en sustancias fantasmales, dentro de una política que permite al negro de clase alta ser presidente, mientras el de clase baja es desalojado de su casa o se queda sin empleo, que permite a la histérica de clase alta tener sexo desenfrenadamente on line, mientras la de clase baja es simplemente una puta, etc.

La abstraída teoría del Primer Mundo debe hacerse chocar con la realidad concreta latinoamericana, para hacer de semejante desfase intelectual, una propuesta de cambio social.

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