Flora y la historia de la ciencia

A veces, muchas veces, siempre quizás, uno hace una magnífica amistad con personas que comparten tus propias inquietudes, o interés en ciertos temas, o

A veces, muchas veces, siempre quizás, uno hace una magnífica amistad con personas que comparten tus propias inquietudes, o interés en ciertos temas, o simplemente para estar charlando. Una enjundiosa charla regada por buen vino y por una rotunda amistad. Aparte de todo eso, cuando se comparten trabajos y temas de investigación, interesantes para ambos, el círculo de amistad se cierra definitivamente.

Pero cuando esa amistad se aleja, se pierde en la infinitud del tiempo, cuando por esa infinitud ya no es posible distinguirla, hablar, compartir experiencias de investigación, de vida, entonces queda uno muy solo. Se rompe algo dentro donde nos duele, nos cercena parte de nuestra propia existencia. Una canción española dice algo como cuando un amigo se va algo se rompe en el alma cuando un amigo se va… Flora Solano partió a esa eternidad incomprensible, extrañable, ajena a nuestro entender. Se alejó de su entorno, de sus seres queridos, de sus amigos, de lo que amaba hacer: nadar, reír, charlar, investigar, trabajar, vivir… Me enteré de su partida, días después cuando regrese al país.

Vale esta nota para llorar por dentro, para acordarnos que un día, cercano, acaso lejano, estaremos partiendo a esa eternidad llena de estrellas blancas, como las que tiene Flora a su alrededor, estrellas que son sus hijas, sus nietos, sus publicaciones y logros de trabajo, los buenos recuerdos que deja en las personas que la conocimos, en fin todo lo que vivió, todo lo que amó… Logró vencer dificultades para luego remontarse a las alturas de la vida…

Partió, hacia donde nosotros, simples criaturas no podemos otear, ni comprender siquiera el concepto de muerte, palabra cruel, acaso irónica pero desgraciadamente presente, pues la vida sin la muerte no se entiende. Es una dolorosa amalgama que se mezcla vertiginosamente en el robusto crisol del padre tiempo.

Fue el motor de los minicongresos del CIGEFI. Ahí la teníamos, histérica enviando correos para recordar cosas, cambiar de sitio, horario a una charla, llevándose rabietas gratuitas, a veces, por tonterías de capirote … Algo así como arzobispo en confirma, pues su obligación se la tomaba bien en serio.  Ella era el espíritu de los minicongresos, que organizaba tan bien. Difícil es imaginarlos sin ella.

Fue en mi curso de Geología de Costa Rica donde la conocí. Siempre charlatista, como decía con humor. De ahí empezó una muy buena amistad. Después tuve el honor de compartir con ella publicaciones de historia de la ciencia, para lo que ambos somos afectos. Su publicación sobre la participación de Costa Rica en la Conferencia Internacional del Meridiano (Washington, 1884), la dejó exhausta, según me comentó un día que estábamos almorzando en la Casita Azul, pero cuando la vio publicada quedó satisfecha. Se sintió realmente orgullosa, se le podía leer en el rostro, se le derramaba por los poros una gran satisfacción, una grata alegría.

Sus aportes a la serie de Geonaturalia son relevantes en el campo de la historia de las ciencias. Las generaciones futuras tendrán que reseñar su nombre toda vez que ingresen en ese campo, pues es una referente clave, incluso, será emulada. Su inmortalidad está en la esencia de la historia.

Nuestra última publicación hace referencia a las plagas de langostas en Costa Rica (periodo 1850–1950), que elaboramos junto al geógrafo Adolfo Quesada, con quien investigó en México el tema de los huracanes, de donde llegó pletórica de alegría por haber encontrado información valiosa para reconstruir la historia del clima en Costa Rica. La información para ella era un deslumbrante tesoro que acumulaba a manos llenas, pero a diferencia de la cruel hormiga la compartía con las cigarras que pululábamos a su alrededor.

Teníamos en proyecto editar un libro sobre las plagas, investigación que la estaba cautivando, pero la enfermedad y luego la muerte le ganó la partida. No obstante, el libro lo continuaré en memoria de Flora.

Desgraciadamente debe morir la persona para que otros empecemos a ver sus bondades y capacidades y le digamos a la eternidad lo que no le dijimos cuando lo podíamos hacer… No obstante, así es la vida, no aprendemos y seguimos cometiendo estos terribles errores de comunicación. Por eso es bueno cuando tenemos a la persona cantarle la alegría del encuentro, para no tener después que trovar sobre la tristeza de la partida. Ya cerró su ciclo, que su memoria persista en la eternidad del tiempo.

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