Futilidad de una elección

Sensatez tribal. Los cazadores amazónicos kawahiva sugieren desde siempre tener claro el carácter de la presa que se desea atrapar y también el sentido

Sensatez tribal. Los cazadores amazónicos kawahiva sugieren desde siempre tener claro el carácter de la presa que se desea atrapar y también el sentido de su captura o muerte. Mencionar la futilidad, o sea la poca relevancia, de la acción electoral del 2 de febrero del 2014, obedece a la lógica kawahiva. Para empezar, el día de elecciones debería resultar de un complejo proceso ciudadano, o sea político, que remata en él. Este proceso, en el caso costarricense, es flojo o no se produce del todo. Siguiendo, los exitosos en los comicios no pueden hacer mayor cosa con sus triunfos por razones diversas. Indiquemos dos: su mandato es de cuatro años. Brevísimo para los desafíos que han de enfrentar. Además, la mesa servida por los gobiernos previos no la querrían ni gentes de la Carpio para desayunar tras once días de ayuno. Los retos obligan a los ganadores a trabajar. Y en Costa Rica, desde hace rato, presidentes y diputados nacieron para “gobernar”, no para trabajar. Sociedad de estatus y resabio colonial puede decirse de este folclor. En sencillo, los vencedores se comportarán más como figuras que como estadistas. Puede darse excepción, pero el virus “figural” tiene mayor presencia que la plaga del dengue.

Los retos sensibles y los semiocultos. Ciertos desafíos la población de Costa Rica los palpa día con día. La calidad del sistema de salud pública se ha derrumbado y la intención en el aire es que siga cubriendo o enterrando solo a quienes no pueden costear medicina privada. La coexistencia público/privado lleva a que empobrecidos y cercanos reciban caca en lugar de salubridad y atención médica. Otros lograrán que sus males los paguen los costarricenses vía impuestos y que las ganancias se depositen en las cuentas de la medicina privada. Una minoría se chequeará, siempre lo ha hecho, en Nueva York o Alemania. La infraestructura básica inatendida por medio siglo también colapsó. Se requiere un acuerdo nacional para recuperarla con una política pública prolongada sin solución de continuidad al menos otro medio siglo. Aquí la acción política pasa por liquidar el actual MOPT y afines, para constituir un nuevo aparato público/privado nacional e internacional, que se ocupe del rescate y del salto hacia adelante. La azarosa educación estatal no es peor porque existen fines de semana y días feriados. Demanda otro esfuerzo político sostenido e integral de al menos dos décadas, para atender requerimientos de los mercados laborales modernos, sin extraviar el sentido humano y ciudadano de la formación de la población de todas las edades. Para los despliegues en salud, infraestructura y educación que refunden Costa Rica, se requiere de un Acuerdo Nacional para que, cualquiera sea el gobierno elegido cada cuatro años, mantenga el rumbo, lo corrija si es del caso, y amplíe horizontes.

Nadie habla de este tipo de Acuerdo Nacional. Un candidato lo entiende, y lo practica, bajo la forma de ofrecer puestos a ciudadanos de otros grupos con la vista puesta en captar votos para su figura. Varios estimaron en su momento que una “oposición” a los Arias o, más ampliamente, al reinado de Alí Babá y los Perennes Incontables Depredadores, pasaba no por un común programa estratégico y frentes tácticos de trabajo, sino por repartirse candidaturas. Achará Costa Rica.

Otra mala noticia. Sin embargo, habrá que aceptar que un Acuerdo Nacional como el señalado no es factible en Costa Rica. Indicamos solo dos impedimentos sólidos. El régimen democrático de gobierno costarricense carece de partidos políticos al menos desde hace 30 años. Posee figuras políticas, escenarios políticos, acciones políticas, ocurrencias políticas… pero los partidos o murieron o no han logrado superar sus inicios. Un partido requiere, en lo que aquí interesa, de una ideología entendida como diagnóstico de la sociedad en la que se inscribe, de su realidad (la del partido y la de la sociedad) y de un proyecto de cómo podrían o deberían ser tanto el partido como esa sociedad. Al mismo tiempo ha de contener partidarios y funcionarios que sostengan su presencia permanente entre la ciudadanía y la población y que también financien sus tareas ordinarias (formación partidaria, por ejemplo) y las extraordinarias, como los esfuerzos electorales. La organización partidaria debería cubrir (en algún momento) el país y mantenerse así. En la Costa Rica actual, ninguno de los dizque partidos posee esas señas ni se orienta tenazmente a tenerlas. Los más nombrados y “exitosos”, como todo el mundo repite, son maquinarias electorales y administradores corruptos del Estado y del Gobierno. En ambas pericias destaca su lógica clientelar (conduce a la corrupción y venalidad), no el servicio público o, mínimamente, el diálogo ciudadano.

Lógica clientelar. La lógica clientelar tiene un alcance especial en el campo de la administración pública. Los básicos ya fueron dichos: corrupción (desnaturalización de funciones e instituciones) y venalidad (enriquecimiento desde funciones públicas). Nepotismo (favorecimiento familiar) y argollismo. Pero hay otro efecto tan o más perverso que los anteriores: el clientelismo ejercido con constancia genera en el campo de la administración pública una subterránea estratificación feudal autónoma, o sea relativamente independizada de las figuras que aparecen en los actos oficiales, la televisión y la prensa escrita. Ministros, por ejemplo. Como corolario de este feudalizado poder la capacidad institucional de estas figuras se permea. En todas las instituciones existen reyes, duques, barones, caballeros e hidalgos (algunas posiciones pueden haber devenido ya pétreas) que dan su carácter a servicios públicos que se tornan, no hay de otra, disfuncionales, arbitrarios y amiguistas. Los antiguos pegabanderas devienen estamento de este orden feudal. Hoy se le añaden, entre remilgos iniciales, tecnócratas tercermundistas del mercado mundializado que, por definición, abominan de los servicios públicos y sueñan en inglés por una sociedad de mercado cósmico orientada a los buenos negocios particulares, sin reparar en sus costos feroces para una muy mal preparada fuerza de trabajo y para el pequeño empresario local. La combinación del feudal orden funcionario con la tecnocracia nativa ‘de punta’, más la omnipresente gula empresarial, ignora asimismo los costos para la Naturaleza en un país internacionalmente vendido por su “sello verde”. El funcionamiento suicida del sistema en su conjunto es bendecido por obispos y arzobispos y, con más maña, por la  prensa comercial cuyos propietarios estiman no estar sacando todo lo que el Gran Negocio debería darles. Así, la factibilidad de un Acuerdo Nacional ante los desafíos choca con el sistema feudal y tecnocrático localmente instalado (e internacionalmente sancionado) y su bendición abierta o relativa por los aparatos “culturales” existentes. Como se advierte, no es tarea fácil ni de corto aliento el “apearse la continuidad de Liberación Nacional”, como pretendió en algún momento un vocero que quería hacer de este derribamiento bandera de lucha. La apeada contiene la tarea de morderse la cola y arrancársela.

Salida autoritaria. A un Estado voluminoso y debilitado le corresponde una sociedad civil (la de los intereses particulares legales) floja, por unilateral, y una ciudadanía dispersa y de muchas maneras tensionada y conflictuada por situaciones que ni entiende ni puede resolver. A estos ciudadanos llama a votar el Tribunal Supremo de Elecciones. ¡Manda huevo!

En todo caso, el ‘ganador’ probable de la próxima liza presidencial muestra dos frentes en los que Laura Chinchilla lo vence fácil: no puede ser nombrado “hija dilecta de la Virgen de Los Ángeles” y tampoco será recibido en persona por el Papa por sus varios divorcios. Aunque con Pancho el Uno nunca se sabe.

Ah, en el horizonte se vislumbra una, “a la tica”, salida autoritaria. Sólo podrían frustrarla la Negrita o los indios kawahiva. O una alianza de ambos.

 

 

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