Humanismo por siempre: Gordura y cordura, igual en lo mental

En otra parte comenté un Power point que me llegó y me impactó tremendamente. Según Andrew Oitke, existe un problema aún peor que esas

En otra parte comenté un Power point que me llegó y me impactó tremendamente. Según Andrew Oitke, existe un problema aún peor que esas “llantas” que en la última década −por doquier− hemos visto aparecer: en “Mental obesity”, 2011, el catedrático de Harvard aplica en metáfora la sobre-alimentación al campo de la información y el conocimiento, y esta crea problemas tanto o más serios que los primeros (Ver http://www.neurocapitalhumano.com.ar/imagenes/obesidad_mental.pdf).

Me golpeó la atrevida comparación, pero más la espantosamente incidencia en el concepto de “hombre” que de allí se impone, si hay uso erróneo de ello, ahora que se cae todo el andamio: pensamiento incluido.

Me tiene aterrorizado, por ejemplo, qué decir de esas mujeres exaltadas que con graffiti, en la fachada de la Conferencia Episcopal piden libertad para su “desicion” (sic)… Más allá de la “horrorgrafía” prueban que si bien todavía logran leer, no entienden lo poco que les cae entre manos; no ven más allá de sus narices; confunden estar contento con ser feliz, goce con felicidad, el momento con su trascendencia. Por ello, dudo igual que manejen su cuerpo con semejante “educaSion” —así, con toda ironía la llama Luis González Porras, en un libro local, sin editor, 2012—. Ya estamos viendo entonces lo que él mismo en otro libro identifica como “hombre desechable” (idem, 2011).

El sistema socioeconómico que nos rige, impulsa todo (el comercio y hasta la misma educación, otra vez) hacia una humanidad sin columna: la clásica vertebración aristotélica, sublimada en el cristianismo, que se hizo norma civilizadora hasta sin Dios: la distinción entre virtud y lo que no lo es, aunada a una estética y amarrado todo en una búsqueda de superación del hombre, como especie “de raíz animal” (así le llama una amiga forastera), pero se supone ya un tanto evolucionada, distanciada de allí a través de miles o millones de años. Pero, ¡qué va! La bestia jamás tiene ese propósito autodestructivo que ahora palpamos por doquier, sobre todo en la publicidad.

Se están cumpliendo las advertencias de la literatura dizque de ficción de Huxley (“El mundo feliz”, 1932), Orwell (“Granja de animales”, 1945; y “1984”, 1949), y Bradbury (“Fahrenheit 451”, 1953): el hombre masificado, idiotizado porque no supo manejar en su beneficio sus propios inventos como la democracia y la tecnología. Volvemos al Power point: gordura con hinchazón. Ya lo había pronosticado Edgar Morin (“La mente bien ordenada”, 1999), no confundamos cantidad con calidad. Ahora tenemos cabezas bien ordeñadas…

Podemos tener al alcance toda la información del mundo, pero en manos de “servidores” que no nos sirven y de consumidores que no sabemos masticar; ese montón será pura bazofia. Soldado avisado, sin atención, sin siquiera combatir… igual morirá. ¡Cordura, pues!

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