Humanismo siempre: La mirada personalista

Recuerdo que un día un capataz me dio en secreto un trozo de pan que debió haber guardado de su propia ración del desayuno.

Aprender a mirar no es un acto instintivo o mecánico. Mirar en profundidad es un hábito que se aprende a ejercer con la voluntad; se va afinado la mirada con la experiencia, con el consejo, con el humilde asombro por los milagros cotidianos. La mirada personalista que, se propone, consiste en descubrir y conocer la verdad íntima de los seres personales y los objetos, las relaciones que se tejen entre estas realidades y la dimensión de trascendencia que abriga el sentido último de todo el conjunto de lo que existe. Bien lo dice un autor español: “no saber vivir […] se traduce en un no saber mirar” (Manglano). Un ejemplo de saber mirar en profundidad es la experiencia en el campo de concentración que Viktor Frankl comenta en su libro El hombre en busca de sentido:

Recuerdo que un día un capataz me dio en secreto un trozo de pan que debió haber guardado de su propia ración del desayuno. Pero me dio algo más, un «algo» humano que hizo que se me saltaran las lágrimas: la palabra y la mirada con que aquel hombre acompañó el regalo.

Vemos que se supera por mucho la inmediatez y la materialidad del hecho de compartir un pedazo de pan. Claro está que el acto real de compartir el alimento en estas circunstancias reviste una gran importancia, pero hay una conciencia de que esta realidad sobrepasa el simple acto material; de ahí que se llame “un algo” humano que motivó las lágrimas.

Cuando el ser humano se encuentra frente al misterio, frente a lo grandioso, con frecuencia no encuentra palabras precisas para dar cuenta de lo que está experimentado, es la dimensión inefable de los misterios. En este caso, la experiencia conmueve la interioridad de la persona y se manifiesta en las lágrimas. La palabra y la mirada son, apenas, una ventana de algo mucho más grande y profundo: el ser personal que en el ejercicio responsable de su libertad asiste al otro en la adversidad. La mirada de Frankl es una mirada personalista porque reconoce en el otro no un accidente sino un ser, un ser no determinado sino libre y con voluntad, una libertad creada y orientada al bien, a la belleza y la verdad.

Una de las características del mirar personalista es el asombro siempre nuevo, frente a las realidades existentes. Las palabras del gran filósofo francés Jean Guitton son clarificadoras en esta línea:

He aquí el mundo ante ti, joven, ¿y qué le falta para que tú comprendas? Simplemente, falta que te admires. Para hacer el mundo más maravilloso, más habitable, solo falta transformar los ojos que lo contemplan. No es el universo el que se esconde, ahí está: siempre ahí; silencioso, mudo, no es el universo el que se escapa y se desnuda: es a ti a quien se le escapa el universo.

Sí, el universo está ahí, pero hay que despertar y saber mirarlo con asombro y humildad porque, en efecto, cada día habitamos en el universo que es milagro y es misterio.

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