Infinito Dios incognoscible, ciencia y tecnología

Viene ahora el ex-teísta  (¿o ex-deísta?) Stephen Hawking a decirnos que no hace falta “Dios” para entender el Universo. Después de haber dicho hace

Isaac Newton y Albert Einstein ambos hablaban mucho sobre “Dios”. Se cuenta que el primero era científico, desde la madrugada hasta el anochecer, y teólogo, desde el anochecer hasta la madrugada. Es decir: ¡El pobre Newton prácticamente no dormía! En cambio, Einstein sí dormía; y una vez soñó que E = M  x  V al cuadrado: energía “igual” masa por el cuadrado de la velocidad de la luz. Sin embargo, por la imprecisión de las imágenes de su sueño, Einstein no se percató de que había tres pequeñas líneas horizontales  en la fórmula (no dos); y esto, en matemáticas, significa “identidad”, no “igualdad”. Por tanto, ¡el pobre Einstein, nunca pudo entender, mucho menos explicar, el cuándo ni el porqué de su intuición! Es que se trataba de una expresión no científica, sino tautológica y tecnológica. Y esto, según observó Martin Heidegger, ha sido motivo de algunas de las confusiones más grandes de nuestros tiempos; por ello decía que “Lo gravísimode nuestra época grave es que todavía no pensamos”. Pero muchos filósofos y científicos -incluyendo al parecer el mismo Einstein- no reconocieron sus méritos al respecto, especialmente  porque le reclamaban haber tenido simpatías por Hitler, al menos momentáneamente; lo cual fue cierto.

Viene ahora el ex-teísta  (¿o ex-deísta?) Stephen Hawking a decirnos que no hace falta “Dios” para entender el Universo. Después de haber dicho hace casi veinticinco años que la ciencia nos acercaba a la divinidad, ahora, bajo influencia de Leonard Mlodinow, sugiere que no hace falta pensar así. Esa contradicción o debate es vieja y la solución es arbitraria.   Si no recuerdo mal, se encuentra en escritos de Platón; y también se cuenta que La Place la  comentó con Napoleón, pero Lagrange lo contradijo. Pero no por vieja deja la conclusión de ser atractiva o convincente para muchos; algo tiene de creíble, especialmente, para quienes desean presentarse como valientes, leídos e inteligentes. En un pequeño libro reciente, escribí lo siguiente sobre la materia:

El problema surge y gira en torno de la misma palabra “Dios”, en español de origen griego y latín, “God”, en inglés, de origen gótico y nórdico, “Kukulcán” en maya, “Chi” en chino,  “Brahma” en hindú, “Alá” en árabe, “Vudú” en culturas africanas. Y llama la atención que  todas son pronunciables y cabe compararlas con “YHWH”  en hebreo antiguo, que es impronunciable, pero por influencia de San Pablo y los cristianos renacentistas, fue cambiado a YAHVÉ y JEHOVÁ, introduciendo vocales, para hacerla pronunciable.

Ante la formulación y evolución de todas esas  ideas y expresiones, me pregunto cómo se habría afectado nuestro entendimiento, sentimiento o intuición de lo que, con ellas y sus antecedentes,  la humanidad entera  ha tratado de aludir e invocar  a lo largo del tiempo,  allende los siglos y milenios. Ese infinito –o esa infinitud- me inspira un ¡ SÍ !, con el temor y temblor de Soren Ashby Kierkegaard; sin embargo, merecen mi respeto quienes dicen ¡NO!, siguiendo a Jean Paul Sartre. Solo pienso que es imposible o inhumano ignorarlo. Si tomamos en cuenta que lo mismo ocurre en cada microcosmos y macrocosmos de  lo que  pensamos, hacemos y  vivimos, ¡qué poco sabemos y nos entendemos  homo sapiens! ¡Qué impotentes somos, a pesar de toda nuestra tecnología, toda nuestra economía! Y les pregunto, estimadas lectoras y estimados lectores: ¿Por qué no nos abrazamos, aunque fuera solamente para consolarnos, humildemente, en nuestra enorme ignorancia? Tal vez así iniciemos, todos juntos, la hechura de una especie humana nueva y mejor.

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