La carne contraataca (The flesh strikes back)

Una reportera con alguna noción de latín fue quien avanzó la nota sobre la renuncia de Benedicto XVI. Pero correspondió a otra periodista, Pillar

Una reportera con alguna noción de latín fue quien avanzó la nota sobre la renuncia de Benedicto XVI. Pero correspondió a otra periodista, Pillar Troleros, filtrada por pasillos intersticiales del Palacio Apostólico Vaticano, ser testigo única de la parla sostenida por el renunciado jerarca con el Espíritu Santo. Espíritu no acudía a Roma desde el siglo XV cuando forzó la renuncia de Gregorio XII para ver si así resolvía la pugna política y geopolítica conocida como Cisma de Occidente. En ese tiempo cardenales codiciosos elegían Papa bajo la supervisión de la OTAN.

 

Cuando Espíritu habla no es necesario el latín. La entidad emite un soplo/silbido y quien lo recibe entiende a la perfección en cualquiera de los idiomas que domine. Vale incluso si no se comprende ninguno. Basta activar el switch correspondiente. Según Pillar, Espíritu se dirigió a Benedicto XVI siempre con el diminutivo de Jupp (Troleros lo escuchó como Joselitito). Espíritu tiene la fea maña de achicar a los mortales y quedar impune. Suerte de dioses. Troleros oyó clarito la primera interpelación de Espíritu: “Te advertí que no servías para esto, Joselitito”. “Pero es que yo lo deseaba tanto”, comenzó a lamentarse don Bene. “El mal deseo malmata, Joselitito”, cortó Espíritu. “Y tú partiste pésimo, nombrando cardenales, seduciendo y presionando para que te eligieran”. “Lo hice en Tu Nombre”, gimió Benedicto. “Yo no doy mensajes”, replicó Espíritu. “Soplo, y cada quien entiende según su alma. Y la tuya estaba dominada por pasiones groseras, Joselitito”. “¡Me arrepiento de mis errores! ¡Pido perdón!”, gritó Benedicto. “Tú sabes cómo es esto, Joselitito”, dijo Espíritu- “No importa lo que salga de tu boca, sino la reparación de los daños. Y ya es muy tarde para tus víctimas”. “Oraré por ellas el resto de mis días”, sollozó Joselitito. “No es necesario”, dijo Espíritu, “Ya las hemos atendido. Y tus rezos no los escuchó nunca nadie”. Troleros dice que entonces se le vino una total oscuridad. Cuando vio algo, se encontró en un set de televisión. Casi la atropella un tren, al parecer de Carabaguías.

Por supuesto existen versiones menos trágicas de la papal renuncia. Desde su lóbrega cárcel rusa (excomunista) una de las integrantes del Pussy Riot filtró una nota señalando que Benedicto había sido liquidado (la artista usó otro verbo) por una intensa movilización de burros y bueyes escandalizados por la afirmación de Jupp de que “Jesús no nació entre animales” (‘La infancia de Jesús’) y que por ello en los portales navideños deberían figurar solo automóviles Mercedes Benz y motos BMW, Zündapp y DKW. Raro: CNN no aceptó informar sobre el apunte de la pussy y el consiguiente revuelo que causó en otros mamíferos y en la Toyota. Tampoco faltó el teólogo que escribió que la carne de Benedicto se había cobrado revancha por su obsesión en separar alma y cuerpo con unilateral predilección por la primera: “Ahora asume que hasta para orar por su alma y meditar requiere un cuerpo vital” (Cuadernos del Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer, Nº XXVII, sexta etapa, febrero 2013). Quizás recordó que en “Deus caritas est” Jupp sentenció que el orgasmo femenino y masculino conducía a la idolatría. Y ambos combinados, directamente al infierno.

Junto a las chuscas, han circulado versiones mezquinas. En bares y comederos se repite, entre otros chistes, que Benedicto tenía vocación de deserción, aunque escasamente ascética. Primero abandonó las tropas alemanas cuando vio la guerra perdida. Al parecer nadie le informó entonces sobre el valor de una objeción de conciencia. Y ahora se fuga del Vaticano cuando vale más muerto que vivo para la curia santa.

Por supuesto hay versiones hagiográficas. Un editorial de La Nación S.A. ve en el acto papal un “extraordinario acto de desinterés y humildad” (12/02/2013). Exactamente lo que Espíritu, según Pillar, no observó por parte alguna.

Troleros dijo algo más. Antes de caerle la noche, creyó oír que Benedicto XVI le confiaba a un ausente Espíritu que huía porque ya no soportaba las desmedidas lisonjas de uno de los embajadores centroamericanos en su corte. “¡Es que me desespera, me desespera!”, chilló, cual Quico. En fin, enigmas de Dios y zozobras del carácter humano.

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