La destrucción de las mentes y la autoestima

Un sujeto autoritario puede ser dominante o sumiso, pero ambos son colectivistas que dependen de otros. Es obvio que el sumiso es dependiente. Pero

Un sujeto autoritario puede ser dominante o sumiso, pero ambos son colectivistas que dependen de otros. Es obvio que el sumiso es dependiente. Pero el líder autoritario también lo es, porque necesita de alguien a quien dominar.

El autoritario se caracteriza por su baja autoestima, una condición casi siempre disfrazada, en especial entre los líderes políticos. Es impor­tante entender su origen. El miedo es la emoción perma­nente de quien se conside­ra incapaz de prosperar y ser feliz usando su inteli­gencia y su ener­gía. El miedo es lo que lo lleva a buscar la «se­guridad» del rebaño, del cual, como parte de un gran grupo, espera alcanzar una signifi­cación perso­nal que no se ha ganado.

Toda forma de duda injustificada de sí mismo, todo sentimiento de inferioridad y toda auto-devaluación secreta representan, en realidad, el temor oculto de un ser humano a lidiar con la existencia. Pero nadie puede sobrevivir al momento en que se declara irremediablemente malvado; si esto ocurre, el paso siguiente puede ser la demencia o el suicidio. Para escapar de ello ─si el sujeto ha elegido un parámetro irracional─ desfigurará o evadirá la realidad; se engañará acerca de la existencia y llegará a mentirse también respecto de su autoestima, esforzándose por conservar su ilusión de tener autoestima antes de arriesgarse a descubrir que carece de ella.

Al insertarse en su manada, el colectivista renuncia a su ego (a su «yo»). Educado para aceptar el sacrificio de sí mismo como el ideal, lo acepta bus­cando su autoestima a través de otros, por medio del conformismo. Entre «yo sé» y «ellos dicen», él acepta la autoridad de otros. Elige someterse en vez de entender, obedecer en vez de pensar. Prefiere los mandamientos, lo memorizado, a los princi­pios, lo razonado. No hay colec­tivismo sin conformis­mo y no hay conformismo sin obediencia ciega. Pero la obediencia en sí no es virtud. La obediencia sin entendimien­to es la peor forma de ceguera, la de quien puede ver, pero rehúsa hacerlo: la ceguera voluntaria.

Para lograr la obediencia incondicional de alguien, el líder auto­ritario tiene que destruir la autoesti­ma de esa persona, su conciencia, su mente: su “alma”. Quien destruye el alma de alguien, puede disponer de esa persona como quiera. No necesita­rá un látigo; ella se lo traerá y le pedirá que la azote. Los autoritarios usan varios métodos para destruir almas. Veamos tres de ellos.

A menudo hacen que uno se sienta insignificante y culpable. Le dicen que el desinterés propio es el ideal. Nadie puede lograr este ideal, pues es imposible lograrlo; pero cuando usted vea que no puede lograr lo que acepta como su ideal, se sentirá culpable, carente de valor. Entonces obedecerá, pues no puede confiar en sí mismo. Si usted acepta un ideal irracional inalcanzable, no levantará la cabeza después de fracasar y no descubrirá que el único fin de sus «maestros» era que usted viviera cabizbajo.

También, destruyen su sentido de los valores y su capacidad de recono­cer la grandeza o de lograrla. Los que son grandes no pueden ser dominados. Por eso los autoritarios denuncian y envidian la gran­deza, exaltan lo mediocre y esta­blecen estándares fáciles de lograr. Así frenan el incentivo a la excelencia.

Sobre todo, prohíben su felicidad. Sabiendo que las personas felices son libres, destruyen la felicidad de vivir. Le hacen sentir que un deseo personal es malo, que decir «yo quiero» no es su derecho, sino una admisión vergonzosa.

Pero se debe aclarar que tener autoes­tima no es sinónimo de «superioridad». Como bien señala Nathaniel Branden, su vida y su autoestima requieren que el ser humano sienta orgullo de su poder de pensar, orgullo de su poder de vivir –pero la “moralidad” autoritaria nos dice  que el orgullo, específicamente el orgullo intelectual, es el peor de los pecados−. La virtud comienza, se nos enseña, con la humildad: con el reconocimiento de la impotencia, de la pequeñez de la mente de uno.

Sin embargo, precisamente porque el individuo es falible, porque debe luchar para obtener conocimiento, porque su búsqueda de conocimiento requiere esfuerzo, quien asume esta responsabilidad se siente apropiadamente orgulloso. El orgullo debe ganarse; es la recompensa por el esfuerzo y el éxito; pero para ganarse la “virtud” de la humildad, uno solo debe abstenerse de pensar, de usar su mente –no se requiere nada más− y se sentirá humilde rápidamente.

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