La diplomacia de los dinosaurios

Uno entiende que un diario como La Nación refleje siempre “su causa” política y económica desde su portada hasta la última página, promoviendo sus

Uno entiende que un diario como La Nación refleje siempre “su causa” política y económica desde su portada hasta la última página, promoviendo sus propios valores, acorde  con quienes ostentan el control social y económico, dentro y fuera del país. Así, por ejemplo, si el viento del norte sopla a favor de los postulados de los defensores del “status quo”, el periódico y otros muchos medios más enarbolarán esta defensa. Si,  por el contrario,  la brisa corre contra el sur, entonces la bandera se agitará  conforme a los sectores y gobiernos disconformes con el desplazamiento de ese “status” tradicional. Y esto, desde la perspectiva del discurso mercantil de la “información”, no lo veo malo por parte de La Nación, aunque jamás lo compartiría. El medio está claro en su rol dentro de la sociedad y  sería ingenuo entonces pensar en  visos de pluralismo ideológico, que no sea aquel encaminado a establecer una manera única de expresar los intereses de ese  conglomerado de publicaciones.

De esta manera, plantear  que un diario como La Nación “decide” la política exterior costarricense, porque el gobierno del presidente Luis Guillermo Solís destituyó  recientemente a su embajador en Venezuela, Federico Picado,  refiere nada menos a que el diario y el Ejecutivo tienen diferencias sustantivas en casos tan concretos como Nicaragua, la Revolución Bolivariana, Patrocaribe, CELAC, etc. ( ver declaraciones de la diputada del Frente Amplio, Patricia Mora en www.youtube.com/watch?v=3ERGtxU6AlU). Desde esta óptica, con el mayor respeto para los miles de votantes que apostaron en las elecciones pasadas a un cambio mínimo en nuestra diplomacia, me temo que olvidaron la factura carísima que pagó el exjefe de Estado Juan Rafael Mora Porras, tras la guerra contra el filibusterismo. No habrá, por lo tanto, “reconsideración” del Gobierno en cuanto al despido de Picado, según solicitó públicamente la diputada frenteamplista. Por eso, posiblemente, la señora Mora llevará por siempre “la pena ajena” que dijo sentir.

Recuerdo que el titular de nuestras relaciones exteriores, Manuel González, a diferencia de la legisladora Mora, dijo que el despido de Picado obedeció a la violación del artículo11 inciso 21 del Reglamento del Estatuto de Servicio Exterior, al dar declaraciones sobre la república bolivariana de Venezuela.

Según, González, el Reglamento en mención prohíbe la emisión de juicios personales a través de medios de comunicación sobre temas relacionados con su trabajo, o sobre política internacional o asuntos internos del Estado receptor (Diario Extra 26/3/2015). ¡Y en qué momento y qué  clase de juicios dio el ex embajador Picado!

Imagínese usted a Picado declarando que en Venezuela la prensa contaba con libertad de tránsito, que el desabastecimiento interno de bienes obedecía en parte a acaparadores con fines desestabilizadores contra el gobierno de Nicolás Maduro y que la sensación exterior sobre la nación bolivariana es distinta a la que se vive adentro, a solo días de que  Barack Obama, en un intento de calmar a los republicanos y a los sectores que creen reversible la revolución venezolana, declaró “amenaza” para la seguridad estadounidense a la pequeña nación suramericana. Este cuadro fáctico, confieso, me rejuveneció más de 30 años, cuando siendo periodista de una agencia internacional de noticias “cubría” informaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores, a cargo entonces del recordado canciller Fernando Volio, diplomático profundamente conversador y conservador, antisandinista hasta sus tuétanos y lector acérrimo de uno de esos libros de Henry Kissenger sobre diplomacia dirigidos a sus pupilos, que piensan y viven al ritmo del “american life”. Un grupo de colegas, donde me incluía, acudíamos siempre a la Cancillería con dos fines: degustar el cafecito recién chorreado y plantearle preguntas cajoneras a Volio sobre Nicaragua, los sandinistas, la Revolución, Cuba, etc. Nos divertíamos mucho cuando, con firmeza, nos salía con la defensa a ultranza de la “neutralidad” de Costa Rica en los foros internacionales y con frases como que “estos sandinistas son ateos” y “el demonio los puso en el poder”. ¡Vaya neutralidad! Lo escuchábamos con respeto, aunque, para ser sincero, ya afuera de la Cancillería nos reventábamos de la risa. Hubo, por cierto,  un bandido colega que designaba calladito a dicha Cancillería como “la cueva de los dinosaurios”.

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