La investigación responsable

En el país, desde hace varios meses la prensa nacional y la televisión son testigos de una polémica, en ocasiones muy ríspida y enconada,

En el país, desde hace varios meses la prensa nacional y la televisión son testigos de una polémica, en ocasiones muy ríspida y enconada, sobre la aprobación en el congreso de la ley 17777, que busca regular la investigación científica en seres humanos.

Varias personalidades del mundo científico desean su aprobación inmediata en tanto que miembros de la Asamblea Nacional, como así figuras del campo académico, social y político proponen una mayor discusión de la misma y la introducción de cambios importantes que se consideran necesarios. Pensamos que esta discusión es beneficiosa, aunque es reprochable que lleve tanto tiempo engavetada. Tener en cuenta debemos, no obstante, como ha sido dicho en diversos organismos internacionales, que “la investigación con seres humanos no es un derecho, es un privilegio”.

Lo anterior, que ahora nos parece obvio, hace pocas décadas no fue así. La historia está llena de ejemplos atroces que se cometieron en nombre del avance de  la ciencia médica. Y no hablamos solamente de los experimentos de los nazis con seres humanos, cuyo máximo ejemplo lo tenemos en el tenebroso Dr. Mengele. Recordemos que en los propios Estados Unidos se realizaron ensayos clínicos con presos, incapacitados y personas a las que se sometieron a horribles tratamientos. Incluso el Gobierno norteamericano recientemente pidió perdón al pueblo guatemalteco por los nefastos estudios a que fueron sometidos miles de personas en ese país.

Cómo contramedida, hace ya varias décadas nació la bioética. El término aparece oficialmente en 1970, escrito por el oncólogo holandés V.R. Potter en su libro”Bioética global”. Pero aún antes de ese año ya habían aparecido documentos que han pasado a ser famosos como “El código de Nuremberg” (1946), la declaración de los derechos del hombre (1948), “la declaración de Helsinki” (1964). Nueve años después de la obra de Potter, se publica el ya muy  conocido y citado “Informe Belmont”, que tuvo el mérito de establecer los cuatro principios fundamentales de la bioética, esto es: la Autonomía, la Beneficencia, la No Maleficencia y, por último, la Justicia. Estos principios básicos proclaman el respeto a la dignidad del ser humano, el reconocimiento de este como sujeto libre, la existencia de responsabilidad en la práctica de la investigación, el evitar investigaciones éticamente reprobables, la transparencia y el evitar problemas entre los miembros del equipo investigador.

Las fuentes básicas de normas que regulan la conducta responsable a seguir en las investigaciones han sido obtenidas de los códigos profesionales, las regulaciones gubernamentales, las normas institucionales y por las convicciones personales. De allí han salido los códigos de buenas prácticas científicas, de los comités de bioética y de integridad de la investigación, para dictar pautas aceptadas por los científicos sobre actitudes, procedimientos aplicables durante la preparación, la ejecución y el desarrollo, así como para la comunicación o publicación de la actividad científica.

No obstante, antes y ahora, han existido fraudes en cuanto a autoría (descubrimientos inventados, técnicas de laboratorio poco fiables), lo mismo en lo que se refiere a plagio (en la propuesta, en la realización), que han conducido a malas prácticas científicas. La lista de fraudes científicos es inmensa y en ella aparecen nombres famosos. La gravedad de los mismos es muy variable por lo que en algunos casos menores, el prestigio de algunos creadores de gran renombre, ha salido indemne, no siendo así con otros investigadores.

Ha sido dicho que todo lo que es metodológicamente incorrecto, es éticamente inaceptable. Por lo tanto, en los cuatro principios fundamentales de la bioética se debe ser muy estricto en cuanto a método científico se refiere para cumplir con el compromiso de realizar una investigación responsable. Especialmente en los ensayos clínicos controlados, que son los más utilizados para  la prueba de nuevos medicamentos o de vacunas, es obligatorio obtener una buena validez interna  para garantizar credibilidad de los resultados, lo mismo se exige en cuanto a la validez externa a fin de obtener una generalización de los mismos, recomendándose igualmente no descuidar la relevancia clínica.

Para terminar, debemos tener siempre presente lo que ha escrito Hans Martin Saas: “la pericia y la ética deben ir de la mano: la ética sin pericia es desatinada, la pericia sin ética es ciega”. Y no olvidar tampoco lo dicho por Goodman y Mullings: “sin principios éticos no hay investigación posible. Sin investigación no hay salud. Sin salud no hay desarrollo”.

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